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Otra España. Atisbos de un nuevo patriotismo

España limita al norte con el mar Cantábrico y con los montes Pirineos que la separan de Francia; al este con el mar Mediterráneo; al sur, con este mismo mar, y al oeste con Portugal y el océano

Actualizado 04/07/2008 - 16:55:10
España limita al norte con el mar Cantábrico y con los montes Pirineos que la separan de Francia; al este con el mar Mediterráneo; al sur, con este mismo mar, y al oeste con Portugal y el océano Atlántico". Así cantábamos la lección de geografía cuando éramos felices e indocumentados, en la etapa final del franquismo. España es un país agotador, del que a veces es preciso alejarse, tomar distancia, para "leerlo" desapasionadamente. País extremado, víctima de una historia cruel, que ha servido además para que otros jueguen al "pin, pan, pum" con los desafectos ideológicos que tuvieron en la GuerraCivil un ajuste de cuentas que todavía despierta memorias iracundas. De ese error, de esa tragedia, y de cuarenta años de dictadura, se alimentan todavía agravios fieros, victimismos, nacionalismos periféricos que condenan a España como sucia madrastra mientras enarbolan sus propias identidades como fruto de un origen puro, pisoteado por un centralismo usurpador que niega su condición impecable, de víctima merecedora de todas las compensaciones. Un discurso que incluso la izquierda, que presumía de internacionalista, ha abrazado como parte de un confuso ajuar. Ni siquiera la democracia ha conseguido cauterizar esos agravios con la cesión de importantes dosis de soberanía. Parecen insaciables. Sentimentalismo atizado por el presupuesto.
No es fácil en medio de esa trifulca identitaria hablar de una España que no puede ser más que centralista y despótica. El triunfo en la Eurocopa de fútbol, el insólito flamear de banderas, el culto a "la roja" como emblema de otra España, además de iniciativas como el Manifiesto por la lengua común han hecho pensar a algunos optimistas de la razón que el sentido común podría empezar a prevalecer, que un nuevo patriotismo despojado de las sombras eternas del pasado podría empezar a echar raíces. No hay unanimidad en un asunto que ha hecho devanarse los sesos a historiadores, poetas, politólogos, regeneracionistas, vendedores de Biblias, geógrafos, predicadores, políticos e hinchas. Para mí, esta España de sol a sol es un lugar donde trabajar por el predominio de la razón sobre el instinto. Según Wikipedia, "elpatriotismo constitucional es un concepto ideológico formulado por Jürgen Habermas como respuesta a la necesidad de dotar de un contenido democrático a la identidad alemana en su reconstrucción posterior a la Segunda Guerra Mundial, tras haber quedado 'contaminada' por el nacionalismo extremista del nazismo. Según esta teoría, el concepto de ciudadanía descansa en un sentido de valores compartidos más que en una historia u origen étnico común. Es una parte central de las teorías del post-nacionalismo, y ha influido en el desarrollo de la Unión Europea. La divulgación del término en España, ha permitido su utilización desde muy distintos puntos de vista, originariamente desde la izquierda, y luego desde la derecha.
Particularmente se ha utilizado para reivindicar la identidad unitaria española (desvinculándola del nacionalismo extremista del franquismo) frente a los nacionalismos periféricos". ¿Qué sustancias habría que mezclar en el matraz filosófico para asegurarse de que nos encontramos ante un fenómeno político llamado nuevo patriotismo español y cuáles son sus rasgos? ¿Cabe sustanciar esa hipótesis, o ese diagnóstico, en indicios como la euforia desatada por la conquista de la Eurocopa de fútbol, que ha dado visibilidad a hilos dispersos, epifenómenos como el partido de Rosa Díez, el Manifiesto por la Lengua Común y, en las celebraciones del triunfo balompédico, el uso desprejuiciado de la bandera rojigualda y de expresiones como "la roja" para hablar de la selección nacional de fútbol, o el empleo del término España sin falsas vergüenzas ni eufemismos como Estado español? ¿Se trata de un nuevo patriotismo con rasgos propios o de un episodio de tribalismo que el fútbol parece auspiciar, unido al deseo innato de fiesta, por un lado, y de pertenencia, por otro? ¿Cabría interpretar esas señales como cansancio del nacionalismo excluyente que se aplica en algunos ámbitos de la península y sus islas, como una fatiga de los excesos del minifundio ideológico...? ¿O no son más que apariencias y delirios de una eufórica noche de verano..., o acaso buenos deseos de volver a entrar en razón y acabar con desafueros como el control de los ríos y el abuso de la pasión identitaria siempre bien engrasada por el presupuesto...?
