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El fuego continúa

Actualizado 10/09/2004 - 02:08:27

En torno a la hoguera de nuestra Biblioteca, la Redacción de ABC vivió ayer una jornada muy particular, un relevo en la Dirección. La antorcha cambia de manos, el fuego continúa

Cuando era becario (mucho más becario que ahora, todavía) tuve un auténtico encuentro en la tercera fase de la casa de ABC. Me había propuesto ser el primer hippie de Prensa Española, gastaba unas melenas casi, casi, como El Cigala, un chaleco de ante, una hebilla, colgantes por aquí, pulseras por allá, un foulard rosa, y una mochila de una organización a la que los editorialistas de la casa no distinguían con sus bendiciones.

Por una de esas cosas de la vida cogí el ascensor, y al abrirse sus puertas, me encontré frente a la impresionante e imponente figura de un caballero de los de antes, de los de toda la vida. «Perdone don Guillermo -conseguí balbucear-, creo que me he colado». «No te preocupes, hijo», respondió con cara de asombro (yo creo que de susto) mientras me miraba de arriba abajo, como si hubiese visto al demonio de las linotipias.

Desde entonces, quince años, yo, más o menos, sigo siendo un hippie y, por supuesto, un becario, y don Guillermo Luca de Tena sigue siendo un caballero, el mismo cuya figura destacaba ayer en una mañana que nuestra redacción vivió como el primer día de cole, cuando comentabas con los colegas los ligues del verano, el día en que nuestro barco centenario cambiaba de capitán, así que han pasado cinco años. Con el traje recién pasado por la plancha los unos, «arreglaos» pero informales los otros, los compañeros y las compañeras, los redactores y las redactoras, los jefes y las jefas de esta redacción, tomamos el camino de la Biblioteca, nuestro sancta sanctorum, ese lugar mitológico, nuestro bosque encantado donde se mantiene vivo el fuego de ABC desde hace un siglo, el árbol sagrado en torno al cual, cuando es menester, convocamos a los dioses del periodismo.

Ayer, concretamente, para cumplir con uno de nuestros ritos, el relevo del director, el paso del testigo, dejar la antorcha en nuevas manos. No crean que es como el cambio de guardia del Palacio de Buckingham, pero tiene su aquél, sobre todo, por ver a la oficialidad, en perfecto estado de revista y más o menos en posición de firmes,y a la tropa, unos vestidos de «bonito» (y de bonita), los más vestidos de faena yhablando de vez en cuando por lo bajini. Y por supuesto, esos columnistas y colaboradores que nos ayudan la tira, la tira de papel, porque nuesto pavesiano oficio de vivir es éste. Manuel Martín Ferrand, rodeado de «imagocracias»; Darío Valcárcel, con su clarividencia de mapamundi; Edurne Uriarte, Benigno Pendás, Jorge Trías, y Fernando Fernández y su sensatez universitaria y militante. Y un montón de mirlos y mariposas rondando la cabeza de Mónica Fernández-Aceytuno; y García de Cortázar, como siempre, haciendo historia, y Valentí Puig, un Pla a la mallorquina; y Rodríguez Braun, a pesar del Gobierno; y Germán Yanke y Álvaro Delgado-Gal; y Antonio Burgos (dichosos los ojos); y un limeño y micronarrativo, como Fernando Iwasaki; y Ángela Vallvey (tienes razón, Ángela, en las redacciones aún queda algún hombre salvaje).

Éramos todos los que estábamos, pero claro, no estábamos todos los que somos, que no hay que descuidar la calle, ni el Congreso, ni la Vuelta, ni la Audiencia, y los corresponsales mirando con lupa todo el planeta, y los que se fueron pero nos animan desde las rotativas del cielo, Ana, Clara Isabel, Margarita... Cuando yo era becario (mucho más becario que ahora todavía) solía decirlo un tal Lavoisier: «La energía ni se crea ni se destruye, únicamente se transforma». Pues eso. O como dijo el poeta: «Nada muere en el tiempo cuando se ha amado tanto». En otras manos, pero el fuego sagrado continúa. Y alguna furtiva lágrima.
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