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La derrota de Kerry se extiende al Senado y a la Cámara de Representantes

El control del Congreso da a Bush una de las prerrogativas más envidiadas de un presidente y que más huella dejan: el nombramiento de jueces del Tribunal Supremo

Actualizado 04/11/2004 - 10:47:33
Tom Daschle. AP
Tom Daschle. AP

MIAMI. La derrota demócrata en las elecciones estadounidenses no se circunscribió a la más visible de todas, a la que acapara portadas y pantallas de televisión, la de John Kerry, sino que se ha extendido de forma dramática al Senado y a la Cámara de Representantes.

Los sueños demócratas de recuperar el control de la Cámara Alta y de reducir la diferencia con los republicanos en la Cámara Baja se estrellaron en buena parte de las circunscripciones, con un mazazo particularmente doloroso en Dakota del Sur, donde nada menos que el líder de la facción demócrata del Senado, Tom Daschle, perdió humillantemente su escaño ante el republicano John Thune.

Era la primera vez en más de medio siglo que el líder de un partido no conseguía ser reelegido en el Senado, donde los últimos recuentos colegían que los republicanos habían aumentado de 51 a 53 el número de escaños, aunque todavía lejos de los 60 senadores necesarios para evitar el filibusterismo demócrata.

Barack Obama

Como consuelo para el partido de Kerry, Barack Obama, hijo de padre keniano y madre estadounidense, obtuvo una resonante victoria en Illinois. Su espléndida intervención durante la convención demócrata le convirtió en una estrella del firmamento político, y algunos vaticinan que podría llegar a convertirse en el primer negro con opciones de llegar a la Casa Blanca.

Es el tercer senador negro que se sentará en la Cámara más poderosa del Congreso en los últimos 150 años. Ayuno de hispanos en la pasada legislatura, el demócrata Ken Salazar, por Colorado, y el republicano Mel Martínez, por Florida (aunque en este caso Betty Castor se resistía a darse por vencida), ratificaron el ascenso político de la primera minoría de EE.UU., que de un 35 por ciento hace cuatro años pasó a un 45 por ciento de respaldo a Bush.

A las ganancias senatoriales para el Gran Viejo Partido, como se le llama familiarmente al republicano, hay que añadir las más previsibles en la Cámara de Representantes, donde la redistribución de los distritos electorales de Texas le dio todas las garantías al partido de George W. Bush de que se harían con cinco escaños demócratas que se dirimían el martes.

A falta de completar algunos escrutinios, la Cámara Baja del Congreso apunta a una incuestionable mayoría republicana, con 232 escaños frente a 202 demócratas. El presidente iniciará su segundo mandato no sólo con más de tres millones de votos por encima de su rival (Al Gore consiguió en 2002 la mayoría del voto popular), sino con un irrefutable control del Congreso, que le resultará extremadamente útil para una de las prerrogativas más envidiadas de un presidente y que más huella deja en la nación: el nombramiento de jueces del Tribunal Supremo.

El cáncer que aqueja al presidente de la corte más importante de Estados Unidos, William Renhquist, además de la elevada edad de algunos de los restantes ocho miembros del tribunal, permitirá a Bush en su segundo mandato nombrar a jueces que acentúen la línea conservadora que ha impulsado desde que llegó a la Casa Blanca y que le dio la reelección.

El hecho de que el presidente Bush haya expresado su admiración por Antonin Scalia y Clarence Thomas, el tandem ultraconservador del Supremo, avisa bien a las claras por dónde pueden ir los tiros presidenciales en el futuro inmediato.
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