Lo resume con perfecta textura el periódico que ha sido durante años modelo de excelencia: "Fue un equipo y un país. finalmente unidos en uno (.) Y fue el mayor momento futbolístico de España en toda una generación". Así describió "The New York Times" la victoria de España en la Eurocopa. Vale, no cabe deducir de ahí la certeza de que ha echado raíces un nuevo patriotismo, pero esa caracterización de "finalmente unidos en uno" (aunque la sintaxis no sea un prodigio) dice algo más de lo que dice. Al día siguiente del triunfo en Viena, la BBC difundió una información en la que se leía que "algunos contemplarán esta conquista como un estímulo para la unidad nacional, dadas las antiguas divisiones regionales de España" y que vascos y catalanes "no van de pronto a abandonar sus posiciones políticas sobre la base de un gol de Fernando Torres".
La emisora británica añadía que "en destacado contraste con las recriminaciones e intrigas de pasadas competiciones, la llave para este éxito acaso resida en que en la Eurocopa de este año España estaba libre de toda suerte de política. Simplemente, un joven y exuberante equipo salió al campo y jugó el mejor fútbol del torneo, y sacaron la furia cuando hizo falta". En vísperas de la final que proporcionó a España su segunda copa de Europa de fútbol después de una espera de 44 años (casi tantos como los que se prolongó la dictadura), Javier Marías escribió un artículo en "El País" titulado 'Lo contrario de lo que hemos sido', donde se leía que "pese al cutrerío montado por la cadena Cuatro en la plaza de Colón, lo que creo que prevalece es una sensación de desconcierto e incredulidad. (.) ¿Somos en verdad 'nosotros'?, es la pregunta incrédula que nos sobrevuela. Y esa extrañeza se traduce, curiosamente, en menos bravuconería y vociferación, menos patriotismo y mayor moderación. Ganar mereciéndolo nos deja perplejos y nos invita a sacar menos pecho. Quién sabe si a partir de ahora aprenderemos hasta a ser elegantes. (.) Ojalá tengamos que renunciar de una vez a nuestra falta de carácter y a nuestra mala suerte. Ojalá mantengamos nuestro primer estilo definido en decenios y sigamos viendo nuestro equipo como si fuera el de otros.
Es decir: ojalá sigamos desconcertándonos, para así empezar a acostumbrarnos a ser por fin lo contrario de lo que siempre hemos sido. Por lo menos en fútbol. Por algo se empieza". De la arbitrariedad de los colores da buena cuenta que en Estados Unidos a los demócratas (socialdemócratas de derechas) se les pinta de azul, mientras que a los republicanos (conservadores escorados a la derecha) de rojo. En España, por vicisitudes de la sangrienta historia de nuestro asendereado siglo XX, los nacionales (los de Franco) eran azules, los de izquierdas, los rojos. Pero hete aquí que la camiseta de la selección, roja, ha tenido la virtud, gracias a la transubstanciación del triunfo, de convertir a "la roja" en el emblema de una España menos acomplejada y paradójica, menos doliente, menos inhábil, menos incorregible. Mientras en un artículo titulo "Diccionario eurocopero", el columnista Ignacio Camacho otorga al término "La Roja" la siguiente entrada: "Reciente denominación colectiva de la selección española, en la que algunos quisquillosos pretenden ver una desnacionalización semántica pese a que se trata de una extrapolación del códido de color nacional de otros países (la 'azzurra', 'les bleus', 'la amarelha', etcétera)", el novelista Juan Manuel de Prada celebraba en una Tercera de ABC las virtudes del abrazo. Bajo el título de 'Al calor de los goles de España' decía que "esa alegría de los goles de España, que a hombres y mujeres vuelve más intrépidos y fogosos aunque no nos guste el fútbol, que a su calor nos torna de repente españoles sin premeditación, españoles de entraña y certeza, es la que en estas jornadas nos ha cambiado a todos la cara" (.) " ¿qué son sino fruslerías esas monsergas del segregacionismo y el 'derecho a decidir' ante la efusión rotunda, cálida y fraternal de tantos españoles que celebran con un abrazo lo que les mandan el instinto, la pasión y el alma?".
Antes de toca esta eclosión futbolera, de banderas rojas, de "vivas" a España, en abril de este año, la socióloga y escritora Helena Béjar publicó un lúcido libro sobre la cuestión nacional: "La dejación de España. Nacionalismo, democracia y pertenencia". Ahí se leían cosas como "La izquierda cayó en la trampa de identificar descentralización con progresismo mientras que los nacionalistas periféricos hacían de España una noción retrógrada. Como resultado, quienes se sienten españoles son acusados de 'fachas' en una lucha dialéctica que sirve para ejercer un chantaje moral inexistente en el resto de Europa (.) Como nación cultural España está compuesta de titubeantes alusiones a un idioma común cuyo referente es vacilante (¿español o castellano?), a una historia compartida que no se conoce por su paulatina supresión en la educación y que sólo se acierta a nombrar a través de los mismos referentes con los que lo hacía el franquismo (los Reyes Católicos, principalmente), y de una cultura desprovista de contenidos más allá de los toros y el flamenco.

