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Cinco reinas. Las primeras damas de la ciencia

Imaginen una mujer africana (de Isla Mauricio) que cura la disentería, la diarrea, los hongos y el asma. No se equivoquen pensando en una hechicera o en una bruja de pelos de alambre: nuestra

Actualizado 04/03/2007 - 10:48:02
Ameenah, de Isla Mauricio, con su hija Imaan
Ameenah, de Isla Mauricio, con su hija Imaan
Imaginen una mujer africana (de Isla Mauricio) que cura la disentería, la diarrea, los hongos y el asma. No se equivoquen pensando en una hechicera o en una bruja de pelos de alambre: nuestra protagonista es guapa, joven (47 años), perfectamente asimilable a los estilismos europeos, madre de dos niños («la pequeña apunta maneras hacia la ciencia») y es morena pero no de azabache, sino que más bien parece que el sol hubiera abreviado el paso por su piel por sabe Dios qué razones. Es como si en vez de mezclar en su probeta las plantas de Isla Mauricio para obtener remedios contra las bacterias, hubiera echado pigmento negro y amarillo (hindú) para formar su propia piel del color desteñido de los campos de su país.
Ella -la mujer africana- aprovechó los conocimientos de sus mayores, auténticos artesanos de la plantas silvestres a las que convertían en infalibles medicamentos para curar a los niños de pies descalzos de Mauricio. Ameenah -que así se llama nuestra primera protagonista- conoce muy bien, además de las fórmulas magistrales fitosanitarias, los pecados capitales de los humanos, también de los africanos; «Me van a decir cuando llegue a mi país: tienes ese premio porque eres mujer».
Se refiere Ameenah a uno de los galardones científicos más importantes del mundo, con el que ha sido condecorada. El que distingue a cinco investigadoras que representan a otros tantos continentes: el premio L'Oréal-Unesco for Women in Science 2007, que el pasado 23 de febrero les fue entregado en la sede de la Unesco en París a cinco herederas del saber de Madame Curie. Y una de ellas es Ameenah Gurib-Fakim. Junto a ella, otras cuatro destacadas catedráticas: Margaret Brimble (Nueva Zelanda); Tatiana Birshtein (Rusia); Ligia Gargallo (Latinoamérica) y Mildred Dressselhaus (Norteamérica) recibieron de manos del director general de la Unesco, Koïchiro Matsuura, y del presidente de L'Oréal, sir Lindsay Owen-Jones, ese galardón de rango universal.
Paseantes discretas entre los parisinos, que quieren sacudirse el febrero más incoherente que el calentamiento global patrocina, bien pudieran hacernos creer a sus interlocutores, dada la desarmante modestia de todas ellas, que se trata de cinco mujeres más de viaje en la poliédrica capital francesa. Pero no, ni con amnesia puede uno tragarse que está ante cinco ciudadanas comunes. ¿O sí? Bien es verdad que todas ellas son madres y esposas, como tantas otras; pero también catedráticas y prestigiosísimas científicas (esto ya no tan habitual entre las féminas); profesoras de algún Nobel y descubridoras de medicamentos contra enfermedades graves... Esto último ya es indiciario de que estamos ante personas que, de comunes, nada.
Sin embargo, Ameenah no se sale de los cánones cuando confiesa que su modelo para progresar en la ciencia ha sido y es Marie Curie, una colega, también de trazos discretos. Y como la francesa, la africana también tiene su propio Pierre Curie, su marido, su compañero en el viaje de la ciencia,padre de sus hijos y al que no renunciaría, así le maten. Y es que, como el resto de premiadas, es políticamente incorrecta desde el punto de vista de cierta sensibilidad feminista: «Lo primero es mi familia y gracias a ella yo puedo desarrollar mi trabajo».Gasta poco en lamentos personales o de género y se esfuerza en pedir para su profesión: «La falta de interés por la ciencia no es un problema de género, sino global» y reclama que «las publicaciones científicas no sólo difundan los logros sino también los fracasos de la ciencia, cuyo proceso, a pesar de la frustración del resultado, siempre es meritorio». Sueña con desarrollar la industria de las plantas medicinales para «conseguir medicamentos baratos y efectivos disponibles para los más pobres, lo que ayudaría a su vez a la creación de nuevos puestos de trabajo y oportunidades, aliviando la pobreza». No en vano, la OMS estima que más del 80 por ciento de la población en países en vías de desarrollo utiliza plantas medicinales para sus necesidades sanitarias y, a su vez, las naciones desarrolladas se interesan cada vez más por los remedios naturales. Ella está contenta con su trabajo y con este premio; es más, lo prefiere a un Nobel, «ese que se da en Suecia es un galardón muy político», recalca.
