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Sucesión con primarias

Actualizado 09/03/2001 - 00:21:37
La política española ha alumbrado en el post-felipismo dos proyectos determinantes para la regeneración de la vida pública: las primarias socialistas y la autolimitación de mandatos de Aznar. El primero de ellos fue saboteado sin piedad por el viejo régimen, hasta el punto de alancear al vencedor legítimo, voltearlo y finalmente sustituirlo por otro. Sería una pena que la segunda idea naufragase también en la orilla del desencanto por falta de capacidad transformadora de una clase dirigente que sólo entiende la dialéctica del poder por el poder.
La limitación de mandatos debería ser un precepto constitucional, pero si Aznar consuma su retirada tras ocho años de gobierno sentará un precedente tan decisivo que prácticamente no habrá nadie capaz de contrariarlo en el futuro sin quedar como un político agarrado a la poltrona. Por eso, lo peor que puede pasar es que en el PP cunda el pánico al relevo, que en realidad lo que esconde es un miedo cerval a la alternancia y una enorme desconfianza en la virtualidad de la oferta política del partido. Es poco probable que Aznar se deje impresionar por la peregrinación de pelotas que lleva ya tiempo rogándole que no los deje huérfanos, pero si cede habrá enterrado una de las más importantes esperanzas de que pase a la historia como un dirigente capaz de dar un salto cualitativo más allá de la mera gobernancia.
El pánico a la orfandad se mezcla en estos momentos con un absurdo debate sobre el control de la sucesión. Lo importante para el país no es que Aznar elija bien a su sucesor, porque ya se encargará el cuerpo electoral de buscar otro recambio si la oferta no es convincente. Lo esencial es que el presidente sea capaz de darse la salida a sí mismo, incluso aunque se quede a tutelar el proceso desde su posición de presidente del partido. La verdadera revolución aznarista sería abrir un proceso realmente democrático que ventilase la sucesión a través de unas primarias. Eso está tan lejos o más que la posibilidad de que el presidente se avenga a presentarse por tercera vez, pero constituiría un proceso irreversible de regeneración política. Por mucho que los aparatos de los partidos hagan burla del sistema de elección directa de los candidatos, lo cierto es que nadie puede sostener que en una democracia hay procedimientosmejores que el democrático.
Lo lógico, además, sería que los dos grandes partidos sobre los que pivota el sistema político se permeabilicen el uno al otro. Si el presidente pretende que el PSOE asuma su propuesta de autolimitación, bien podría asumir él el sistema de primarias, lo que, de paso, volvería irreversible el proceso dentro del propio PSOE, que no las tiene aún todas consigo al respecto. La política española, tan ayuna de ideas innovadoras, se merece una carrera regeneracionista en la que los líderes compitan por presentar a los electores un proyecto cada vez más abierto. Lo que está en juego es la credibilidad del sistema. Aznar y Zapatero se hallan ante la posibilidad de consumar un salto decisivo, con fuerza semejante a la de una reforma constitucional. Sólo se necesita voluntad para hacerlo. Y el suficiente desapego para entender que el poder es un elemento secundario ante las virtudes de la democracia como fórmula de convivencia.
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