Todo ello hace de España, desde el discurso españolista, el fiel reflejo de la caricatura que el nacionalismo periférico repite para desacreditar. (.) hay que desenmascarar la dicotomía de un nacionalismo bueno, democrático, 'proactivo' y legítimo, el periférico; y un nacionalismo malo, 'autoritario', 'reactivo' y condenable, el español. Si el nacionalismo español franquista fue barrido por ultraconservador hace decenios, no vamos a aceptar ahora que el periférico sea progresista. Tampoco que unos tengan nación, investida de un valor añadido si no posee todavía un Estado, y otros no. Ni abrazar la paradójica definición de la situación según la cual España es una suerte de construcción imaginaria hecha a lo largo de una historia falsa, frente a la realidad incontestable de las naciones sin Estado que hunden sus profundas raíces en la Historia. Entre otras cosas, porque el discurso del nacionalismo periférico -sobre todo el soberanista- anula la identidad española, el 'Otro nacional' demonizado por asociarlo a un período vergonzoso de nuestra historia".
A Félix Ovejero Lucas, escritor y profesor de Economía, Ética y Ciencias Sociales y de Metodología de las Ciencias Sociales en la Universidad de Barcelona, autor de"Contra Cromagnon. Nacionalismo, ciudadanía, democracia", le parecen "tramposas" las "explicaciones que atan cuatro hechos, aquí y allá, y los interpretan como síntomas de algo más profundo".siempre me parecen tramposas". Respecto al "Manifiesto por la lengua común" niega la acusación de ciertos sectores del nacionalismo que intentan ver una conspiración detrás de los impulsores: "la conspiración requiere una unidad de decisión que coordina y un programa, que se despliega a través de mil acciones, como hacen los nacionalistas: que si las lápidas, el uso horario, las selecciones nacionales, los papeles de los archivos, las embajadas, las matrículas, etcétera. Conviene reparar en la secuencia: a la mitad de los que llenan los estadios cuando juega la selección catalana, el fútbol les trae sin cuidado. En el caso de España el curso ha sido el contario: como resultado de que se juega bien, de que se degusta el fútbol, el mecanismo normal de identificación, espontáneo, opera. Pero, al menos desde Barcelona, la espontaneidad ha requerido de ciertos catalizadores. La gente parecía sentir vergüenza de sentir lo que sentía. Las primeras victorias apenas eran saludadas por algunos, pero eso relajó a los siguientes, que reforzaron a los primeros. Era una suerte de clandestinidad.Todo ello se vio favorecido porque era la 4, Prisa, la que gestionó la difusión: si era Prisa, no podría ser reaccionario pasear con la bandera. Una vez puestos en marcha ese tipo de mecanismos funcionan solo. La endeblez de los argumentos nacionalistas, de ese raca-raca identitario, que se habían convertido en una suerte de superyó, que prohíbe sin razones, se hace más evidente cuando se pueden mirar de frente y ver que no hay argumentos. Eso es particularmente claro en el caso del manifiesto. Muchos que, en privado, decían que estaban de acuerdo con tus puntos de vista, no se atrevían a decir lo que pensaban, y, al final, para no reconocerse en su cobardía, acababan por acomodar sus pensamientos a sus actos. El caso es que el ver que algunos iban o íbamos por delante ha llevado a muchos a decir lo que pensaban, que no es nacionalismo patriotero, sino elemental sentido común, derechos. El problema no es el futuro del español, sino los derechos de los españoles. El que muchos mejicanos hablen español, y que por tanto el futuro de la lengua no esté en peligro, no puede ser lo que decida la política educativa de los catalanes. O sea que si mañana México cambia al inglés aquí nos pasamos al castellano. A eso hay añadir, desde luego, una suerte de fatiga final. El problema que tienen los nacionalismos es que les incomoda encontrase enfrente a un "nacionalismo" que se precisa de un modo tan austeramente identitario como "una nación de ciudadanos libres e iguales". Nuestros nacionalismos han establecido una secuencia en unos cuantos pasos, todos tramposos: hay una identidad asentada en una lengua "propia"; la identidad nos convierte en una comunidad política aparte; esa comunidad política es una unidad de decisión legítima....A partir de ahí es normal recalar en que cada conflicto político se resuelve en soberanía. Si hay un problema con los trenes de cercanías, el problema no es el ministerio correspondiente, sino que no lo gestionamos nosotros...La formulación más depurada es el cuento del expolio fiscal, como si todos los catalanes pagáramos impuestos en una declaración compartida y no cada uno según sus ingresos. Según eso Marbella es la más expoliada. Pero claro, una vez se nos ha descrito como una unidad familiar va de suyo la trampa de la declaración conjunta. Por supuesto, impide plantearse la distribución dentro de la familia. Y naturalmente, tampoco se pueden lavar los trapos sucios.