Ameenah es la más joven de estas cinco «misses de la ciencia» que recogieron sus distinciones en la capital francesa. Cuando ABC la encuentra por primera vez en el hotel parisino, donde se aloja, la ve sentada comiendo con una abuela de larga trenza blanca recogida en la nuca. Vestida de rojo la mayor, nuestra segunda dama y compañera de mesa de Ameenah es Mildred Dresseulhaus, que da buena cuenta de una refrescante ensalada y unos quesos franceses de untar.
Es para los ojos de una española una suerte de reencarnación de la madre de la casa de la pradera, entradita en años (tiene 76), y dispuesta a prepararte un pastel de manzana. Pero no, esta americana, es física, aunque de pequeña soñaba con ser profesora. Cambió de vocación cuando Rosalyn Yallow, premio Nobel por su trabajo en física médica, le dio clases. «Mis padres no estaban ilusionados con la idea y me animaban más a formar una familia». Sus progenitores -emigrantes y pobres- nunca llegaron a soñar con que su hija se hiciera especialista en nanotubos de carbono, capaces de mover, por ejemplo, los motores de los aviones, ahí es nada. Es catedrática del Instituto de Ingeniería eléctrica y Física de Massachusetts, en Estados Unidos. Su historia personal es tan fecunda como la de su compañera de premio, la rusa Tatiana Bershtein, que comparte con su marido e hijo la profesión y el amor por la física.
Tras el telón de acero
Tatiana, la tercera científica a la que ha querido honrar L'Oréal-Unesco, proviene del frío y de cuando la guerra también era fría. Se especializó en la física estadística de los polímeros que, para quien no entienda de la materia (casi todos), son macromoléculas que sirven para transportar, por ejemplo, medicamentos, y cuya aplicación para la vida es inabarcable. Como mujer, huye de los estereotipos de la señorita Pepis: «Espero no ser políticamente incorrecta al decir que los hombres y las mujeres no son iguales. Esto se aplica a todos los aspectos de sus vidas, incluyendo la forma de resolver los problemas». Por ello, afirma, «es tan importante que haya mujeres en la ciencia». La peripecia vital de esta sabia de 78 años es escalofriante: nació en San Petersburgo (ella lo llama, con disciplina soviética, Leningrado), de unos padres médicos a los que sorprendió la guerra; «casi morí en ese momento», confiesa. De su discurso apasionado y presuroso (en la ceremonia de entrega del premio quiso leer en ruso unos párrafos) se infiere que es judía y que el antisemitismo que asoló a su país le afectó en el alma. Para entender la categoría de esta laureada baste con subrayar que el presidente del jurado, el profesor francés Pierre-Gilles de Gennes, a la sazón Nobel de Física en 1991, reconoció en la Unesco que «Tatiana fue profesora mía y yo jamás soñé que pudiera participar en un jurado que la distinguiera con un premio. Es un auténtico orgullo».
Una neozelandesa de origen escocés es la cuarta mujer coraje de esta historia: Margaret Brimble (45 años), catedrática de Química Orgánica. Es decir, y para que nos entendamos, una «escultora de átomos». A pesar de no incurrir en los lugares comunes de la paridad, se felicita por el empeño «de mi abuela, de que tuviera educación y de que estudiara». Al principio, «me preguntaba la gente que qué hacía yo en un laboratorio», porque era raro ver a una mujer entre probetas. Ahora ella rinde tributo a su familia y, sobre todo, a las mujeres de su familia, ya que cree que «ellas juegan un papel fundamental no sólo en el desarrollo del conocimiento científico sino en el de las carreras de las jóvenes promesas de la ciencia». Se lamenta, no obstante, de que de 516 premios Nobel científicos, tan sólo un 2,3 por ciento sean mujeres; por ello espera que «al igual que las mujeres del sur del Pacífico se guían por la Southern Cross, puede que deban seguir las mujeres del mundo también su estrella y ser las principales luces que iluminen la ciencia».
La última historia le pertenece a Ligia Gargallo, la representante de Latinoamérica. Chilena de nacimiento -sus padres son españoles de pura cepa-, respira por la herida -como denuncia en la entrevista adjunta- de la falta de apoyo a las mujeres en su continente, «que son limitadas a efectuar las tareas domésticas o a no ejercer más que algunas profesiones determinadas».
Las cinco son, después de París, amigas de sangre, la misma que se comparte cuando se lucha durante años contra los obstáculos y la incomprensión de cierta parte de la sociedad hacia las mujeres. Para desgracia de todas, las científicas tan sólo representan el 27 por ciento de los investigadores existentes en el mundo. Y en España, únicamente el 13 por ciento de las cátedras están ocupadas por mujeres. Está claro -ya se dijo aquí- que las cinco primeras damas de la ciencia no eran tan corrientes.
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