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Écija. La ciudad de las once torres

Si hay un lugar famoso por sus torres Ése es sin duda la sevillana Écija, conocida precisamente como «la Ciudad de las Torres». Once se cuentan. Asimismo se la conoce como la «Ciudad del Sol», que por

Actualizado 10/02/2008 - 10:23:38
Si hay un lugar famoso por sus torres Ése es sin duda la sevillana Écija, conocida precisamente como «la Ciudad de las Torres». Once se cuentan. Asimismo se la conoce como la «Ciudad del Sol», que por algo se la calificó también de «sartén de Andalucía», ya que ha tenido en su historia algunos de los veranos más tórridos de España y Europa. Dicen que durante uno de esos días de chicharrera veraniega es posible freír un huevo al calor del sol. Sea cierto o no lo del huevo, aquí se hace cierto el viejo dicho de que: «Quien fuere a la Andalucía / ande la noche y duerma el día».
Estos meses, no obstante, son una época ideal para recorrer sus calles tan cargadas de historia y belleza. Y es que a Écija -la de los innumerables nombres- también se la llama «la de los Siete Niños». Siete son los populares bandoleros de la copla que en esta ciudad se solían reunir: Tragabuches, Juan Repiso, Satanás, Malafacha, José Candio, el Cencerro y el capitán Luis de Vargas. La verdad es que en la banda no eran siete, ni de Écija, ni «niños», pero se hicieron populares porque algunos comenzaron su historial luchando contra las tropas napoleónicas. De Écija es también Francisco de Huertas, un bandolero de la nobleza que acabó sus días con una ejecución por todo lo alto y entierro de primera al que asistieron autoridades y obispos. Que siempre ha habido clases, hasta para morir ejecutado.
La ciudad, importante encrucijada de caminos, tuvo su esplendor en el siglo XVIII. Y de ello es buen ejemplo el Palacio de Benamejí -monumento histórico artístico- construido en ladrillo,en el que destaca su portada-retablo con el balcón de la Aparición -donde se asomaba la gente importante. Hasta 1995 fue sede de la Comandancia militar y en la actualidad alberga el Museo Histórico. Guarda notables piezas romanas encontradas en las excavaciones efectuadas durante varios años en la plaza de España, lugar en el que en tiempos se alzaba un templo dedicado a Helios.
La Amazona
Entre sus piezas destaca la escultura de La Amazona (solo hay cuatro de su estilo que se conserven íntegras: las de Nueva York, Berlín, Roma y Écija) y espléndidos mosaicos como el Triunfo de Baco. Otro magnífico palacio es el de Peñaflor, que conserva unas curiosas pinturas en su fachada y que es conocido popularmente como «la casa del balcón largo», por sus 59 metros de balconada. Reseñables también son los palacios de Garcilaso y el de La Palma.
Y por supuesto, los conventos, como el de las Teresas. Merece también visitarse el museo de Arte Sacro, en la Parroquia Mayor de la Santa Cruz, que custodia varias curiosas reliquias (un trozo de la cruz o un retal manto de San Pedro), lienzos religiosos, casullas hechas a partir de mantones de Manila (directamente traídos desde Filipinas), un arcángel San Rafael y un impresionante Cristo de marfil del siglo XVII.
Las torres son todas barrocas y señalan el lugar donde se sitúan las iglesias. Destaca la de Santa María, con un cuerpo para campanas muy parecido al de la Giralda. Y son también dignas de ser recordadas las Santiago, Santa Ana y la Victoria. El por qué tanta proliferación de torres se remonta a una bonita leyenda. Dicen que Écija era una mujer hermosa y ambiciosa que quería tenerlo todo y sentirse cercana al sol. Y para conseguirlo hizo un pacto con el diablo, que le construyó doce torres a cambio de su alma. Pero cuando ya había levantado once, el Creador derribó con un rayo la última y frustró tan codicioso pacto. Curiosamente, y esto no es leyenda, un rayo destruyó en 1892 la de Santa Bárbara, que fue después reconstruida. A su lado se encuentra una pequeña capilla con una imagen del Nazareno, que también guarda su fábula. Dicen que un pobre hombre dado al vicio del juego le pidió una ayuda para ir tirando y que el Cristo le entregó su cíngulo convertido en oro. El hombre lo vendió, y el dinero así ganado lo apostó de nuevo. Desde entonces el Cristo, para evitar que le vuelvan a solicitar su milagroso cíngulo, decidió que, en adelante, en cuanto le pintasen el cordón éste se borrase de inmediato. Y así ha debido ser desde entonces. Si pasa por la que ahora llaman Calle de Jesús sin soga, vera que el Nazareno ya no tiene cíngulo. Y un último consejo: si quiere ver bien las torres de la ciudad la mejor vista la tiene desde el barranco de la carretera a Cañada Rosal.

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