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Monserrat Caballé da brillo a «Henry VIII» en su regreso al Liceo

«Henry VIII» (París, 1883), ópera en cuatro actos con libreto de P. L. Détroyant y A. Silvestre (basados en Shakespeare y Calderón) y música de C. Saint-Saëns. O. Simfònica del Liceo. Dirección: J. Collado. Dirección de escena: P. Jourdan. Escenografía: G. Auger. Vestuario: G. Andrés, J.-Y. Legaver y J. Stoppani. Iluminación: T. Alexandre. Ballet Argentino. Coreografía: S. Bazilis. Con M. Caballé, S. Estes, R. Bork, N. Kazlaus, C. Workman, P. Pecchioli, B. Alberdi, C. Varela, J. J. Frontal, J. Fadó, C. Prat y A. Heilbron. Gran Teatro del Liceo, 4 de enero.

Actualizado 05/01/2002 - 10:25:27
La artista triunfó en el estreno español de la ópera de Saint-Saëns en su retorno al Liceo
La artista triunfó en el estreno español de la ópera de Saint-Saëns en su retorno al Liceo
La expectación era demasiada, la presión sobre los intérpretes mucha y las ilusiones inconmensurables. El regreso a los escenarios operísticos de Montserrat Caballé se esperaba con impaciencia en diversos círculos: el público estaba deseoso de disfrutar una vez más con el arte de una de las artistas más completas que ha dado España en las últimas décadas, mientras que el sector profesional anhelaba desvelar la incógnita que significaba el estado vocal y escénico de este monstruo de la lírica. Una lluvia de octavillas en las que se leía «Montserrat: gracias por los 40 años de fidelidad» y docenas de claveles cerraron la ovación que premió este emotivo reencuentro después de una función con nervios y altibajos. 

El regreso de Caballé llegó de la mano de una ópera desconocida, estreno en España y muy poco divulgada incluso en Francia, país que vivió su estreno y de cuya nacionalidad es su compositor: «Henry VIII», el primer encargo de la Opéra parisina a Camille Saint-Saëns. Obra de interminables ariosos, en la mejor tradición de la «opéra-lyrique» y con todos los elementos estructurales de la «grand-opéra" necesarios para ser aceptada ante el exigente público parisino de la época -ballets y «divertessements» incluidos-, «Henry VIII» fue estrenada en el Palais Garnier el 5 de marzo de 1883, cayendo rápidamente en el olvido. Antes del estreno, Montserrat Caballé afirmó que le habían propuesto cantarla en 1964, pero entonces rehusó la oferta al no considerarla apta para sus condiciones vocales. En efecto, los requerimientos de la partitura son muchos, y no sólo en la «particella» de la soprano protagonista, sino también para el coro, dueño de pasajes magníficos. En «Henry VIII», sin embargo, el foso se convierte en un elemento especialmente fundamental debido a su complejo protagonismo; la instrumentación obliga a una afinación de primera línea y compromete la emisión de los cantantes si la mesura no es la adecuada.

La cantante catalana puede estar orgullosa de su prestación; si bien sus movimientos estuvieron marcados por la mesura, nunca cayó en el hieratismo, algo que podría permitirse por su condición física y también por su prestigio. La ópera de Saint-Saëns es como un gran «crescendo» que concluye en ese dramático último cuadro en el que el personaje de Catherine d´Aragon -encarnado por Caballé-, se hace dueño y señor del escenario. Vocalmente en espléndido estado -salvo por el abuso de golpes de glotis en el registro medio-, Caballé regresó con fuerza, aplomo y coraje, asumiendo una partitura impensable en el repertorio de otra cantante a poco de cumplir setenta años. Sus pianísimos siguen impolutos y su proyección consiguió llenar el teatro con esplendor, ahora decorado con énfasis dramático.

Simon Estes, a pesar de su experiencia e innegable manejo escénico, evitó los agudos de la partitura con la venia y complicidad del podio, ya que sus actuales condiciones le impiden llegar a la región más aguda de su antaño amplia tesitura. A eso se sumó una laringitis alérgica que lo apartó de la función una vez terminado el segundo acto, el que acabó marcando. Robert Bork lo reemplazó con entera corrección, subiendo el nivel de una representación que por momentos había rozado el desastre, ya que a la deficiente prestación de Estes se sumaron las continuas incomodidades en la zona aguda del tenor Charles Workman y el desigual desempeño de la mezzo Nomeda Kazlaus, con una tesitura de extremos desesperados, sin lograr reconducir su vibrato.
José Collado, al mando de la Simfónica del Liceo, imprimió agudeza y equilibrio, consiguiendo controlar a coro y orquesta y concertar con criterio las voces, aunque la aridez escenográfica de la escena del sínodo contribuyó a que la voz de la soprano sufriera los efectos de un foso excesivamente estridente.

Julio Bocca, enfermo, fue reemplazado por un eficaz Benjamín Parada siendo secundado por una excelente Rosana Pérez en las correctas coreografías dibujadas por Silvia Bazilis. José Julián Frontal, Claude Pia, Hans Voschezang y Begoña Alberdi sacaron adelante sus partes con talento y moviéndose concentradamente.

La dirección de escena de Pierre Jourdan cayó dentro del más tradicional conservadurismo, ayudando a la comprensión de la obra con movimientos simples y con una lectura sin mayores complicaciones. Los diseños escenográficos y de vestuario, todos muy funcionales y sin especial brillo creativo -salvo en el caso de los vestuarios de Caballé, todos agradecidamente bien pensados-, apoyaron la narración con obviedad. La iluminación de Tierry Alexandre subrayó escenas y ambientes, apuntando a un realismo acorde con la plástica del montaje.
Montserrat Caballé regresó y eso es lo importante. Por lo visto en el Liceo, hay Caballé para rato.

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