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Esto es una vergüenza

Actualizado 06/04/2002 - 00:07:15
Gustavo Bueno, desde la serenidad de sus setenta y muchos años y con la sincera fortaleza que le define, ha dicho que Agapito Maestre -uno de nuestros más lúcidos y jóvenes filósofos- es «de lo mejor que he visto en la universidad». Fue, precisamente el profesor Bueno quien presidió, en 1996, la oposición por la que Agapito Maestre pasó de profesor titular de Filosofía Moral y Política -excedente como profesor adjunto de Historia de la Filosofía- a catedrático en la Universidad de Almería. Tres años después, por un defecto de forma -¡la falta de un informe no vinculante del departamento correspondiente!-, y sin que el profesor Maestre tuviera conocimiento del procedimiento, el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía anuló la convocatoria de esa plaza de catedrático. El profesor solicitó amparo del Tribunal Constitucional que, tras suspender la ejecución de la sentencia, acaba de desestimar el recurso, a pesar del informe favorable del fiscal y del abogado del Estado, según el planteamiento de la ponente Elisa Pérez Vera. Automáticamente, el rector de Almería ha puesto en la calle al profesor.
El atropello quedaría sumergido en el oscuro magma de la burocracia universitaria a pesar de la pregunta clave de Gustavo Bueno -«Si la Universidad de Almería sabía que faltaba un documento, ¿por qué convoca a un tribunal y hace la oposición?»- de no darse la circunstancia de que Agapito Maestre, discípulo de Habermas, autor de una treintena de libros y hombre de probada independencia, no se hubiera caracterizado en los últimos tiempos por ser una voz especialmente crítica con la situación -«descerebrada, burocratizada y con poquísimo sentido autocrítico»- de la Universidad en España, el empobrecimiento endogámico y partidista de su dimensión andaluza y defensora de la LOU que pretende la ministra Pilar del Castillo.
Gustavo Bueno -«esto es una vergüenza»- ha comparado el caso, en oportuno paralelismo, con la expulsión de Enrique Tierno Galván de la universidad franquista. Llama especialmente la atención el silencio que acompaña al caso, un claro atentado contra la libertad de cátedra, porque, además de grave, es sintomático. Entre la contumacia socialista, siempre aspirante al control del mundo de la cultura, y la pasividad popular, acomplejada e incapaz de defender las causas de la libertad, se va configurando una red en la que casos como el de Maestre dejarán de ser raros e insólitos. La descentralización universitaria, en un paisaje con más universidades que provincias, no admite la presencia de testigos independientes. Quiebra las reglas del juego que se quiere imponer y, además, se impone.
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