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15 de junio de 1977. Muere una dictadura, nace la democracia

Eran altas las horas de la madrugada, primera noche electoral en España tras 40 años de dictadura, cuando Alfonso Guerra entró en el despacho austero, tirando a cutre, de «El socialista», en la sede

Actualizado 10/06/2007 - 10:01:04
ABC  Un ciudadano observa la «sopa de letras» de los carteles electorales  ABC  Adolfo Suárez deposita su voto entre una nube de fotógrafos
ABC Un ciudadano observa la «sopa de letras» de los carteles electorales ABC Adolfo Suárez deposita su voto entre una nube de fotógrafos
Eran altas las horas de la madrugada, primera noche electoral en España tras 40 años de dictadura, cuando Alfonso Guerra entró en el despacho austero, tirando a cutre, de «El socialista», en la sede del PSOE, calle Santa Engracia: «Como esto siga así, como sigamos teniendo más votos, nos vamos a tener que ir otra vez al exilio... esto no lo aguanta la derecha».
Guerra no era el único sorprendido por las urnas. Ni Suárez, ni Fraga, ni Felipe González, ni Santiago Carrillo, ni el obispo Tarancón, ni el Rey, ni los militares, ni los sindicatos, ni los innumerables partidos de la «sopa de letras» que habían concurrido a las primeras elecciones democráticas esperaban el resultado del recuento organizado por el ministro de Interior, Juan José Rosón.
Los primeros votos escrutados daban al PSOE ventaja sobre la UCD. La derecha franquista, bajo mínimos, y el PCE, claramente en minoría. Estos resultados trastocaban lo que hasta esa noche era previsible. Pero claro, tras 40 años de dictadura, era llegada la hora del pueblo soberano. Y el pueblo habló. Vaya que si habló...
En vísperas del 15-J algunos sondeos predecían un resultado ajustado para la derecha, repartida entre Alianza Popular y la UCD recién creada al amparo de Adolfo Suárez, y otorgaban al PSOE la hegemonía de la izquierda en perjuicio del PCE. ¿Cómo explicar este resultado si durante 40 años la mayoría de los españoles vivió en dictadura con la resignación de las mayorías silenciosas? ¿Cómo entender que la izquierda diera la espalda a los comunistas que tanto se habían batido el cobre en la resistencia?
Guerra sentenció: «Los españoles tienen memoria histórica y se han acordado del PSOE», tras lo cual hizo mutis por la puerta y regresó al despacho de González. En la Moncloa, Adolfo Suárez estaba realmente inquieto. Con los primeros resultados en la mano la UCD no tenía suficientes escaños para gobernar, ni siquiera contando con los exiguos votos obtenidos por la Alianza Popular organizada por Fraga con aquellos «extraños compañeros de cama».
Y sin UCD al frente, el proyecto constitucional resultaba mucho más frágil frente al franquismo residual, pero activo. El encaje de bolillos de una transición iniciada con su nombramiento como presidente del Gobierno -«hacer normal lo que en la calle es simplemente normal»- podría quebrarse. Alfonso Osorio, un tanto cenizo, auguraba lo peor. Fernando Abril contrapesaba: «Espera a que termine el recuento... ».
En los trepidantes once meses anteriores, Suárez, en complicidad con el Rey, había ido desmontando el mortecino sistema heredado del franquismo con la imprescindible ayuda de Carrillo. Suárez tenía claro que sin el PCE la democracia no sería posible.
González, trato preferencial
Pero siendo el PCE imprescindible, Suárez propició desde el primer momento el protagonismo del PSOE para que llegara a las urnas con capacidad para convertirse en la alternativa de izquierdas. El trato a González, desde su primer encuentro en casa de Joaquín Abril (hermano del vicepresidente, Fernando Abril) era claramente preferencial. Tras las reuniones con la «Platajunta» en Moncloa, González era requerido para que se quedara en un mano a mano con el presidente.
