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¿Madera de héroe o héroe de madera?

E. RODRÍGUEZ MARCHANTELa ciencia ficción es casi lo contrario que la afición a la ciencia, por eso un actor como Nicolas Cage puede ser un intelectual, un profesor de astronomía, y a la vez un héroe

Actualizado 10/04/2009 - 09:07:02
La ciencia ficción es casi lo contrario que la afición a la ciencia, por eso un actor como Nicolas Cage puede ser un intelectual, un profesor de astronomía, y a la vez un héroe que tiene que salvar al mundo. La idea que sustenta esta película es atractiva: en una cápsula del tiempo en la que unos niños introducen unos inofensivos dibujos y saludos para el futuro va también un mensaje cifrado en el que se anuncia, entre otros desastres mayúsculos, el fin del mundo.Y ese mensaje irá a parar a las manos del hijo de Nicolas Cage, lo que le permitirá a él deshojar esa margarita entre cábalas, saltos y presagios. Lo normal de las ideas, incluso de las buenas como ésta, es que el tiempo las pervierta: la de «Señales del futuro» no necesita mucho más de una hora para pervertirse malamente y adentrarse en el proceloso mundo cinematográfico del ovni, el marciano buenista, la mística, el apocalipsis y el génesis, un conglomerado desituaciones que el actor Nicolas Cage ha rodado ya casi tantas veces como las ha visto el espectador de sábado.
El director es Alex Proyas, más o menos un experto en darle sabores al ojo, y ciertamente hay algunas escenas muy cargadas de pimienta visual, como ésa en la que un gigantesco avión de pasajeros se estrella ante las mismas narices de la cámara, que transmitirá la violencia, el caos, la tragedia y el dolor desde una proximidad casi obscena. Ese alarde de tecnología digital se superará más tarde con unos vagones de metro, aunque ya se está tan acostumbrado a que te metan el dedo (lo digital) por el ojo que la mayor sorpresa que puede uno tener en un cine es el precio y el tamaño de los container de palomitas.
Las incertidumbres de los personajes protagonistas, que buscan soluciones al enigma mientras viven en una agitación de coctelera, son de igual modo un mal presagio de las propias incertidumbres del director a la hora de encontrar un tono para cuajar finalmente la tortilla de la historia que cuenta. La mezcla de lo místico, lo religioso, lo predestinado, lo ecológico y la fábula pura y dura consigue que lo trágico adquiera algún que otro perfil indebidamente cómico. Y esa sensación es devastadora para una película que se presiente tan seria, y que aboga por algunas teorías sobre el determinismo absoluto y lo relativo del libre albedrío que se le quitan a uno las ganas de reciclar por colores.
En cualquier caso, los amantes del género (no sé a cuál me refiero) podrán disfrutar de un arranque de miura, con el personaje de Lucinda, que interpreta la niña Lara Robinson con el aspecto de la de «El exorcista» al bajarse de una cama elástica. Luego ya viene Nicolas Cage a devolver la «normalidad», o sea lo ordinario.
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