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Las palabras malditas del Gobierno

POR MARIANO CALLEJAMADRID. Luego dicen que el Gobierno de Zapatero no toma decisiones en plena crisis económica. Hay una que el presidente y los ministros cumplen a rajatabla. No se trata de contener

Actualizado 09/06/2008 - 08:34:07
Luego dicen que el Gobierno de Zapatero no toma decisiones en plena crisis económica. Hay una que el presidente y los ministros cumplen a rajatabla. No se trata de contener el gasto público, no, ni de recortar el número de altos cargos y asesores. Se trata de no pronunciar jamás la palabra «crisis». Si no se dice, es como si no existiera. Parece un juego, pero Zapatero y su Gobierno se lo han tomado en serio. Ni una sola vez, ni por descuido, ni por uno de sus famosos «lapsus», el jefe del Ejecutivo ha dicho la palabra maldita. Los circunloquios y las metáforas se han adueñado de su discurso, pero hay que reconocer que Zapatero lo ha conseguido.
Miércoles 4 de junio, Pleno de control en el Congreso. Mariano Rajoy pregunta a Zapatero qué va a hacer para que se recupere la confianza en la economía. Zapatero contesta: «Tenemos un proceso de desaceleración y de pérdida de capacidad de crear empleo». «Sabremos afrontar esta dificultad». Objetivo cumplido. La «crisis» no sale por su boca. Y lo que no se dice, no es real. Una semana antes explicó así la situación: «Estamos mejor preparados que otros países ante un ajuste que se va a producir y que es consecuencia de circunstancias internacionales y de factores que hemos conocido».
Estamos en un «paréntesis»
En la campaña electoral llamó «antipatriotas» a los que alertaban de la crisis. En su discurso de investidura, Zapatero habló de «paréntesis» en la buena marcha de la economía española. El portavoz socialista, José Antonio Alonso, aportó su «perla» lingüística esta semana al referirse a la «contracción económica». Todo un hallazgo.
En los últimos años, el jefe del Ejecutivo ha usado todos sus recursos lingüísticos para presumir de la buena marcha de la economía. «No hay ningún atisbo de recesión económica, ni de problemas a medio plazo» (octubre de 2007). Ahora, mientras las previsiones de crecimiento, paro e hipotecarias dan casi miedo, Zapatero se ve en la obligación de admitir que hay problemas, pero sin renunciar al optimismo. Y ha encontrado la solución perfecta en el vocablo «desaceleración», que le ayuda a no decir la palabra «crisis».
Zapatero ha sido así especialista en amoldar el lenguaje para adaptarlo a su mensaje político en cada momento. Ocurre con la palabra «nación». Antes de aprobarse el Estatuto de Cataluña, puso en cuestión el concepto de nación española: «No hay un concepto tan discutido en la teoría política como el de nación». «El concepto de nación es discutido y discutible». En su primera legislatura, dejó en desuso el término «Gobierno de la Nación», y lo cambió por «Gobierno de España», lo que dio pie a los nacionalistas a hablar en clave bilateral: «El Gobierno de España y el Gobierno de Cataluña...»
Un país por una nación
Pese a que la Constitución de 1978 define siempre a España como «nación», Zapatero prefiere referirse a ella como «país». «Un país unido y diverso como es España», dijo en su discurso de investidura el abril. «Mi idea de España es un país próspero y además un país reciente», subrayó.
El proceso de negociación con ETA, la pasada legislatura, deparó buenos ejemplos del lenguaje eufemístico de Zapatero. Lo llamaba «proceso de paz», nunca de negociación ni de rendición. La «violencia» sustituyó demasiado a menudo a la palabra «terrorismo», y eludió hasta el extremo mencionar la palabra «derrota» de ETA. El objetivo no era derrotar a la banda terrorista, era «el fin de la violencia». Aún hoy, Zapatero sigue evitando a toda costa hablar de «derrota». «Estamos más cerca del final de ETA», dijo en su discurso de investidura. «ETA sólo tiene un destino: poner fin a su barbarie criminal definitiva e incondicionalmente».
En aquella época, en plena negociación política con los terroristas, Zapatero llegó a confundir «accidentes» con atentados. Un «lapsus», según explicó Moncloa, que se repitió al menos dos veces. «Dado que hace muy pocos días hemos tenido un trágico accidente, un trágico atentado terrorista en Barajas...», dijo en enero de 2007.
El trasvase del Ebro a Barcelona, su debate, la aprobación y después su derogación porque al final llovió, ha reportado algunos de los momentos más divertidos del Gobierno. «Mientras yo sea presidente no habrá trasvase del Ebro», dijo el jefe del Ejecutivo. La instrucción era simple: prohibido decir que es un trasvase. Y los asesores se pusieron en marcha para buscar sinónimos. «No hay trasvase, sino una conducción de agua», explicó De la Vega a los españoles. Del Gobierno salieron también las expresiones «captación de agua» y «cesión temporal de agua», mientras que el Ejecutivo autonómico catalán llegó a hablar de «pinchazo» al Ebro. La ministra Espinosa fue la más brillante, al hablar de «reasignación temporal de caudales». Soberbio.
La inmigración aporta otro ejemplo de manipulación lingüística. Zapatero pasó de hablar de «normalización» de inmigrantes a «regularización» cuando se dio cuenta de que su proceso no había acabado con la inmigración irregular.
Al menos, se ve que el incremento de asesores del Gobierno (un total de 222) ha sido de provecho. Aunque sea para retorcer bien el diccionario.
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