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Si me dieran el Mariano de Cavia

José MaríaLozanoSí, sí, no se alteren, que ya sé de sobra que nunca podré optar a tan importante galardón. El motivo por el que titulo de forma tan provocadora esta Tribuna no es otro que la alegría

Actualizado 05/06/2007 - 02:49:57
José María
Lozano
Sí, sí, no se alteren, que ya sé de sobra que nunca podré optar a tan importante galardón. El motivo por el que titulo de forma tan provocadora esta Tribuna no es otro que la alegría profunda que me ha producido que esta vez este prestigioso premio de periodismo de reflexión profunda haya recaído en mi admirado profesor Jon Juaristi...
Claro que no es el primero que recibe en su comprometida trayectoria personal y ahí están para demostrarlo el Ícaro de Literatura, el Espasa de Ensayo, el XV Premio de Periodismo Francisco Cerecedo, el Premio Nacional de Literatura de 1998, el Fastenrath, y el Premio Azorín de Novela de 2007 por La caza salvaje.
Conocí al galardonado con motivo de la doble investidura de manos del rector Justo Nieto de Marcelino Camacho y Nicolás Redondo (padre) como Doctores Honoris Causa de la Universidad Politécnica de Valencia. Junto a Antonio Asunción, Txiqui Benegas, Nicolás Redondo Terreros y José María Fidalgo y otras personalidades de la política y del pensamiento, el profesor Juaristi nos acompañó durante la solemne ceremonia y después en un amistoso almuerzo.
Y escribo estas líneas en Berlín, poco después de visitar por enésima vez el Museo Judío de Daniel Libeskind -a mi criterio una de las obras más relevantes de la arquitectura europea de la última década- y de recorrer (espacio público y subsuelo) emocionado el impresionante Monumento al Holocausto que Peter Eisenmann ha levantado con la vecindad de la Puerta de Brandeburgo. (también a ambos he tenido en Valencia y puedo decir que me honran con su amistad).
Es también el día siguiente de la corta y esperada visita de Condolezza Rice a nuestro país y de las disparatadas declaraciones de los ministros de turno sobre Cuba y Afganistán (y de las simplezas del presidente), del traslado del asesino con nombre de iluminado y apellido de mujer (doble e irónica injusticia) a su domicilio, de los más que parciales comunicados sobre la cuestión palestina, y de la portada de ABC sobre la cumbre de disidentes de Praga a la que el premiado y otra colega, Edurne Uriarte, han sido justamente invitados como «disidentes del nacionalismo».
He releído -ya me impresionó en su día su clarividencia y también su valentía en este país en el que la cobardía es hoy un mérito- la «Teología» que nuestro nuevo Mariano de Cavia dedicó a Benedicto XVI (o Joseph Alois Ratzinger si ustedes prefieren) con motivo del numerito que algunos montaron después de su académico discurso en la Universidad de Ratisbona. Entonces y ahora, -yo que soy de esos católicos de ocasión que sólo miramos al cielo cuando las cosas nos vienen muy mal dadas y no nos queda otro recurso- he leído el profundísimo artículo de Jon Juaristi con la devoción y el entusiasmo del neófito.
Como he leído sus contestaciones al periodista que le entrevistó después en ABC sobre el antiatlantismo de salón y de enanismo político que se empeña en demostrar la política oficial de este gobierno, precisamente arropada por el anticatolicismo barato con el que tanto disfrutan sus autodenominados valedores intelectuales de cámara. Y es curioso, pero ambas actitudes van unidas.
Claro está que los de mi generación sabemos de esto. Cuando yo era niño disfrutaba con mis amigos en Alicante enviando a los «marines» de lustroso uniforme -después de haber vaciado de chicles sus bolsillos- en dirección contraria de la solicitada (que siempre era el barrio chino). Y más tarde, universitario en Valencia, hice el muy frecuente recorrido desde los cursillos de cristiandad hasta el antiimperialismo yanqui y el republicanismo antifranquista; de Jesucristo a Mao en un periquete, de los cuatro Evangelios en papel biblia de mi colegio de los Hermanos Maristas a las obras completas de Lenin editadas por Ruedo Ibérico; ni la mejor dieta de adelgazamiento hubiera dado mejor resultado (de adelgazamiento intelectual, quiero decir).
Pero el tiempo, que los castizos dicen que no pasa, que los que pasamos somos nosotros por él, ha venido a poner las cosas en su sitio, aunque algunos se nieguen a reconocerlo. Y en las largas veladas con mi amigo Rafael Trénor (¿para cuándo su Esfera Armilar en Valencia?) el reconocimiento de unas raíces que nos identifican y nos fortalecen anda parejo con la comprobación de nuestra buena fe de jovencitos y revoltosos habitantes de la dictadura del general, que hasta hace apenas unos días (con la llegada de la patraña de la memoria histórica) habíamos logrado olvidar como una pesadilla.
De manera que me van a permitir que califique de infantiles, como mínimo, las actitudes de aquellos a los que el pensamiento profundo del Catedrático de Filología Hispánica (que también ha sido Titular de la Cátedra de Pensamiento Contemporáneo de la Fundación Cañada Blanch en la Universidad de Valencia) ridiculiza sin citarlos (cuando no puede más y los cita los deja en su auténtica inanidad) y que, incapaz de hacerlo yo aquí con la misma eficacia y justeza, les recomiende la lectura de «Teología» y de sus habituales colaboraciones en este diario.
Y si se animan, pueden adentrarse en la obra poética de este «recién cansado» habitante -le guste a él o no- del «reino del ocaso» e imposible candidato -le guste a él o no- a «cambio de destino» definitivo.
Así que Jon Juaristi, avezado disidente del nacionalismo en Praga y permanente militante de la inteligencia, si el Jurado de campanillas que acordó su concesión no me lo toma a mal, se merece el premio por listo, por sabio, por rápido, por noble, por claro y por valiente (y si me apuran, por guapo). Más les valdría a los que ocupan las poltronas del poder central sin muchos más objetivos aparentes que el de no perderlo, sustituir la nómina de sus pelotilleros asesores áulicos por alguna conseja de las que Jon Juaristi -y unos cuantos más como él- andan regalando. (bueno, sustituir no -pobrecitos-, complementar con disimulo).
Mientras tanto, mientras resistimos los efectos de la ignorancia y los «elogios amargos» que los establecidos nos andan dedicando, las aguas irán volviendo a su cauce como permite predecir el interesantísimo entendimiento que Camps, Barberá y el grueso del electorado valenciano han acordado hace apenas unos días atrás.
Catedrático de la
Universidad
Politécnica
de Valencia
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