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Curandero en el nombre de Alá

«Antes estaba deprimida y gorda. Ahora, feliz, delgada y más joven». Fatima Sara recurre con frecuencia al curandero de Skhirat. La mujer, que ronda los cincuenta, no tiene pudor en reconocer que es

Actualizado 09/02/2007 - 09:07:30
Mekki Torabi, el curandero de Skhirat, impone las manos a una de las miles de personas que acuden a él día a día
Mekki Torabi, el curandero de Skhirat, impone las manos a una de las miles de personas que acuden a él día a día
«Antes estaba deprimida y gorda. Ahora, feliz, delgada y más joven». Fatima Sara recurre con frecuencia al curandero de Skhirat. La mujer, que ronda los cincuenta, no tiene pudor en reconocer que es oncóloga y que ha trabajado en un reputado centro de Rabat.
Pero hoy en día en Marruecos no hay nada como postrarse ante Mekki Torabi, una especie de brujo venido a más que asegura curar cualquier enfermedad con los poderes que le da Alá. «¿Qué has sentido cuando te ha tocado?», pregunta a este corresponsal el hermano del santón, que hace las veces de relaciones públicas. Aún a riesgo de parecer maleducado la respuesta fue que nada más allá del calor de su mano. «¿De verdad que nada especial ha recorrido tu cuerpo? No te preocupes, ahora te la estrecha de nuevo».
El informador es un privilegiado que no ha tenido que esperar las interminables filas -a un lado hombres y a otro mujeres- que vienen desde todos los lugares para ser sanados. Algunos llegan al corralón habilitado para los milagros a bordo de impolutos Mercedes. Estos tampoco hacen cola. Tampoco los militares y los gendarmes que, con sus uniformes, acuden también a Torabi. Aseguran, sin querer dar nombres, que altos mandatarios del palacio real e incluso del extranjero han reclamado sus servicios.
Desde primeras horas de la mañana centenares de personas -por momentos miles- se agolpan en la carretera general que lleva de Skhirat a Casablanca. Se venden sin parar cantidades ingentes de botellas de agua que luego serán bendecidas. Los taxistas, los conductores de carros tirados a caballo y los gorrillas hacen su agosto a cuenta del curandero.
Uno de los coches lleva matrícula de Murcia. Charkaoui El Maimouni y su hijo, que tiene diabetes, llevan años trabajando en los campos de Lorca y pasan unos días de vacaciones en su ciudad de origen, Beni Mellal. «Los que tienen exceso de azúcar deben venir tres veces. Los que tienen sida, treinta», explica en un español tirando a regular.
El ritmo del desfile es frenético. Hasta 38 personas en el único minuto que el informador se dedicó a contar. Van pasando y les da la mano. Impasibles ante la lluvia. Algunos se inclinan para besarle y rápidamente los subalternos del milagrero dan un tirón del brazo para que el siguiente ocupe su plaza. Aparentemente nadie paga. Rizlam, una joven de 23 años, viene con su padre. «Mi hija tiene un demonio cristiano dentro del cuerpo. No la deja rezar ni leer el Corán», dice el hombre. «Hablo con el demonio y le digo que no es un buen cristiano, pero no hay manera».

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