De pronto descubrimos que nos hemos gastado 5.300 millones de las antiguas pesetas en informes externos (solo el 10 por ciento de los cuales mediante concurso público) en asuntos tan necesarios como "Diseño de parchís y puzzle de la casita de cartón recortable" o "Diez argumentos para el fomento de juguetes no sexistas" (por cierto, que ya sabemos el precio unitario de una idea). Un ejemplo de clientelismo, de pesebrismo que no por casualidad abastece a los profesores de universidad, muy aplacados en sus críticas. Por supuesto, nadie levanta la mano para preguntar, y si la levanta será antipatriota. Esas cuentas no se hacen, aquí no hay expolio ni despilfarro. En ese sentido, que los españoles puedan celebrar juntos el triunfo de la selección y eso no conduzca a escamotear las trampas, no impida que al día siguiente unos y otros se critique y nadie se refugie en la bandera para vetar las críticas. O que resulte patético y tramposo quien quiera hacerlo, revela una salud envidiable. Lo otro es el nacionalismo de Franco....".
Fernando Savater, impulsor del Manifiesto por la lengua común, celebraba el pasado martes el libro "Crítica de las ideologías (El peligro de los ideales)", del que decía que "repasa los principales absolutismos ideológicos que siguen amenazándonos, tanto estrictamente políticos como político-religiosos (.). Especialmente interesante es su estudio de la intransigencia nacionalista o tribal, según la cual 'en nombre del pueblo, el ethos masacró al demos". En España tenemos ejemplos de ello, aunque cualquiera se lo mete en la mollera a los progres multiculturalistas. Por lo demás, claro está, la solución no es renunciar totalmente a los ideales, pues, como bien dice Rafael del Águila, 'su peligro no consiste en tenerlos, sino en cómo se tienen'". El manifiesto se ha convertido en un generador de opiniones, algunas especialmente llamativas: en el diario "Público", de clara inspiración pro-gubernamental (en abierta disputa con "El País"), mientras el columnista Javier Ortiz ironizaba sobre los impulsores del manifiesto ("¿Está en peligro la lengua castellana? Sencillamente, no.

Todos los datos que se publican sobre su estado de salud certifican que es excelente. Pero, de padecer algún problema, no sería por culpa de los avances arrolladores del catalán, el euskara, el gallego, el asturiano o el aranés"), Rafael Reig aprovechaba su comentario diario (en la misma página del mismo diario) de una carta de los lectores para pedir que se lea lo que el manifiesto dice, no lo que algunos dicen que dice: "Da lástima que, diga uno lo que diga, siempre haya quien escuche lo que le da gana. Es como si atendieran a voces que vienen del interior de su cerebro cavernoso, en lugar de escuchar lo que suena fuera de su cabeza. Afirma usted, en contra, según parece, de Fernando Savater, que 'a nadie se le puede imponer una lengua'. Oiga, es justamente lo que dice el manifiesto: reclama que a nadie se le imponga una lengua autonómica; y defiende, como usted, el 'derecho a hablar en la lengua que considere más suya'; y lo defiende, como usted, para 'todo el mundo', incluyendo a los que en Cataluña consideren más suyo el español, por ejemplo. Tampoco parece que Savater y sus amigos quieran 'imponer el castellano por decreto, como antaño', puesto que no hay ninguna necesidad: la Constitución ya afirma de la lengua española que 'todos los españoles tienen el deber de conocerla'. En esa línea, Félix de Azúa recordaba esta semana en las páginas del "Cultural" de "El Mundo" que no se trata de un "manifiesto en defensa del castellano", sino en "defensa de los derechos individuales que garantiza la Constitución y que los gobiernos vasco y catalán no defienden", y la escritora Nuria Amat recordaba que de la misma forma que estuvo contra la prohibición franquista de hablar catalán le resulta "incomprensible que se margine el castellano" en su tierra cuando en Cataluña siempre han hablado las dos lenguas.
"Cansancio es una palabra demasiado escasa para aplicarla a lo quelos ciudadanos que no han renunciado a considerarse como tales, es decir, como sujetos de derechos y deberes iguales, siente respecto a la larga sarta de atropellos y desprecios, cada vez más y más profundos, cometidos no sólo impune sino ostentadamente por los Nacionalismos realmente existentes. Durante un número ya muy crecido de años, los ciudadanos hemos ido asistiendo en algunas Autonomías periféricas no sólo a una merma y abrogación real de derechos fundamentales (por ejemplo educativos y lingüísticos, que luego traen aparejadas otras mermas en otros planos, laborales, de representación...) absolutamente incompatible con unos mínimos parámetros democráticos, sino a la imposición, con un escandaloso cargo al presupuesto, de un conjunto de conceptos, lógicas y sintaxis (y ahora hasta de morfología) que han generado, en cualquiera de nuestras lenguas, tanto en la común, el español,como en las demás,una especie de idiolecto tramposo y torticero, hecho de inversiones de significado, de desplazamientos del mismo, de eufemismos, de borrones y cuenta nueva de la realidad, de lógica paranoica, de trampas y cartones mil, con el cual la intolerable casta política que ha gobernado esas Autonomías ha aherrojado poco a poco, pero desde el principio, a la ciudadanía haciéndola comulgar con ruedas de molino identitarias literalmente idiotas y situándola al borde de un microfascismo de minorías.