La campaña electoral había dejado las calles de España, paredes, muros, farolas, empapeladas hasta la saciedad con una propaganda cargada de ingenuidad, desde el «rosco verdinaranja» de la UCD, hasta el rojo que enmarcaba los rostros de Ibarruri y Carrillo, pasando por el idílico azul clarito del PSOE con la imagen de González angelical y la apuesta inequívoca de Fraga, para quien España era «lo único importante». TVE, la única televisión posible, albergó los mensajes finales de nueve líderes, con diez minutos para cada uno, entre ellos Suárez, Enrique Tierno, Carrillo, González, Manuel Fraga... y por Izquierda Democrática (democristianos) hablaron cuatro -Ruiz Giménez, Gil-Robles y Gil-Delgado, Canyellas y Monrabal- que se repartieron sus diez minutos... Todo un mundo.
No todo era así de dulce en la España del 15-J. ETA, a pesar de la amnistía, seguía en sus trece: «A partir de la medianoche próxima -cero horas del día 15- Javier de Ybarra podrá ser ajusticiado en cualquier momento», hicieron saber los terroristas en un comunicado en el que afirmaban que el «arresto» está tocando a su fin y el secuestrado «ha sido considerado reo de muerte, como detentador del poder político y económico». La amenaza se cumplió el 22 de junio, siete días después.
Cuando por fin se cerraron las urnas, comenzó el recuento que duró dos días. La gente de UCD estaba concentrada en el Eurobuilding, el hotel «moderno» de Madrid, con pretensiones de evento americano alentadas por Joaquín Garrigues, con Adolfo Suárez pasándolas negras en La Moncloa hasta ver si lograba la mayoría suficiente. Fueron finalmente los 165 escaños, 6.309.517 votos.
En Santa Engracia («de soltera» García Morato) Guerra ya estaba más tranquilo: el PSOE había obtenido un excelente resultado, pero no para provocar. Lo dijo al día siguiente González, bien asesorado por la socialdemocracia internacional: «Estoy absolutamente seguro de que el Ejército respetará el resultado de las elecciones, cualquiera que sea».
González era la gran apuesta de la socialdemocracia occidental para el futuro de España desde aquel 8 de octubre en que fuera elegido primer secretario del PSOE en el cine de barrio de Suresnes (París). Era el elegido para reconducir la izquierda marxista hacia una izquierda occidental. El 15-J sentenció: «El partido se ha convertido en una gran alternativa de poder que... podrá ofrecerse ante el país probablemente como el próximo Gobierno». Un programa implacable con el fin de desalojar a la UCD del poder desde el primer momento.
Pasar página
En la sede del PCE, Ramón Tamames se resistía a asumir el resultado. ¿Cómo era posible que el PSOE, que «no había estado durante estos 40 años», se alzara con el santo y la limosna de la izquierda?
Pero la gran revelación fueron los resultados de la «derechona» liderada por Fraga y sus inefables «siete magníficos», lo más granado del franquismo tardío. Con 16 escaños, quedaba en evidencia que los españoles habían decidido pasar página. Una evidencia que algunos, como Herrero de Miñón, no quisieron entender al proponer un pacto constitucional UCD/AP, excluyente del PSOE y del PCE. Fernando Abril y Alfonso Guerra, impulsores del consenso constitucional, dieron la réplica y la Constitución finalmente fue el fruto de «la reconciliación nacional».
El 15-J, que había amanecido con un sol radiante, había terminado. Con la mayor naturalidad del mundo, 18.579.475 españoles habían decidido su futuro. Las cartas para la última partida del juego de la transición estaban echadas. Dos días más tarde el Rey encarga a Adolfo Suárez que forme Gobierno. Y el 22 de julio se abren las Constituyentes. El Rey dice: «En estos momentos cruciales de nuestra historia hemos de procurar eliminar para siempre las causas históricas de nuestros enfrentamientos». Que así sea.
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