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Cuarenta años y un día de ETA

Con el asesinato del guardia civil José Pardines Arcay a manos del pistolero Txabi Etxebarrieta, hace ahora cuarenta años, ETA puso en escena un drama, que todavía perdura. Tragedia con personajes

Actualizado 08/06/2008 - 09:35:47
Con el asesinato del guardia civil José Pardines Arcay a manos del pistolero Txabi Etxebarrieta, hace ahora cuarenta años, ETA puso en escena un drama, que todavía perdura. Tragedia con personajes reales, interpretada con el paso del tiempo por actores diferentes, que representan como una constante papeles bien definidos: la víctima, siempre inocente -José Pardines y sus familiares-; el asesino elevado a la categoría de héroe por un sector corrompido de la sociedad -Etxebarrieta-, y el monstruo -ETA-, que en ocasiones lanza a la muerte a sus propias criaturas -de nuevo Etxebarrieta-. En el reparto de esta tragedia, que a día de hoy se sigue representando en tantos escenarios del País Vasco y de fuera de él -ayer Villabona, más recientemente Mondragón, Legutiano...-, existe también el personaje del arrepentido, encarnado aquel 7 de junio de 1968 por Iñaki Sarasketa, que años después reconoció lo absurdo, gratuito y, sobre todo, lo injusto de aquellos disparos que acabaron con la muerte del joven Pardines. Lástima que la entrada en razón llegue cuando el mal está ya hecho. La historia interminable de ETA tiene también su epílogo: tanta muerte, tanto dolor, tanta mentira, para no conseguir ninguno de sus delirantes objetivos.
El antecedente de Manzanas
El asesinato de Pardines y la muerte del criminal Etxebarrieta en el posterior despliegue de la Guardia Civil no fue el desencadenante para que ETA se lanzara a la práctica de un terrorismo sin fin, ya que algún tiempo antes de estos hechos los cabecillas ya habían planeado atentar contra el comisario Melitón Manzanas, hecho ocurrido el 2 de agosto de ese mismo año. Además, y en contra de lo sostenido durante mucho tiempo, fue la niña Begoña Urroz, de poco más de un año de edad, quien abrió la lista, aún no cerrada, de esos 824 inocentes asesinados por la ETA. Ocurrió a últimas horas de la tarde del 28 de junio de 1960, cuando una bomba indiscriminada colocada por el incipiente terrorismo vasco en la estación de Amara, en San Sebastián, alcanzó de lleno a la pequeña.
Pero la caída de Txabi Etxebarrieta sí precipitó los acontecimientos y, además, a partir de ese momento la banda ya tenía el «mártir» que deseaba a fin de enganchar para su miserable causa a la comunidad nacionalista.
Aquel 7 de junio de 1968 fue, por tanto, una fecha clave en el siniestro historial de ETA. Completamente ajeno a su inminente entrada involuntaria en la siniestra historia de la banda, el agente José Pardines, de 25 años, hijo y nieto de guardias civiles, soltero, natural del municipio coruñés de Malpica de Bergantiños, dirigía el tráfico en la Nacional I (Madrid-Irún), a la altura de la localidad guipuzcoana de Villabona, en un tramo cortado por unas obras. Su compañero estaba a dos kilómetros, en el otro extremo de la zona de obras, con el objetivo de que entre los dos llevaran a cabo los necesarios cortes de circulación en ambos sentidos. Según la versión de la Benemérita, Pardines dio el alto a los dos ocupantes de un Seat 850 coupé, matricula de Zaragoza 73956, sin saber que se dirigían a Beasain para recoger un cargamento de dinamita y reunirse después con el cabecilla Eustakio Mendizábal, «Txikia». Tras saludar reglamentariamente a Txabi Etxebarrieta e Iñaki Sarasketa, les pidió la documentación del vehículo para comprobar si coincidía con la matrícula.
«Supongo que el guardia civil se dio cuenta de que la matrícula era falsa. Al menos, sospechó», relataría años después Sarasketa, una vezbeneficiado por la amnistía del 77. «Nos pidió la documentación y dio la vuelta al coche para comprobar-. Txabi me dijo "si lo descubre, lo mato".Le contesté: "No hace falta, lo desarmamos y nos vamos". Salimos del coche. El guardia civil nos daba la espalda. Estaba de cuclillas mirando el motor en la parte de atrás. Susurró: "Esto no coincide...". Txabi sacó la pistola y le disparó en la cabeza. Cayó boca arriba. Volvió a dispararle tres o cuatro tiros más en el pecho. Fue un día aciago. Un error. Era un guardia civil anónimo, un pobre chaval. No había ninguna necesidad de que aquel hombre muriera», concluía el terrible relato un Sarasketa que nunca más quiso saber nada de la banda.