Los Nacionalismos se han acostumbrado a que, por hache o por be, se les dé siempre la razón como a los niños y a los locos, pero estaríamos verdaderamente locos o seríamos incomprensiblemente pueriles si continuáramos dándosela aún más", señala el escritor J. A. González Sainz, autor de novelas tan reveladoras como "Volver al mundo". "El dispositivo funcionarial hipopotámico de las Autonomías (incompatible con una buena marcha de cualquier economía) y los dispositivos mediáticos, controlados en su mayor parte por los gobiernos, llevan tiempo dedicando buena parte de sus esfuerzos y del dinero de todos los contribuyentes a la instalación y "blindaje" de ese microfascismo blando de rotulación democrática que persigue discriminar primero y borrar luego al otro. A ello se ha venido a añadir, por mucho que se emperren en negarlo en público ingenuos y paniaguados,el hecho escandaloso del giro de las así todavía autodenominadas izquierdas, dejando desasistida, desorientada, confusa o entontecida a una parte cada vez mayor de la gente común que ya no sabe a qué carta quedarse, pero que siente más o menos vagamenteen sus adentros que le han dado gato por liebre, que le han endilgado un cambiazo epocal y está siendo sometida a un fraude político de no sabe qué consecuencias, aunque en todo caso vaya intuyendo que negativas desde luego para ella. Ese sentimiento de inquietud, esa sensación de estar siendo estafados y desorientados, está tardando en aflorar debido al bombardeo de buena parte de los poderosos dispositivos políticos, culturales y mediáticos, controlados por los aparatos nacionalistas y partíticos (bombardeo también de inducción de complejos, de humillaciones...), pero empieza a rebullir.

El delirio ha ido demasiado lejos. El abandono de cualquier prudencia política, de cualquier sabiduría sobre lo que somos los hombres y los españoles cuando nos ponemos tontos (que es muchas veces), el ninguneo de lo valioso, el desprecio de la veracidad, del necesario atenimiento a las reglas... hace ya bastante que se ha extralimitado. Con media docena de simplezas y una larga serie de trucos y torticerías se nos ha venido gobernando, y eso en la mejor de las coyunturas, que se tenía que haber aprovechado para crecer material y espiritualmente, en educación, sensatez y convivencia.Creo que cada vez más gente se da y se irá dando cuenta del despilfarro y la corrupcióningentes instalados en las Autonomías para el engorde de una casta nacionalista que vende peligrosos sentimientos averiados, padagogías emponzoñadas de desprecio y odios, y discriminación e ineficiencia so capa de lo contrario. ¿Cuál sería el nivel de vida no sólo material de comunidades como la catalana y la vasca si todo el inmenso dineral y "trabajo", como dicen ellos, derrochado para el engorde fraudulento y adulteradode la identidad se hubiera dedicado al bienestarde los ciudadanos? Es fácil imaginarlo.
Todo eso es lo que está empezando a estallar, se le llame nuevo patriotismo o no se le llame nada. Algunos políticos como Rosa Díez o Vidal Cuadras, algunos periodistas, algunos intelectuales como Fernando Savater, Félix de Azúa, Rodríguez Adrados, Martínez Gorriarán, Aurelio Arteta... llevan tiempo arrostrando con valentíala corriente de estupidez impuesta eintentando llamar al pan pan y al vino vino a despecho de todo el hipopotámico dispositivo narcisista de las pequeñas diferencias dedicado desde hace tiempo a una halterofilia política de cuño totalitario. El Manifiesto de la Lengua Común contiene verdades como puños y una demanda de justicia y libertad ciudadana y política que desautoriza a sus contradictores. Claro que frente a las verdades como puños siempre hay quien opone los puños (o puñetas) como verdades. El que las izquierdas se hayan especializado ahora en esto es uno de los mayores calvarios personales que algunos arrastramos. De pugnar por la Libertad, Igualdad y Fraternidad, han pasado, en la práctica, no en su retórica, a mangonear para lo contrario". Afirma González Sainz, desde Trieste, donde vive, que "costará salir de las prácticas y los cortocircuitos lógicos y lingüísticos instalados por el Nacionalismo realmente existente y sus anteojerados compinches. Pero no hay otra forma de vivir en una relativa democracia, siempre necesitada de cuidados intensivos para que no se malee en exceso, que salir de ellos y no claudicar ante su matraca ventajistay sus ya estomagantes cantos de sirena sentimentales. Se han ido apoderando del vocabulario, de la lógica, de la sintaxis (sic a todo ello) y ahora los más tontos van hasta a por la morfología, creando una lengua de trapo por la que se confunde todo y a todos. Los ejemplos son continuos y atañen a lo más decisivo.
