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EL RÉGIMEN DE LOS PRÍNCIPES

Actualizado 04/12/2003 - 05:00:08
EN la historia de la literatura española existe un género de libros que responden a esta preocupación: ¿cómo tienen que ser quienes nos gobiernan? ¿qué sirve de soporte moral a su potestad jurídica? Los tratados sobre la educación de los príncipes, sólo los escritos en los siglos XVI y XVII, llenan estanterías. Desde Vives y Erasmo, a Antonio de Guevara, Mariana, Rivadeneyra y Huarte de San Juan. Sus títulos pueden ser: Relox de príncipes (Antonio de Guevara 1534), Norte de Príncipes (Antonio Pérez 1554) Doctrina de príncipes (Covarrubias 1606).
Los había precedido santo Tomás con su tratado sobre la Monarquía, con el título que hemos usurpado De regimine principum. En Salamanca pertenecía al quehacer normal de los profesores escribir Memoriales al Emperador, al Rey, al Concilio o a las Cortes. En un momento en que no existía el pueblo en sentido moderno se sabían responsables de elevar la voz del pensamiento teórico y de la conciencia moral ante quienes tenían el poder y la responsabilidad sobre sus súbditos. Así lo hacían no para dar lecciones en el vulgar sentido del término, sino para cumplir con su deber. Desde Aristóteles se define al ciudadano esencialmente como el que puede asumir la responsabilidad pública, bien dando consejo o bien emitiendo juicio en el pueblo. Santo Tomás consideraba honor y deber dirigir su escrito al rey: «Mientras pensaba qué podría ofrecer digno de Vuestra Alteza y en consonancia con mi profesión y deber».
A los españoles nos han tenido en vilo estas reales cuestiones durante el último año, cuando Su Alteza el Príncipe buscaba camino hacia el matrimonio, cumpliendo el deber de asegurar descendencia y con ello la continuidad de la Monarquía. No estaba en juego sólo su libertad y gusto particular sino el Estado mismo, ya que la Constitución define al Rey como «símbolo de su unidad y permanencia» y añade que «La Corona de España es hereditaria en los sucesores de S.M. Juan Carlos I de Borbón» (Art. 56,1; 57,1). Es por tanto normal que hayan existido interés, preocupación y reflexión pública tanto sobre la soltería como sobre sus proyectos matrimoniales.
El anuncio de su deseado matrimonio ha suscitado el entusiasmo nacional y se han sucedido los elogios, por significar una clarificación de horizonte, por haber elegido una mujer española y por haber ennoblecido con su mirada diligente a una joven como tantas otras que han trabajado, estudiado, aprendido y ejercido una profesión. Todos somos hijos de Dios y cada uno es hijo de sus obras, decía Don Quijote. El color de todas las sangres tiene la misma dignidad ante Dios y ante los hombres. En ese sentido su decisión ha arrancado un respiro de común alegría.
A la vez se ha reflexionado sobre un triple aspecto del hecho: político, ético y religioso. ¿Por qué el matrimonio del príncipe es un grave problema político en la España actual? La Monarquía española tiene una larga historia en un sentido y en otro, en cambio, la tiene cortísima, frágil y pendiente más del diario presente que del pasado añejo. Realmente ella nace con la Constitución. Quienes vivimos esos años recordamos cómo todo estaba abierto y toda hipótesis era posible. Yo soy personalmente testigo durante una reunión con un ministro para formular la última redacción de un artículo y llegar él, diciendo: «No es necesario que trabajéis. Abril Martorell y Guerra han pactado 70 artículos. Entre ellos lo referente a la Corona». La frase revela cómo en aquel momento fueron el pacto social y el consenso de partidos, grupos e instituciones, y con su voto el pueblo, lo que dio nacimiento a la actual España monárquica al aprobar la Constitución.
La Constitución remite a ese pacto social sobre la Monarquía, a la vez que a la legitimidad histórica por ser heredero de la dinastía, y a partir de ahí es norma jurídica. El día que la concordia y el consenso se resquebrajen, la Constitución y con ella la Monarquía están en peligro. La aparición de no pocas banderas republicanas en las manifestaciones de marzo pasado, el avance de partidos republicanos en las urnas, la amenaza a la unidad nacional a la luz de propuestas que surgen en provincias vascongadas y catalanas: todo eso vuelve a poner en primer plano la significación de la Monarquía. Si ésta como signo de la unidad, cohesión, estabilidad y concordia entre los españoles, entra por caminos dudosos y pierde ejemplaridad moral, ella misma y la nación entera correrán grave riesgo.
