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El último abrazo de un Bienvenida

ANTONIO SANTAINÉS CIRÉSBARCELONA. De Ángel Luis Bienvenida hablé mucho como torero. Los aficionados barceloneses que tuvimos la suerte de admirarle en su más grandiosa obra artística, le seguimos

Actualizado 04/06/2007 - 03:16:12
ANTONIO SANTAINÉS CIRÉS
BARCELONA. De Ángel Luis Bienvenida hablé mucho como torero. Los aficionados barceloneses que tuvimos la suerte de admirarle en su más grandiosa obra artística, le seguimos recordando como un extraordinario torero.
Aquél 23 de julio de 1942 el público lo elevó a la categoría de ídolo. Mucho he escrito -¡amigos míos!- de la faena a Matutero de Vicente Muriel. Ángel Luis llevando en las manos las orejas y el rabo del noble novillo había dado dos vueltas al ruedo y salido a los medios infinidad de veces. Pero el público seguía pidiendo más galardón y en sus asientos permaneció hasta que lo sacaron a hombros del coso. Jamás olvidaré, y así lo declaro, que aquella tarde si fui a los toros fue por el dinero que me dio mi madre. Años después, así se lo conté a Ángel Luis. Conste que no escribo su biografía. Escribo una loa.
Unos días después, pocos, el bello y arriesgado pase cambiado con la muleta plegada puso en trance de muerte a su hermano Antoñito Bienvenida. Y en aquellos trágicos días surgió el gesto de Ángel Luis.
Emotivo brindis
El jueves 30 de julio en Las Arenas, perdido entre las dependencias de la plaza, sencillo y humano, estaba el doctor Olivé Gumá, cuya ciencia había sido soplo vivificador de una vida que se apagaba. Ángel Luis le brindó la muerte del quinto novillo, «Morito», de Enriqueta de la Cova, con estas palabras: «La vida de mi hermano Antonio se la debemos a usted. Dios se lo pague y ya sabe que dispone como quiera de una familia agradecida». La faena fue magnífica. Ángel Luis Bienvenida cortó orejas y rabo y al pasar junto a don César le ofreció, con el corazón en el mano, unos claveles de los muchos que recogía entre ovaciones.
Al pie de una fotografía en la que aparecen el doctor Olivé y Ángel Luis el prestigioso cirujano escribió: «Recuerdo de un brindis que no olvidaré pero inmerecido, pues no hice más que cumplir con mi deber, ayudándome Dios».
Otro de sus mayores éxitos ocurre en Oviedo el 21 de septiembre de 1943 con un novillo de Alipio Pérez Tabernero. Cortó el rabo también. Fue su última y triunfante novillada. Dos jugosas antologías del toreo, «El recuerdo que me perdura más -me decía- es el novillo de Muriel en Barcelona». En definitiva a quien debe gustarle antes y más que a nadie la pureza de su arte, es a uno mismo.
Armonía y buen carácter
K-Hito que no lo ha visto torear en Madrid hasta el 8 de agosto de 1943 -segunda y triunfante actuación en Las Ventas- titula su crónica Ángel Luis Bienvenida, el gitano rubio. Lo considera «como ferrocarril de enlace entre Manolete y Pepe Luis Vázquez». Razones no le faltan para apoyarse en esta afirmación. Pero el toreo de Ángel Luis Bienvenida atesora arte, mucho arte, señorío y personal elegancia. Supo transmitir a la armonía de su buen toreo la gracia y alegría de su buen carácter.
«La inolvidable tarde de la casa Bienvenida», así titulaba su crónica K-Hito en Dígame al enjuiciar la memorable tarde de los tres hermanos Pepe, Antonio y Ángel Luis en Madrid, con toros de Manuel González el 24 de mayo de 1944.
Hace años a raíz de inaugurarse una lápida en la nueva casa en General Mola, 3, en el programa «Gente hoy» que presentaba en TVE la inteligente y bellísima Mari Cruz Soriano, Ángel Luis Bienvenida recordó a los que ya habían muerto. Recordó también lo que comentaba el público cuando torearon los tres: «Es una corrida de familia. La organiza el padre, la torean los hijos y pagan los primos». Y añadió Ángel Luis con su peculiar gracejo: «Menos mal que, después los primos nos tuvieron que sacar a hombros».
En 1950 marchó a Colombia. Y en el río Carare que va a desembocar al Magdalena montó un negocio de maderas finas. Allí permaneció cinco años. Su madre, doña Carmen, decía: «Que sorda ha quedado la casa sin mi cascabel».
Ángel Luis era sociable, alegre y entrañablemente sensible. Un día me comentó: «Hoy es el aniversario de mi madre, he estado allí en el cementerio a llevarle unas flores». !Había muerto el 4 de agosto de 1974. A ti te quería mucho, le dije. «Sí, porque yo también tenía mucha debilidad con ella. ¡Bueno! Quería a todos por un igual ¿eh?».
Cuando murió mi madre en 1978, aquella Navidad recibí una felicitación tan emotiva y cariñosa, tan humana de Ángel Luis, que la guardo entre mis más queridos recuerdos.
Decía textualmente: Sé que en estos días, mi querido Antonio, te agobiará el inolvidable recuerdo de tu adorada madre, por eso te envío mi recuerdo más cariñoso deseándote que el año 1979 te consuele y de toda la felicidad que mereces. Tu buen amigo, Ángel Luis.
En la felicitación navideña se reproducía el cuadro pintado por Roberto Domingo banderilleando en el ruedo de la Real Maestranza los tres hermanos Pepe, Antonio y Ángel Luis.
Amigo en la adversidad
Pasaron los años y nuestra amistad creció y se fortaleció. Y esta palabra tan equívocamente usada de «amigo», aquí fue sincera y verdadera. Surgieron contratiempos, operaciones y estancias clínicas. A media mañana sonaba el teléfono y al otro lado del hilo la esperanzada voz de Ángel Luis Bienvenida. Mejorado, ya que no repuesto, le llamé un día: ¿Ángel Luis? Te llamo para darte las gracias por tu gran interés. La respuesta fue sorprendente: «Antonio, los hermanos no se dan las gracias».
Hace pocos años vino a Barcelona a unas conferencias taurinas en la casa de Madrid. Me perdí entre el público y ya a la salida le dije a un fotógrafo: «Dile a Ángel Luis Bienvenida que he venido». Apareció al instante, abrazándome con enorme alegría en nuestro reencuentro. Los abrazos de este Bienvenida eran toreros. Fue el último. Sebastián nos hizo una foto. Le pedí que me la dedicara y escribió: A ti, querido Antonio , que tienes el concepto más puro de la amistad eterna con tu pluma llena de ciencia taurina a todos los Bienvenidas, con mi agradecimiento y entrañable abrazo. Ángel Luis.
La salud de Ángel Luis fue quebrantándose y a las tres de la madrugada del día 3 de febrero de 2007 entregó su alma buena a Dios. Perdí a un gran amigo. El torero era ya lejana y brillante historia. En las tardes isidriles en Madrid le echan de menos. Es el punto y final de la Dinastía de los Bienvenida. Un siglo de gloria y tragedia en el toreo.
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