El otro día el Presidente de Gobierno, en esa lengua, dijo que su generación "tenía derecho" a ver ganar a la selección de fútbol. Curiosa falta garrafal del mayor representante del Estado, que confunde, como ya sabíamos, derechos con deseos. Su generación (no sé si se refiere a la del romanticismo decimonónico) no tiene ningún 'derecho' a ver ganar a la selección de fútbol. Puede tener deseos, ganas, pero nunca 'derechos'. En cambio sí que cualquier ciudadano residente en una ciudado un pueblo catalán (y no sólo ese 70 por ciento que tienen sus orígenes fuera de esa comunidad) debe tener 'derecho', y no sólodeseos, a ser educado en español. Ni en los juegos los jugadores tienen 'derecho' a ganar ni las lenguas tienen 'derechos'. Los tienen, en regímenes democráticos, los ciudadanos. Los territorios no hablan, no pagan impuestos, de la misma forma que las sillas no se sientan sobre las personas; las peticiones de justicia no son ataques, las lenguas no son iguales sino que unas traen aparejados grandes valores añadidos, políticos, económicos yconvivenciales,y otras menos o más bien suponen gastos, aunque eso quiere decir lo que quiere decir y no otra cosa. Esos y otros muchos delirios y trastrueques de la realidad se han impuesto, en un calculado y astuto ejercicio de malabarismo político, en nuestro país como la cosa más natural del mundo, y ha habido momentos en que por rechistar te llamaban lo que antes se llamaba a un asesino. De eso es de lo que la gente empieza a estar más que harta. Y de que los ríos o los incendios losgestionen a trocitos, como la enseñanza o la justicia, de que nuevos centralismos todavía más celosos y aparatosos reciban el nombre de descentralización, de que a un estado de excepción se le llame normalización y así sucesivamente. Otra de las falsedades y torticerías de esa lengua de trapo es la de que el nacionalismo sólo se puede combatir desde otro nacionalismo, y que toda crítica al nacionalismo catalán o vasco sólo es nacionalismo español. Mentira podrida. Nacionalismo español quiere decir que se aspiraría por ejemplo a reconquistar manu militari Florida o Nuevo Méjico o las Filipinas, que se quiere volver a una unidad política y territorial panhispánica, que se quiere erradicar las lenguas periféricas y cosas de ese estilo. No he visto ni el más ligero asomo de nada de eso.

Si al dar el nombre de España a España o al resistir a los graves atropellos de esos dispositivos que se ha dejado crecer metastáticamente, en parte porque no se veía la cosa y en parte porque no se quería ver, se le llama nacionalismo español, acabaremos por no llamar a nada por su nombre, como querría la casta que nos gobierna. Franco, además de llamar, como todo el mundo entonces, España a España, también utilizaba el tenedor, dormía en una cama y hablaba por la boca, y no por eso nos vamos a poner ahora a comer con las manos y a dormir en el suelo yhablar con otra parte del cuerpo, por ejemplo con los puños (o las puñetas). Que un manifiesto como el de Savater, Martínez Gorriarán, Vargas LLosa y demás o un partido como UPyD digan cosas de justicia claras y con valentía no puede ser sino la mejor expresión de esa inquietud reprimida, humillada, desorientada y manipulada que anida en una parte cada vez mayor de la ciudadanía con grados más o menos grandes de conciencia y que podría expresarse de otra forma".
El escritor Jon Juaristi, ex director del Instituto Cervantes, no cree que estemos ante "movimientos tectónicos profundos, con eclosiones de patriotismos dormidos". Dice: "Mi impresión es que todo es un conjunto de fenómenos superficiales, y supongo que pasajeros. Y muy distintos, en cuanto a orígenes, causas, ámbitos de influencia, etcétera. El fervor por la roja pertenece al orden de lo espectacular, como el entusiasmo por José Tomás o la fiebre del Chikilicuatre (salvando las innegables distancias entre los tres). Lo más cercano al patriotismo, en el primer caso, no es tanto la proliferación de símbolos como la identificación con la figura de Luis Aragonés, que tiene mucho de paterna y heroica, como el Kutuzov de "Guerra y paz". Cazurro, tesonero, intuitivo, autoritario. Un modelo de padre para una sociedad de adolescentes crónicos, que en el fondo suspira por alguien que se tome en serio la función paterna y esté dispuesta a asumirla. Yo creo que Chikilicuatre ha puesto en escena lo peor de la deriva infantiloide del país, produciendo cierta vergüenza colectiva, y que Aragonés nos ha devuelto algo de autoestima. Todo en el plano del espectáculo, que es en el único en que somos capaces de vivir -como simulacro- emociones nacionales. Luis Aragonés, obviamente, no es un padre, sino un seleccionador. Pero menos da una piedra. Reconozco que Aragonés me enternece, José Tomás me conmueve y Chikilicuatre me indigna. Catarsis sentimentales, en cualquier caso prepatrióticas. Unión, Progreso y Democracia (UPD) y el Manifiesto por la Lengua Común pertenecen al mismo orden y tienen un mismo origen: la izquierda antinacionalista, que es, por definición, antisentimental. Rosa Díez y Fernando Savater pretenden encarnar un patriotismo pragmático, que huye de los símbolos y subraya lo que en la nación de ciudadanos hay de sentido común. Por ejemplo, que sumergir a los niños vascos en el eusquera o a los catalanes en el catalán es lo mismo que hacían los gobernantes sudafricanos en la época del apartheid, confinando a los niños negros en el afrikáans, asunto que conoces mucho mejor que yo. Y tienen razón, sin duda, aunque iniciativas como la del Manifiesto no suscitarán una respuesta de masas. Me huelo además que responde a una estrategia: la de tomar distancia del patriotismo principista (y más vociferante de lo debido) que ha caracterizado a la derecha. Quizá, con el tiempo, y si consiguieran el apoyo del PP, esas propuestas puedan salir de su ámbito minoritario. Pero, de momento, están muy marcadas por su origen, la disidenciaintelectual, que nunca ha arrastrado multitudes".
