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Un hombre para la democracia

Actualizado 09/02/2005 - 02:40:55

Era su último día como presidente del Gobierno. Sentado en el banco azul oía el cansino rosario de la votación nominativa. No dudó un instante cuando vio a Tejero, pistola en ristre. «Nunca como entonces me sentí con tantas fuerzas para defender nuestra democracia...», me cuenta Adolfo Suárez tiempo después. El hombre solo, erguido frente a las pistolas, revivió entonces, en ráfagas de memoria apresurada, los años de la Transición.

Hijo de su tiempo y de su tierra, Adolfo Suárez tenía ambición política, determinación, pragmatismo y una gran dosis de osadía. «Soy un desclasado». Justificaba así la heterodoxia que le permitió sobrevivir y hacer carrera en los interiores del franquismo terminal. Eran años de confidencias con Fernando Abril; el uno gobernador de Ávila, el otro presidente de la Diputación de Segovia, extraños sitios para conspirar.

No ocultaba sus convicciones reformistas: «No nos engañemos, no hay más camino que legalizar los partidos y hacer una democracia».Y ante aquellas Cortes puso toda su capacidad de convicción para que se hicieran «el hara-kiri» con la Reforma Política. Pero nadie en el «todo-Madrid» daba un duro por el personaje. Un secundario, un inexperto, frente a Areilza, Fraga y compañía. Salvo el Rey, claro. El entonces «joven Rey» tomó su decisión: la hora de la democracia. Y Adolfo Suárez fue nombrado presidente de un Gobierno con aires de provisionalidad.

Así comenzó la larga marcha de la Transición. Denostado como traidor desde la derecha inmovilista, despreciado por la izquierda que desconfiaba de sus intenciones reformadoras, Suárez decidió gobernar para la inmensa mayoría, perpleja entre aquellos extremos.Y se fijó como objetivo «hacer políticamente normal lo que en la calle es simplemente normal».

Frente a los radicalismos propugnó el consenso. Y el 15 de junio de 1977 los españoles votaron en libertad. Con ETA mordiendo los talones y el golpismo agazapado en los cuarteles, sustentado por aquella UCD amalgamada de buenas intenciones y ocultas ambiciones, Suárez contó con complicidades impagables - Carrillo en la izquierda; Monseñor Tarancón, desde la Iglesia; Josep Tarradellas, en Cataluña- y con deslealtades previsibles. Frenó la tentación de la derecha excluyente y pactó una Constitución para todos. Fue su mejor momento.

Legitimado por las urnas, Adolfo Suárez continuó pactando para completar el proceso constitucional: Cataluña, el País Vasco, Galicia. Pero los tiempos del consenso terminaron. Acosado por un PSOE implacable, debilitado por las guerras internas del centrismo cuarteado, atormentado por la incomprensión de sus próximos ysitiado entre el terror etarra y la conspiración ultra, en soledad total, Suárez siente terminado su tiempo. Y se va.

Pero no pudo ser. El tormento ha de continuar. Fracasado el CDS se dedicará a la familia y el recuerdo. Y ahora sí, todo el mundo se hace lenguas de su valía personal y política mientras en su casa de La Florida contempla desde la lejanía el devenir de esta España por la que tantos y tantas veces le admiraron. Tampoco hallará ahí la paz. La muerte de Amparo, su mujer y de Marian, hija adorada, le dejarán herido. Gravemente. Hoy Adolfo Suárez vive refugiado en una lejanía desconocida a donde quizás no lleguen los ruidos del quiebro constitucional ni los chirridos de una pretendida segunda transición. Su silencio, forzado, se hace denso. Se echa de menos su talante.
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