El Rey encuentra descrita su misión en la Constitución y recibe su diario sustento de los Presupuestos del Estado (Art. 65,1). Todos le pagamos, a todos nos representa y esperamos que cumpla con ejemplaridad y eficacia. En los tratados clásicos había siempre este capítulo: «¿Por qué se vuelve odiosa la dignidad regia?».
El matrimonio del Príncipe ha suscitado muchos comentarios en la prensa del corazón. No sé si tantos en las revistas de la razón analítica. Existe también el problema ético. A la Monarquía no le basta apelar a historia pasada o a la mera legalidad jurídica sino tiene que ganarse su perduración por la diaria ejemplaridad, la diaria eficacia, la diaria significación. Esa es la gloria y conquista de Doña Sofía y Don Juan Carlos. Ellos han sabido que no basta la potestad jurídica sino que es necesaria la autoridad moral. Y es autor quien acrece, precede en el deber cumplido, dignifica, alienta, y sostiene. No puede ejercer real autoridad quien carece de la ejemplaridad necesaria para suscitar adhesión. Quien nos preside, con su vida nos dignifica o indignifica a todos. Nosotros podemos ser malos y pecadores, pero no toleramos, más aún necesitamos que el bien siga siendo bien, la verdad verdad, y la justicia justicia. Hacer eso «real» es la regia tarea de los Reyes.
Junto al problema político y al ético, surge el problema religioso, ya que su prometida había vivido previamente en matrimonio, civilmente contraído, y divorciada después. Al mismo tiempo la Casa Real manifestaba su intención de que fuera un matrimonio católico. Esto es una decisión de su libertad, que ya no viene exigida ni por la condición real ni por la Constitución sino por su voluntad personal. La Monarquía es y será católica no por tradición o herencia sólo, sino sobre todo por voluntad. Situados en la perspectiva religiosa hay tres problemas: el canónico, el intelectual y el moral. En las discusiones públicas casi sólo ha aparecido la dimensión canónica. ¿Se puede casar el Príncipe con una mujer divorciada? ¿Es posible hacerlo en la Iglesia? La respuesta verdadera tiene que ser más compleja. Para la Iglesia un matrimonio entre cristianos debe realizarse en la forma prevista en el Código de Derecho Canónico; es comprendido como sacramento y por ser expresión del amor definitivo e irrompible de Dios a los hombres, pecadores o santos, tal como él se ha manifestado en Cristo, tiene las características de unidad, fidelidad e indisolubilidad. Al matrimonio no realizado como sacramento, no le reconoce el carácter de indisolubilidad. Por eso es canónicamente posible el nuevo matrimonio sacramental de Letizia.
A la vez hay que añadir que para la Iglesia el matrimonio civil es también una realidad valiosa que merece toda defensa. El ideal es la permanencia en la unidad y fidelidad perennes. No se puede decir que para la Iglesia es nada, e igualarlo con cualquier otra forma de relación entre personas de distinto sexo, como las meras uniones permanentes u ocasionales, no reconocidas por la sociedad, ni defendidas por el ordenamiento jurídico. El que para la Iglesia no sea lo ideal no quiere decir que sea nada. Por eso considera a todo divorcio, una quiebra personal, una amenaza a la estabilidad de la sociedad y una pérdida de las condiciones ideales para que los hijos crezcan en la fe, la honradez y la fortaleza.
Un matrimonio católico tiene una dimensión intelectual. Supone una conversión de la inteligencia a la vez que la adhesión del corazón. Se tiene fe porque se piensa que se puede y se debe creer. Sin una fe razonada a la altura de la propia inteligencia e historia personal, honestamente realizada, no se puede recibir ese sacramento. Un ateo, un agnóstico y un increyente no pueden sin más recibirlo. Una conversión y una preparación inmediata son condición previa. Finalmente hay una dimensión moral del problema. Todo sacramento, desde el bautismo a la unción de enfermos, es una configuración con Cristo, a la que sigue una voluntad de ser tal como el evangelio y las Bienaventuranzas nos muestran el camino de vida cristiana. Seremos pecadores, por eso cada día pedimos perdón a Dios por nuestras culpas, pero lo que nunca podemos hacer es declarar el bien mal, el mal bien, o medir la santidad de la iglesia por nuestra vida pecadora. Tanto en el orden canónico, como intelectual y moral, la iglesia no pide a los príncipes más pero tampoco menos que a cada cristiano, al que debe atender en sus circunstancias propias.
Las últimas decisiones del Príncipe Don Felipe y de su prometida Letizia, nos dan a los españoles la posibilidad de compartir su alegría, con la oportunidad de repensar nuestra ciudadanía y la función de la Corona, a la vez que las exigencias y gloria de la fe cristiana.
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