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El último viaje del «loco de Matarraña»

Actualizado 04/04/2004 - 02:00:14
Salvador Benítez murió ayer de un paro cardiaco en su domicilio del Midi francés
Salvador Benítez murió ayer de un paro cardiaco en su domicilio del Midi francés

Era un habitual del sorteo de Lotería de Navidad. Sus trajes repletos de botones le hicieron famoso. En 2001 vaticinó: «Esta vez será la última», y acertó. Le echarán de menos

MADRID. Jamás fallaba. Acudía desde su domicilio de Céret, en el sur de Francia. Siempre puntual a la cita cada 22 de diciembre en el Salón Nacional de Loterías. Y en la Puerta del Sol, para dar la bienvenida al Año Nuevo. Así, durante 24 años consecutivos. Sus trajes le habían hecho famoso en toda España. Nunca repetía modelo. Tenía un amplio repertorio de levitas plagadas de botones de todos los tamaños, colores y formas que se decoraba él mismo, junto a su inseparable paraguas y chistera.

Su atuendo provocó uno de sus apelativos más célebres: «El señor de los botones», aunque a él le gustaba más otro: «El loco de Matarraña», porque le recordaba su origen, la comarca turolense que le vio nacer -Teruel también existe- . Salvador Benítez Griñó, de 86 años, abrió los ojos en Valderrobres en 1918.

Tocado por los hados

Jamás le tocó el «gordo», aunque era un hombre afortunado. Los hados estaban de su parte. Huyó de España, rumbo al país galo, cuando la Guerra Civil daba sus últimos estertores. Allí estuvo a buen recaudo de la represión franquista hasta que le sorprendió la Segunda Guerra Mundial. Luchó en la Resistencia hasta que los alemanes le hicieron prisionero. Estuvo recluido en el campo de concentración de Mauthausen (Austria) hasta que los aliados ganaron la contienda y le liberaron. De vuelta a París trabajó en un taller mecánico como pintor de coches por poco tiempo. Las secuelas de las innumerables penurias vividas durante los más de doce meses en los que estuvo prisionero precipitaron su jubilación. En la década de los 70, cuando el régimen de Franco agonizaba, regresó a su tierra por primera vez. Y ya, con la democracia tomó por costumbre, llegar cada Navidad, como el turrón, para asistir, en «vivo y en directo», al sorteo más esperado del año. «Me hace ilusión y pienso seguir hasta que el cuerpo aguante», decía. Y, vive Dios, que cumplió sus palabras. En 2001 vaticinó: «Esta vez será la última, me faltan las fuerzas». Y acertó.

Al año siguiente, la ausencia de este «histórico» se hizo notar. «Algo grave le tiene que haber pasado», decían los habituales como él. Otros directamente le daban por muerto, circunstancia que fue dando paso a la certeza cuando en 2003 tampoco llegó. Sin embargo, murió ayer, a los 86 años, en su casa del Midi francés. Mañana será incinerado su cuerpo. Su último viaje lo hará después a Valderrobles, donde su familia esparcirá sus cenizas en el río Matarraña. El sorteo de Navidad ya no será el mismo sin este entrañable «loco».
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