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UN MONUMENTO

Actualizado 06/02/2004 - 03:00:03
SE dice que a Maradona van a erigirle un monumento en La Habana. Tendrán que ubicarlo en una plaza espaciosa para que quepa su golfería. Propongo a las autoridades comunistas de la isla que hagan lo mismo con Hebe de Bonafini, la madre de las madres de la Plaza de Mayo, la amiga de la ETA y la mayor farsante del mundo. Ninguno de sus hijos desapareció durante la dictadura militar en Argentina. Viven en París, como ha reconocido públicamente el pobre señor Bonafini, ex marido de la sebácea foca y padre de los hijos que nunca desaparecieron. Cuando la Bonafini trinca un viaje gratis total a Europa, visita a sus hijos en la vieja Lutecia, mientras en Argentina muchos creen todavía que su invención es una tragedia. Los dos impostores juntos, Maradona y la Bonafini, inmortalizados en La Habana de Castro.
Pero el gran monumento que no van a levantar se lo merecen dos cubanos por su ingenio. Marcial Basanta y Luis Grass, autores del coche-navío en el que han navegado para encontrar la libertad. Un destartalado Buick del tiempo de la polka, al que han añadido una proa y convertido en un automóvil anfibio. Casi alcanzan su objetivo, pero una patrullera de la Guardia Costera estadounidense interceptó su singladura a pocas millas de Florida. El pasado verano lo intentaron a bordo de un camión Chevrolet, pero los detuvieron pronto.
En «Los extremeños se tocan», la comedia musical sin música de Pedro Muñoz-Seca y Pedro Pérez-Fernández, el Buick era objeto de presunción y envidia. «Soy la marquesa de Fuentefría / soy española, soy de Almería, / soy lo más alto de la elegancia, / me calzo en Londres, me visto en Francia, / me hago las manos en Madame Nick / y tengo un Bentley, un Nash y un Buick. / Y que se rasque, y que se rasque a quien le «pick»».
Hubo un tiempo que el Buick en España fardaba de lo lindo. Competía con el Cadillac, el Oldsmobile y el Chevrolet. El padre de un amigo en aquellas calendas tenía un «Studebaker», el coche más hortera que he visto jamás. El permiso de importación lo concedía el ministro Arburúa y estoy seguro que al del «Studebaker» le tenía manía. El Buick gustaba porque no era tan espectacular como el Cadillac, que cantaba una barbaridad. Pero nunca se pasó por mi cabeza que uno de aquellos Buick se convertiría, después de cuarenta años, en barco de huida, en ingenio flotante para conseguir la libertad de dos genios oprimidos por la tiranía del partido único, que es el comunista, aunque moleste.
Dicen que las autoridades de los Estados Unidos van a repatriar a los navegantes del Buick entregándolos a los sicarios del camarada Fidel. Cometerán, si lo hacen, una doble estupidez. La primera, además de estupidez, es una canallada. A quien huye de un régimen de terror, miseria y falta de libertad hay que aceptarlo, acogerlo y abrazarlo. Más aún si se trata de dos genios. La segunda estupidez es deshacerse de dos elementos tan valiosos. Una de las virtudes que adornan la historia de los Estados Unidos, como tierra de esperanza, es la de aprovechar el talento de la inmigración. Como nación que ofrece oportunidades al esfuerzo individual, no debe devolver a Castro a dos elementos de esa categoría. En Cuba les espera un largo trecho de prisión, tortura y sombra. A Cuba hay que enviar a gentuza como Maradona y Bonafini, que se sienten en su salsa cuanto mejor son tratados por la tiranía y peor viven, o malviven, los cubanos de su entorno. Pero devolver a dos genios es una necedad insuperable. Es más, merecen un monumento. Junto a una playa de Florida, mirando a Cuba, con el angustioso y azul mar de la libertad navegado sobre un Buick, de por medio.
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