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Josep María Huertas Clavería: Periodista de raza

En la parroquia de Santa María del Taulat de su barrio del Poblenou barcelonés se daba el último adiós a Josep María Huertas Clavería (Barcelona, 1939-2007), fallecido la madrugada del domingo 4 a

Actualizado 08/03/2007 - 18:00:45
En la parroquia de Santa María del Taulat de su barrio del Poblenou barcelonés se daba el último adiós a Josep María Huertas Clavería (Barcelona, 1939-2007), fallecido la madrugada del domingo 4 a causa de un derrame cerebral.
Cuentan sus compañeros que Huertas comenzaba la jornada con dos preguntas: «¿Eres feliz?» «¿Todavía te aguanta tu mujer?» Dos interrogantes impertinentes para un oficio como el de periodista, que pone a prueba el equilibrio emocional de sus cultivadores. Su nombre saltó a la palestra en 1975, con el país en plena tensión. Había sido condenado en un consejo de guerra por un reportaje publicado en el diario «Tele/eXprés» que atribuía la regencia de algunas casas de citas a las viudas de militares. La movilización de la clase periodística por la libertad de expresión culminó el 23 de julio de aquel año en la primera huelga de prensa desde la guerra civil. Huertas pasó ocho meses y veinte días en la Modelo y devino el emblema de la generación que escribiría desde el puesto de mando la crónica de la democracia. Crecido en el catolicismo social e influido por el catalanismo de Manuel Ibáñez Escofet, Huertas formaba parte del Grup Democràtic de Periodistes (1966-1976) con Josep M. Cadena, Pere Oriol Costa, Josep Faulí, Mateo Madridejos, Antonio Figueruelo, Pere Pascual, Morera Falcó, Joan-Anton Benach, Rafael Pradas...
Desde sus años de juventud, Huertas describió en su bloc los paisajes del suburbio y combatió el desarrollismo del alcalde Porcioles. En revistas como la católica «Oriflama» o la vecinal «Quatre cantons», propagó un periodismo guerrillero que se apoyó en el pujante y concienciado movimiento vecinal para poner contra las cuerdas a los consistorios franquistas. La combatividad de Huertas y sus compañeros de redacción les valió el apelativo de «huertamaros»... Una izquierda que no era divina: alianza del sindicalismo con acento andaluz y el catalanismo popular. Unas redacciones donde, en palabras de Vázquez Montalbán, había «más barba y tabardo que corbata» y que Huertas evocó en su libro de memorias «Cada mesa, un Vietnam».
Ya en la democracia, el periodista desarrolló una ingente información sobre el pasado y el presente de Barcelona. Sus reportajes sobre la historia de Barcelona y los desafueros especulativos en «El Correo Catalán», «Tele/eXprés», «Destino», «Cuadernos para el Diálogo», «Diari de Barcelona» o «El Periódico de Catalunya» y «La Vanguardia» aportaron datos a una cincuentena de libros, escritos en solitario o en colaboración. La lista se abrió en 1969 con «Chicos de la gran ciudad». Con Jaume Fabre dio a la imprenta «Tots els barris de Barcelona» (1975-1977), «La construcció d'una ciutat» (1987-1988) y «Cien años de vida cotidiana». Vicedecano del Colegio de Periodistas de Cataluña fue Premio Nacional de Periodismo en 1991, ámbito al que aportó la valiosa exposición «200 años de prensa diaria en Catalunya» (1995) y la dirección de la colección de historia del periodismo «Vaixells de Paper».
Casado con la juez Araceli Aiguaviva, tras su jubilación de «El Periódico», Huertas fue decano del Colegio de Periodistas. En estos últimos años publicaba quincenalmente una colaboración de tema local en «La Vanguardia». Entre sus últimos libros destaca «La Barcelona desapareguda», «Barcelona com era, com és» (ambos de 2005) y «Mites i gent de Barcelona» (2006). La sonrisa de Huertas preludiaba casi siempre alguna pregunta incómoda. Con ocasión del Año del Libro de 2005 colaboró en el volumen «Paseos por la Barcelona literaria»: su capítulo fue «la ciudad de los trabajadores». Recogía pasajes de José Ramón Arana y Xavier Benguerel, sobre los barrios de la industria y el sindicalismo; recordaba la clandestinidad comunista de Víctor Mora en «Los plátanos de Barcelona». Ilustró su capítulo con una fotografía de cuando el Carmelo era un montón de barraquismo donde correteaba el Pijoaparte de Marsé y revivió la Seat con Paco Candel.
De Teresa Pàmies destacaba una fecha que aunaba comunismo y catolicismo: «Primero de mayo. San José Obrero». Cuando empezó a encontrarse mal acababa de escribir el artículo que publicó «La Vanguardia»: el mismo día que la noticia de su funeral.
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