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María Estrada conquista México

Para quienes consideren que los hechos de armas son y han sido tarea exclusiva de hombres, o anden con la matraca de la exclusión de las mujeres de la Historia, el caso de la andaluza (o quizás

Actualizado 04/08/2009 - 06:34:15
Para quienes consideren que los hechos de armas son y han sido tarea exclusiva de hombres, o anden con la matraca de la exclusión de las mujeres de la Historia, el caso de la andaluza (o quizás cántabra) María Estrada reviste especial interés. No sólo por haber formado parte del grupo de soldados que participó en la conquista de México, sino por su «avanzada» edad (entre treinta y cuarenta años) cuando se unió a la empresa, lo que le valió entre sus compañeros el poco edificante sobrenombre de «La vieja». En aquella hazaña memorable tomaron parte al menos doce mujeres «de Castilla», de las cuales ocho eran blancas y cuatro mulatas de padre español, tan combatientes como los demás: cinco de ellas murieron en las luchas concluidas con la durísima toma de la capital azteca, tras 75 días de sitio, en agosto de 1521.
El caso de María Estrada es inusual, además, porque estuvo en la conquista desde el principio y mostró una capacidad guerrera memorable, que incluía hasta la invocación en los asaltos del apóstol Santiago. El cronista Diego Muñoz Camargo escribió que «se mostró valerosamente haciendo maravillosos y hazañeros hechos con una espada y una rodela en las manos, peleando valerosamente con tanta furia y ánimo, que excedía al esfuerzo de cualquier varón, por esforzado y animoso que fuera, que a los propios nuestros ponía espanto». No sabemos la causa por la cual María abandonó la península, pero en las décadas que siguieron al descubrimiento de América todo espíritu aventurero dispuesto a jugarse la vida por una buena o mala causa encontraba en las Indias abundantes posibilidades. Una vez allí, ni un paso atrás.
También los cronistas Bernal Díaz del Castillo, Juan de Torquemada y Francisco Cervantes de Salazar dieron noticias de esta gran soldado, que a ratos se dedicaba al cuidado de heridos y enfermos.
Palabras a Cortés
El último de estos cronistas recuerda que dirigió estas palabras a Cortés, cuando este quiso tras la mortífera «Noche Triste», en la que murieron muchos españoles e indígenas aliados, dejarla descansando en Tlaxcala: «No es bien, señor capitán, que mujeres dejen a sus maridos yendo a la guerra; dónde ellos murieron moriremos nosotras y es razón que los indios entiendan que somos tan valientes los españoles que hasta las mujeres saben pelear». De Cuba a Veracruz y de ahí a la sangrienta batalla de Otumba y al asalto final de la capital, Tenochtitlan, la presencia de María Estrada está probada por testigos de vista.
Aquellos 600 españoles con 12.000 indígenas aliados, en su mayoría tlaxcaltecas, tardaron cuatro meses en rendir, ayudados por el hambre y la peste, la formidable ciudad. La vida sentimental de María Estrada también es interesante, subraya su independencia de carácter. Estuvo casada primero en Cuba con Pedro Sánchez Farfán. Allí participó en combates en la actual Matanzas y hasta es posible que su hermosura la salvara de morir, pues un cacique la tomó para sí: duró hasta que los españoles se recuperaron de la derrota y volvió con su marido a Trinidad, al sur de la isla.
Tras la conquista de México enviudó, pero se casó de nuevo con Alonso Martín, de Puebla, donde murió hacia 1550. Fue una viuda breve y «con posibles», pues Cortés la recompensó con las ciudades de Hueyapan, Nepupualco y Tetela del Volcán, de las que fue encomendera. Rica y reconocida, peleó hasta el final, y no dudó en protestar ante el mismísimo rey Carlos I por hacerle pagar demasiados impuestos. Había que tener valor, nunca mejor dicho.
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