En la misma línea abunda la escritora Irene Lozano, que acaba de publicar "El saqueo de la imaginación", sobre las manipulaciones del lenguaje: "No creo que haya un nuevo patriotismo que se haya encauzado a través del triunfo de la selección. El fervor popular ante una victoria futbolística es antiguo, lo que pasa es que aquí no se vivía desde hacía varias décadas. Mucha gente, y sobre todo gente joven (los más dispuestos a salir a la calle celebrar cualquier cosa), ha llevado la bandera de España tranquilamente: es la de su país, y no le da más vueltas. La identificación con una enseña es emocional y tan comprensible es que les dé urticaria a las generaciones de más edad como que los jóvenes la lleven para manifestar externamente su apoyo a la selección sin acordarse de Franco. (Te diré que me hacían los ojos chiribitas cuando he visto a mi hijo ponerse de pie al sonar el himno cuando iba a jugar la selección, y te aseguro que nunca ha visto en nadie de la familia ninguna reverencia parecida). Ojalá hubiera un nuevo patriotismo, menos irracional, más consciente del privilegio que supone vivir en un país en el que existen los derechos y los impuestos, como éste, y también más exigente frente a la corrupción y la opacidad de los gobernantes. Eso sí sería novedoso. En cuanto al manifiesto por la lengua común, lo he leído más de una vez y muy despacio, y me da la impresión de que sus autores han tratado deliberadamente de evitar una adhesión emocional a la lengua, atribuirle las esencias nacionales o presentar su defensa como una cuestión de patriotismo, probablemente para no caer en los excesos del nacionalismo llamado periférico que con frecuencia muchos hemos criticado. Han puesto el acento en los derechos de los hablantes y en la irracionalidad de que un país se comporte como si no tuviera una lengua común, sin menoscabar las restantes lenguas españolas. Todos tenemos un cierto orgullo de nuestra cultura y nuestras raíces, eso es inevitable y no tiene que ser malsano, porque es muy complicado vivir sin sentir ninguna pertenencia. Lo malo son los excesos: pensar que lo tuyo sólo puede existir si aniquila lo ajeno, o querer mutilar la libertad del individuo en nombre de una idea nacional. Creo que las banderas deberían llevar inscrita una leyenda parecida a la de las botellas de ron: úsela con moderación, es su responsabilidad".
