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Tres condiciones para una reforma

Actualizado 08/12/2005 - 09:55:27

| LA ESPUMA DE LOS DÍAS |

LA Constitución de 1978 se construyó desde la convicción de que existíala necesidad ineluctable de dirigir los acontecimientos según un rumbo determinado. Cualquier otra salida nos habría conducido al caos, o nos habría aislado del resto de Europa y nos habría hecho perder una vez más el tren en el que viajan los países libres y prósperos de Occidente. Por esta razón, cuando se evocan las enormes dificultades que acompañaron la negociación de aquel texto fundamental, uno no puede por menos que sospechar que fue precisamente la amenaza de las espesas sombras que se proyectaban sobre el proceso constitucional la que empujó todas las voluntades actuantes en la misma dirección, la única que nos ponía a recaudo de aquellas asechanzas.

Pero la existencia de esa necesidad no era una condición suficiente. Demasiados acontecimientos prueban la inexactitud de las concepciones deterministas de la historia. Nadie que afirme que todo acontece por necesidad puede refutar al que niega que todo acontece por necesidad porque esa misma negación acontecería también por necesidad, bromeaba Epicuro. El hecho cierto es que otros pueblos enfrentados a urgencias históricas semejantes a las de España han preferido suicidarse, una tragedia de la que la propia Europa ha ofrecido ejemplos desoladores en épocas recientes.

En la Transición española se conjugaron al menos otros dos elementos para que aquella necesidad cuajase en realidad prometedora. En primer lugar, la aceptación por todos de un procedimiento que implicaba la negación de partida de una subasta de máximos y un ejercicio de contención respecto de las posiciones propias. La negociación por consenso representaba no sólo una afirmación de unidad frente a quienes conspiraban para que el proceso descarrilase, sino también el reconocimiento de que nadie era capaz de ofrecer por sí solo una solución válida para todos. Y en segundo lugar, la existencia de una serie de líderes que podían estar mejor o peor dotados para las tareas públicas, pero que hicieron gala de una muy afinada percepción política del momento histórico. Personajes como Fernando Abril y Alfonso Guerra fueron capaces de zambullirse juntos en plena marejada para desencallar un barco que estuvo a punto de irse a pique más veces de las que hoy queremos recordar.

Hoy, quienes defienden la oportunidad de reformar el entramado constitucional, de forma directa o indirecta, deberían poner sobre la mesa tres condiciones del mismo tenor para asegurarse una adhesión equivalente a la de 1978. No parece que vayan a poder. Pocos perciben ahora en España la necesidad histórica de esa reforma, mientras que el consenso ha dado paso a uniones circunstanciales de contrarios asociados para la ocasión por necesidades mucho más pedestres. Y qué decir de la perspicacia políticade algunos de los personajes empeñados en tal aventura.


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