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La dulce y democrática Francia

Actualizado 05/05/2001 - 00:36:27
«Siempre nos quedará París», se decía en «Casablanca» con un sentido muy distinto al que se le suele dar entre nosotros, en España. Mal podían entender los americanos que París fuera una reserva democrática para ellos cuando estaban empleados en liberarla. En realidad tampoco deberían haberlo entendido así los republicanos españoles cuyos carros de combate asombraron a una ciudad en parte esperanzada y en parte avergonzada por el colaboracionismo con los alemanes.
Contra esa mítica parisina y francesa no dejan de llegarnos desde hace tiempo testimonios terribles. Ya me he hecho eco de ellos en algunos de mis artículos. Desde hace tiempo la sociedad francesa se viene enfrentando a unos hechos que conocía o sospechaba y que ya no dejan lugar a la duda. Me refiero a las sucesivas confesiones de antiguos torturadores en Argelia. Cada vez queda más claro el empleo sistemático de la tortura y de toda una estrategia de exterminio en la que se emplearon a fondo tanto las fuerzas de derecha como de izquierda. A esta última le tocó la época más dura: estaban en el poder los socialistas (la SFIO) y los comunistas contribuyeron de forma muy activa tanto en la policía y en los servicios de información como en los comandos militares.
En estos días el protagonista del último «escándalo» es un general —Paul Aussaresses— cuyas confesiones han sentado a la conciencia francesa en el banquillo del Tribunal de la Historia, a falta de un tribunal internacional al que pudieran ser llevados los supervivientes. En su libro «Services Spéciaux, Algérie 1955-1957», este general de 83 años, comandante en aquel tiempo, describe la «normalidad» policial en la que participó como jefe de un comando que torturaba y mataba de forma sistemática. ¿Eran francotiradores, una policía con los nervios rotos por el entorno hostil, una vanguardia que desbordaba a los gobiernos...? En absoluto, se comportaron como fieles cumplidores de las órdenes de París. Mitterrand era entonces ministro de Justicia. Demostrado por otros testimonios el ejercicio de la tortura hasta la muerte, quizá lo más relevante de estas confesiones sea la responsabilidad de las autoridades políticas. Y lo más turbador, a mi entender, es esa línea de continuidad invisible entre el Mitterrand de Vichy, el de Argelia y el de la bomba al barco de Greenpeace.
La moraleja de estos «descubrimientos» tiene una aplicación especial para los españoles que, como he escrito líneas más arriba, han considerado siempre «lo» francés como paradigmático en todos los campos de tal manera que esa exaltación infundada ha llevado a nuestras minorías a un penoso masoquismo nacional. Así, por ejemplo, los intelectuales catalanes se consideran más civilizados que los madrileños por esa supuesta aproximación —espacial y cultural— al modelo francés. ¿Al de Mitterrand?
Ha habido toda una mitología sobre la cultura francesa como fuente de pensamiento progresista que un mero repaso a nuestra historia podría aniquilar. ¿Acaso no se alimentó el conservadurismo español del siglo XIX de los efluvios antirrevolucionarios franceses? Pero ni siquiera en este caso habría que dar excesiva importancia a la influencia francesa. Puestos a buscar figuras de relieve, podríamos defender la de Donoso Cortés. Y viniendo a tiempos más cercanos, ¿acaso nuestra Acción Española no siguió el camino de la francesa? ¿No fueron los Pradera y los Sainz Rodríguez los continuadores de los Maurras y los Barrés?
Al lado de este «ejemplar» capítulo de la historia francesa, los GAL son una especie de recuelo, repugnante como todos los recuelos, de aquella «guerra sucia» argelina. Nada de esto conseguirá, sin embargo, cambiar la imagen de la dulce y democrática Francia. Y siempre habrá españoles dispuestos a malinterpretar la frase de «Casablanca».
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