Para el polemista Arcadi Espada, autor de provocadores panfletos como "Contra Cataluña" (en la estela del famoso "Contra los periodistas y otros contras", de su admirado Karl Kraus), en los "muchos análisis sobre la selección española de fútbol" faltaba uno que le parecía decisivo: "Veo en la calle barcelonesa, gritando ¡España, España!, a muchísimos inmigrantes. La nueva España, de veras". La presencia de inmigrantes en el Ejército español no ha dejado de crecer desde que en 2002 el entonces ministro de Defensa, Federico Trillo, en un gobierno presidido por José María Aznar, abriera las puertas del garante de la soberanía nacional a los no nacionales para paliar el déficit de nuevos reclutas que trajo como consecuencia la supresión del servicio militar obligatorio. Aunque al principio se fijó un porcentaje máximo del 2 por ciento de la tropa, la falta de entusiasmo castrense de la juventud española hizo que el listón se elevara hasta el 9 por ciento, si bien limitando a inmigrantes con vínculos culturales o lingüísticos con España, lo que restringe el acceso a latinoamericanos y ecuatoguineanos (¿podría ingresar en las Fuerzas Armadas un desertor del Frente Polisario?). Esos mismos inmigrantes que se juegan la vida por España (han muerto ya cinco en "misiones de paz" en Afganistán y Líbano) pueden ser encarcelados hasta por espacio de 18 meses sin haber cometido mayor delito que haber ingresado ilegalmente en España y después ser deportados gracias a la ley aprobada por el Parlamento Europeo con los votos del PSOE. El año pasado eran ya 5.440 el número de soldados del cupo inmigrante: el 6,87 por ciento del total. ¿Quién está dispuesto hoy a jugarse la vida por una patria difusa y por una paga nunca demasiado grande? Dentro de la Brigada Paracaidista, una fuerza de élite de las Fuerzas Armadas Españolas, los inmigrantes representan el 28 por ciento de la unidad: sus rostros destacan enseguida en la base de Paracuellos, junto a Madrid. Hacen que parezca un verdadero Ejército inmigrante. ¿La verdadera España? En ese espectro figuran: Argentina, Bolivia, Costa Rica, Colombia, Cuba, Chile, Ecuador, El Salvador, Guinea Ecuatorial, Guatemala, Honduras, México, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, República Dominicana, Uruguay y Venezuela. Dar la vida era un viejo adagio que las nuevas generaciones desprecian, como todo lo que huela a sacrificio, de ahí que (además de la preocupación por la suerte del toro, su sufrimiento) muchos desdeñen las corridas, el derramamiento de sangre, ese gesto altivo de jugarse la vida en el ruedo. No encaja con los nuevos aires entre humanistas y posmodernos: ¿Y con la idea de nuevo patriotismo, de nación?
No deja de resultar llamativo que muchos soldados latinos destacados en Líbano guarden junto a sus literas de campaña banderas rojigualdas con el toro a modo de escudo, y que en las celebraciones de la Eurocopa abundaran entre las constitucionales enseñas con el toro como emblema, un toro-símbolo que no remite a la corrida en sí, sino a una síntesis de lo que España es para el mundo exterior, junto al Quijote, una imagen que es también una idea de España. En "Vida de don Quijote y Sancho" destaca Miguel de Unamuno que en el hidalgo ve a un Cristo castellano, que lo que necesitamos en la piel de toro es el valor de Alonso Quijano, "ese valor es el que necesitamos en España, y cuya falta nos tiene perlesiada el alma. Por falta de él no somos fuertes, ni ricos, ni cultos; por falta de él no hay canales de riego, ni pantanos, ni buenas cosechas; por falta de él no llueve más sobre nuestros secos campos, resquebrajados de sed, o cae a chaparrones el agua, arrastrando el mantillo y arrastrando a las veces las viviendas". Pero a diferencia del autor de "El sentimiento trágico de la vida", a los nuevos españoles, nacidos en esta o en otra orilla, no les duele España, o si les duele les duele por otras razones, menos trágicas, menos metafísicas, menos filosóficas, más ásperamente humanas. Se queja con melancolía Arcadi Espada en su "Ebro/Orbe", un libro de título palíndromo sobre los delirios mezquinos en la gestión del agua, de que los furores y las cegueras nacionalistas han acabado con la trama de los afectos que unía a los españoles. "España es, ciertamente, una empresa difícil, fracasada, utópica. Una de las pruebas indiscutibles de la estúpida dificultad española se produce cuando algunas de las comunidades autónomas deben ponerse de acuerdo para impulsar algún proyecto en común, dictado por la geografía o la historia". En llegando a Guardamar "lee" Espada, después de haber sido capaz de ver como pocos las virtudes de Benidorm, anota que "se consolidó en la miseria y en la derrota de posguerra, a la intemperie, y al margen de la pútrida vociferación franquista, y tuvo mucho que ver con las nutridas migraciones interiores que son las que fundaron, en realidad, la España moderna". Y de esa visión da un paso que se fija en la Transición: "Hubo un momento, piensa el viajero, cegado por la sal, que esa trama de afectos pareció consolidarse institucionalmente. Fue la Transición, pero como su nombre indica sólo se trataba de ir a alguna parte. El dónde lo han decidido los nacionalismos", para terminar con cierta tristeza lúcida, que me temo que los fastos de la Eurocopa no han aminorado: "Quedan afectos, pero no hay trama. Sin trama no hay trasvase. Agua entre las manos. Trasvase, repite el viajero. ¿Cuál es su antónimo? España. La España antónima, ya mero pleonasmo". Una triste constatación que el lector quisiera pensar que algún día podrá borrar, además del egoísmo desaforado, el narcisismo enfermizo de tantos españolismos a la inversa, la estulticia del nuevo rico, el alicatado moral hasta el techo: barrerlo, para que volvieran los afectos y pudiéramos volver a trabar la trama de un país, de una fogata civil llamada España. Porque se había acabado la tontería financiada por el presupuesto, por la sopa boba, por la saturación de la identidad bajo el pretexto de defenderse del imperialismo español, con raíces en el torvo, rancio franquismo que tantos estragos ha hecho en el alma y el entendimiento. Lo dicho, melancolías.
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