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«El baile», la civilizada elegancia de Edgar Neville

Actualizado 10/02/2001 - 00:48:08
«El baile». Autor: Edgar Neville.
Director: Juan José Granda. Escenografía: Andrea D´Odorico. Iluminación: Rafael Echeverz. Vestuario: Manu Berastegui. Intérpretes: María José Cantudo, Manuel Navarro, José Luis Martínez y Antonio Peregrín. Lugar: Teatro Reina Victoria, Madrid. Fecha: 8 de febrero de 2001.
Tiene un aire de otro tiempo el civilizado humor de Edgar Neville, sus personajes tan elegantes y agradables, sus conflictos impolutos y sin estridencias, sus construcciones tan ordenadas, su ingenio despejado y culto. «El baile», que es segura y merecidamente su obra más conocida, es una suma de estas características, una muestra de lo que se suele denominar alta comedia, por lo selecto de los ambientes en los que discurre y la limpia esgrima de sus tramas; estrenada en 1952 con gran éxito, el propio autor la llevó al cine siete años después, con Conchita Montes, Alberto Closas y Rafael Alonso.
Regresa a los escenarios madrileños «El baile» en un montaje estilizado y con un aire de época que le sienta estupendamente a la pieza. Arropado por una, como es habitual, hermosa escenografía de Andrea D´Odorico —un salón burgués de comienzos del siglo pasado con auténticos muebles de anticuario—, lo ha dirigido Juanjo Granda que ha entendido bien la pulcra trigonometría propuesta por Neville, quien, elegante pero con trasfondo perverso, se las apaña para presentar un triángulo que no escandalizaría ni a la persona más mojigata, un modelo de «ménage a trois» que puede perfectamente ser aceptado como ejemplo de convivencia, tolerancia y canto a la amistad.
María José Cantudo ha asumido con tenaz entusiasmo la puesta en pie de la obra como productora y protagonista, el vértice femenino de esta historia de amor a tres bandas, en la que interpreta a una mujer en su juventud y madurez y, finalmente, a su nieta. Le dan réplica el eficaz Manuel Navarro, como el esposo tolerante y cordial, y, en un soberbio ejercicio de matices cómicos y saber estar,José Luis Martínez, como el casto y sempiterno enamorado y amigo; en segundo plano, Antonio Peregrín da vida a un divertidísimo mayordomo. Un espectáculo puro Neville.
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