En casa de un cura
Justo en ese momento pasó por el lugar un camionero que, al escuchar los disparos, frenó, al considerar que había pinchado. Fue entonces cuando advirtió lo sucedido. Inmediatamente se apeó y sujetó al agresor, pero fue encañonado por Sarasketa, que le obligó a soltarlo. Txabi, que estaba eufórico por una elevada ingesta de centraminas,volvió el arma hacia Pardines, caído en el suelo malherido, y lo remató con otros cuatro disparos que le alcanzaron en el pecho. Los etarras emprendieron la huida pasando ante el otro guardia civil, Félix de Diego, que aún ignoraba lo ocurrido. Pero tras informarle el camionero, el agente dio la alerta y se puso en marcha un amplio dispositivo.
Etxebarrieta y Sarasketa consiguieron ocultarse en la casa de un cura de Tolosa, pero unas horas después la abandonaron. En la zona conocida como Benta Haundi fueron interceptados por una patrulla que les pidió la documentación. «De la misma manera que las centraminas habían puesto a Txabieufórico -recordaba Sarasketa-, dos horas después le hundieron en un ataque de pánico. Salimos de la casa y nos detuvo una pareja de la Guardia Civil. Los dos llevábamos una pistola en la cintura. Primero me cachearon a mí y no la notaron. Recuerdo que el guardia civil que registraba a Txabi lanzó un rugido. Y después, una escena típica del oeste, de las de a ver quién tira primero... El guardia civil disparó antes que yo y salí corriendo... No supe en ese momento que Txabi había muerto...».
Refugiado en una iglesia
En efecto, en el transcurso del forcejeo con los agentes, el asesino de Pardines quedó malherido y falleció poco después en el Hospital de Tolosa. «Detuve un coche, amenacé al conductor y le obligué a que me llevara en dirección a Régil (cerca de Zarauz) -añadía en sus declaraciones Sarasketa-. Resultó ser un pariente lejano mío. Yo sabía que la pistola me delataba y pensé en tirarla. El conductor me pidió que no lo hiciera. Si nos detenían parecería más real que le estaba obligando. También se dio cuenta de que no tenía intención de hacerle daño, así que unos kilómetros más allá me pidió que bajara... Y continué andando». Así llegó hasta Régil, donde se refugió en una iglesia. Al día siguiente fue detenido. Condenado a muerte, Franco conmutó la pena capital por cadena perpetua, atendiendo a una petición del padre Arrupe.
A sus 22 años, Etxebarrieta, que ya pertenecía al «comité ejecutivo» de ETA, aseguraba que la lucha de la banda no sería tomada en serio hasta que se produjeran las primeras muertes. «Para nadie es un secreto que difícilmente saldremos del 68 sin ningún muerto», llegó a escribir.
Pocos días después del tiroteo de Benta Haundi, ETA hizo público un comunicado, titulado «el primer mártir de la revolución», en el que no sólo reconocía la pertenencia a la banda de Etxebarrieta, a quien comparaban con Che Guevara, sino que admitía el golpe sufrido. «Podría haber sido un intelectual vasco, vivir bien y tener la conciencia tranquila -señalaba el panfleto etarra-... Sin embargo, de improviso, Txabi desapareció. Rompió todos los moldes burgueses y se rebeló». «Para un revolucionario -añadía-la vida no es el bien supremo». En efecto, fue ETA, el monstruo, la que arrastró a su criatura, «Txabi»,hacia su propia muerte. «Desde ahora lo advertimos -concluía el comunicado-. Para nosotros, Txabi Etxebarrieta vale mucho más que todos los guardias civiles de Alonso Vega, él incluido. Ellos no lo han robado y pagarán por ello». La banda llegó a señalar que por cada etarra que muriera asesinaría a quince guardias civiles.La pretendida «lucha por la liberación nacional vasca» resulta ser, al fin y al cabo, un terrorismo basado en el odio y la venganza. Ello explica lo estéril del dolor causado estos 40 años.
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