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Cine coral, el accidente incidente

Saltarse las reglas de la estructura clásica de un guión cinematográfico y hacer que pequeñas historias cotidianas, tan banales o insignificantes, se entremezclen entre sí y converjan para constituir

Actualizado 04/09/2009 - 17:52:55
Saltarse las reglas de la estructura clásica de un guión cinematográfico y hacer que pequeñas historias cotidianas, tan banales o insignificantes, se entremezclen entre sí y converjan para constituir un relato sólido y bello no es tarea fácil. Los ejemplos de ese tipo de cine en el que las voces individuales se superponen unas a otras para formar una melodía coral, en la que las vidas de muchos personajes toman una misma dirección a partir de un instante, de un accidente, de un hecho puntual, son escasos. Podría decirse que excepciones. Algunas, por calidad, incluso inmersas en la categoría de lo excepcional con mayúsculas. Es el caso de películas como «Crash» de Paul Haggis, «Vidas cruzadas» de Robert Altman, «21 gramos» de Alejandro González Iñárritu, «Los tres entierros de Melquíades Estrada» de Tommy Lee Jones, o «Pulp Fiction» de Quentin Tarantino.
En 1993 se publicó «Short Cuts. Vidas cruzadas», una colección de nueve relatos breves acompañados del poemario «Limonada» escritos por el autor Raymond Carver (1939-1988), uno de los mejores narradores estadounidenses del siglo XX. Robert Altman tuvo mucho que ver con aquella publicación, cinco años después de la muerte de Carver, puesto que esos nueve cuentos breves e incidentales, en principio sin conexión, le sirvieron para rodar una película en la que los personajes y las situaciones de cada historia fueran conectándose entre sí para componer un cóctel elaborado a partir de sabias medidas de tragedia, rutina, comedia, desdén... La concepción de no respetar lo estanco de cada relato y cambiar personajes de cuento y otros de nombre para lograr un guión redondo, o mejor dicho circular, fue bien acogida por Tess Gallagher, poetisa y viuda de Carver, que quiso así rendir homenaje a la admiración que su marido mostró por el trabajo cinematográfico de Altman, en especial por «Nashville» (1975), la primera película coral del realizador, en la que se narran las peripecias vitales de nada menos que 25 personajes ocurridas en apenas cinco días en esa ciudad de Tennessee, con la música country como fondo y como forma.
Aleación de cuentos
El resultado de la aleación de los cuentos de Carver fue «Vidas cruzadas» («Short Cuts»), un film estrenado en 1993 que sorprendió a propios y extraños por la precisión y crudeza del resultado final, un nudo que ata los cabos sueltos de varias familias de Los Ángeles (California) y que tiene por protagonistas ocasionales a sujetos tan dispares como policías chulescos, maquilladores, operadoras de sexo por teléfono que contestan a los clientes mientras dan de comer a sus hijos, camareras, violonchelistas o chóferes alcoholizados, entre otros.
Para el rodaje, que se inició después de dos años de preparativos y reescrituras del guión (firmado por Altman junto a Frank Barhydt), contó con actores y actrices de la talla de Tim Robins, Jack Lemmon, Julianne Moore, Madeleine Stowe, Robert Downey, Frances McDormand, Jennifer Jason Leigh, Lyle Lovett, Lilly Tomlin, Mathew Modine o del mismísimo Tom Waits, desgarrado y pálido conductor de limusinas con petaca en la americana y voz de blues aguardentoso. La película, León de Oro en Venecia y candidata al Óscar, creó escuela. Pero, a veces, los discípulos superan a los maestros. Basta con acudir a «Crash», dirigida por el canadiense Paul Haggis, tal vez no mejor realizador que Altman, pero sí mejor guionista. Es más, puede que sea el más brillante de los últimos escritores vivos de cine. Es el autor de «Million Dollar Baby» o «Cartas desde Iwo Jima», ambas dirigidas por Clint Eastwood. Tres Óscar se llevó la cinta, como mejor película, montaje y guión original. Los tres merecidos. Tal vez faltara alguno. Aquí el tema cambia ya que la orientación de cada historia tiene que ver con los conflictos interraciales y clasistas,las polifónicas voces de atracadores, amas de casa, policías, productores de cine, tenderos desconfiados o cerrajeros honestos.
Un accidente de tráfico de resultados terribles marca el inicio de otra de esas películas corales digna de aparecer con letras de oro: «21 gramos» (2003), dirigida por el mexicano Alejandro González Iñárritu. Aquí son el tiempo y la muerte el hilo con el que se tejen las vidas de tres parejas en un microcosmos urbano de los Estados Unidos, aunque en principio fuera pensada para ser rodada en la Ciudad de México.
Es ésta una película cuyo argumento es difícil de explicar, llena de recovecos, rincones, laberintos y saltos del tiempo. Forman el triángulo un profesor universitario que espera un trasplante de corazón (Sean Penn), una drogadicta rehabilitada (Naomi Watts) que lleva una vida placentera junto a su marido y sus dos hijas, y un ex convicto (Benicio del Toro) reconvertido en creyente fervoroso que lucha por sacar adelante a su familia. El título hace referencia a esa medida de peso que se dice que es la que el cuerpo pierde cuando se produce el momento exacto de la muerte. Tal vez 21 gramos sea lo que pesa el alma.
Iñárritu ya había practicado con las historias cruzadas en su primer largometraje, «Amores perros», pero de una manera más liviana, aunque no menos efectiva. Con este trabajo demostró ser no ya un maestro en contar historias con imágenes sino en montarlas.
Montaje sin desperdicio
El montaje no tiene desperdicio con los constantes saltos, sobresaltos y planos que se dividen para mostrarse en uno y otro momento. En ambos filmes el guionista era Guillermo Arriaga, que tras romper su relación profesional con Iñárritu escribió en español «Los tres entierros de Melquíades Estrada» (2006), una historia de frontera, la que separa México de los Estados Unidos, que cayó en manos de Tommy Lee Jones, quien se lanzó a buscar financiación para dirigirla y protagonizarla. Su papel es el de un sheriff local que devuelve a su pueblo de El Dorado el cadáver de su buen amigo Melquíades (Julio César Cedillo), muerto de un disparo por error de un «migra», como son conocidos los policías de inmigración, que será secuestrado para que porte los restos de Estrada. A partir de ahí todo se entrecruza, sin respeto por la cronología, de una manera indomable y con un desarrollo que simultanea el pasado, el presente y el futuro sobre una estética fotográfica verdaderamente brillante.
Por último, «Pulp fiction», la más conocida -aunque no la mejor- de este cine mezclador de vidas, dirigida por el siempre sorprendente Tarantino, que sirvió, además de para firmar la resurrección de John Travolta, para demostrar que las vidas que se cruzan pueden ser las de cualquiera, que no sólo de drama vive el coro y que hasta María de Medeiros puede ser la esposa del boxeador Bruce Willis. En España ejemplo de este cine es «Airbag», de Juanma Bajo Ulloa, una comedia delirante con infinidad de personajes y cameos (Albert Plá o Arguiñano) que hizo caja y atrajo público con guión un poco currado, ese desprestigiado objeto de deseo.
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