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El renacer del «gran negociador»

Alfonso Guerra, que «cocinó» con Fernando Abril Martorell la Constitución de 1978, vuelve al primer plano de la política tras un periodo «sabático», reclamado por Zapatero por sus dotes para la negociación y su experiencia en fraguar consensos

Actualizado 04/10/2005 - 08:55:30
IGNACIO GIL  Guerra en su escaño durante el debate del estatuto valenciano
IGNACIO GIL Guerra en su escaño durante el debate del estatuto valenciano

POR GONZALO LÓPEZ ALBA

MADRID. Alfonso Guerra no es en esta legislatura el presidente de la Comisión Constitucional del Congreso de los Diputados por casualidad, sino por una decisión muy personal y meditada del presidente del Gobierno. José Luis Rodríguez Zapatero nunca ha tenido muchotrato, ni cercanía, con el otrora semitodopoderoso «número dos» del PSOE -el «aparato» guerrista intentó arrumbarle en los años noventa de la secretaría provincial de León y aunque los seguidores del ex vicesecretario general le apoyaron frente a José Bono en la disputa por el liderazgo del partido, Zapatero nunca llegó a hablar personalmente con Guerra durante aquel proceso-. Sin embargo, también en este caso, el líder socialista antepuso en la designación el análisis frío de las cualidades a la devoción personal .

Zapatero atribuye a Guerra la condición de ser «un gran negociador» y valora especialmente su experiencia como uno de los principales artífices del complejo proceso de consenso que condujo a la Constitución de 1978. Aunque Guerra no fue ponente -el socialista era Gregorio Peces-Barba-, sí fue el gran «cocinero» de la Carta Magna junto al entonces vicepresidente del Gobierno, Fernando Abril Martorell. Guerra, como el fallecido dirigente de la UCD, participa de la «corriente de opinión» que sostiene que el auténtico problema de la articulación de España no es el País Vasco -asumido, en mayor o menor medida, como una excepción «inevitable»-, sino Cataluña, pues las actitudes y reivindicaciones de esta comunidad autónoma acostumbran a provocar un «efecto dominó» en el resto de las comunidades. Además, Guerra encarna la tradición más «jacobina» del PSOE, en el que desde siempre han convivido un alma más centralista y otra más federal.

De enemigos a colaboradores

Tras la elección de Zapatero como secretario general del PSOE, y después de constatar que sus seguidores ya no eran objeto de «persecución», Guerra asumió con naturalidad -mucho más que otros que sólo habían sido segundos espadas- su paso a la situación de «segunda actividad». Desde su «refugio» de presidente de la Fundación Pablo Iglesias, se dedicó a impulsar actividades de recuperación de la memoria histórica sobre el exilio de la Guerra Civil y escribió la primera parte de sus memorias, en las que -a falta de grandes revelaciones- hizo requiebros literarios. Además, en este tiempo ha superado una importante enfermedad, de la que ya se encuentra plenamente restablecido.

Ahora, tras este periodo «sabático», vuelve al primer plano de la política, más por encargo que por iniciativa propia, aunque nunca ha dejado de tener su propia opinión y de manifestarla cuando lo ha juzgado oportuno. Y en su regreso a la «fuerza de choque» socialista parece vivir una «segunda juventud» en la que, aunque escaso hasta ahora, incluso su trato con los periodistas es más afable que en sus tiempos de vicepresidente y vicesecretario.

Como presidente de la Comisión Constitucional, le corresponde sólodirigir y moderar los debates, pero nadie espera que limite su actuación a este papel formal. Más bien se espera de él que vuelva a ser el «cocinero» de 1978. Paradojas de la vida política, Guerra tendrá que mantener una interlocución permanente con Alfredo Pérez Rubalcaba, a quien los guerristas indentificaron como uno de sus «demonios» en las postrimerías de la hegemonía de Felipe González, cuando afirmaban que los «renovadores» intentaban «fusilarnos al amanecer». De hecho, ya se les ha podido ver, al menos en dos ocasiones, hablar largamente en los pasillos o en el patio del Congreso.

La «pelota» la jugará Zapatero

Con independencia de quién sea designado formalmente como ponente socialista en la tramitación del Estatuto de Cataluña,el auténtico ponente será Rubalcaba, que ya ha destripado el texto de la propuesta del Parlamento autonómico y se ha mantenido en contacto frecuente con dirigentes del PSC durante todo el proceso en Cataluña. Y, por encima de él, nadie duda de que quien jugará la pelota será, de forma muy directa y personal, el propio José Luis Rodríguez Zapatero, que en su agenda ya tiene prevista una próxima reunión con Alfonso Guerra.
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