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El genio de Muti triunfó en el Liceo

Actualizado 09/11/2001 - 02:03:08
«Macbeth», ópera en cuatro actos con libreto de Piave y música de Verdi. O. y C. del Teatro alla Scala de Milán. Dirección: R. Muti. Con Leo Nucci, Maria Guleghina, Ildar Abdrazazakov, Salvatore Licitra y otros. Gran Teatro del Liceo, 7 de noviembre.
Quince minutos de aplausos cerraron la actuación que la compañía de La Scala de Milán ofreció de manera extraordinaria, y fuera de abono, en el Gran Teatro del Liceo. Riccardo Muti, director musical de la catedral operística de Italia se puso al mando de un reparto de alto nivel, pero que, en todo caso, puede ser contratado en cualquier teatro del mundo. Lo que no se puede contratar es ese sonido endemoniadamente matizado, esculpido, que Muti logra sacar de la Orquesta de La Scala, un conjunto cohesionado y que induce a las lágrimas por su eficacia. El coro, a pesar de contar con voces incluso estridentes, también demostró estar en absouta sintonía con el maestro, quien trabajó los detalles hasta el cansancio.
Muti dibujó con su propia paleta, diseñando una propuesta férreamente decantada. Gustara o no la concepción de sus tiempos, ese continuo ir y venir de su agógica o su firma en los balances, la verdad es que el director napolitano moldea su sonido y allí quedaron para el recuerdo las memorables introducciones tanto al aria de Banquo como a la escena del sonambulismo. Su trabajo con los solistas vocales es íntimo y terriblemente exigente: a una Maria Guleghina casi ahogada en su aria de entrada la obliga a cantar las dos estrofas de la difícil «Or tutti sorgete».
Leo Nucci demostró que los años y la decadencia vocal también sirven de loable experiencia; su Macbeth es insuperable en intensidad dramática, en fraseo, en fuerza teatral. Guleghina, que no pudo debutar en el Liceo la temporada pasada debido a una enfermedad, esta vez exhibió todas sus posibilidades en uno de los papeles más difíciles de su cuerda. Su salud vocal, sin embargo, presagia negros nubarrones, porque al entregarse con tanto ahínco, al aplicar sin descanso su vozarrón indómito y al intentar colorear, la afinación muchas veces se resiente. Su pasión, a pesar de sus sobreagudos muy justos, cautivó al público. Salvatore Licitra, en un papel muy cómodo, consiguió triunfar imponiendo un color de voz acerado, llegando con entera soltura a cada nota y acentuando la expresión, algo que, por el contrario, no caracterizó a la plana actuación de Ildar Abdraza-kov, uno de los bajos con más futuro de las últimas generaciones.
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