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Aquel día en que el Rey habló en Guernica

Actualizado 04/02/2001 - 00:24:37
El Rey,  en el momento de ser interrumpido hace veinte años por los junteros de HB. Efe
El Rey, en el momento de ser interrumpido hace veinte años por los junteros de HB. Efe
Era justo el mediodía del 4 de febrero cuando, «so el Árbol», allí en Guernica, la banda de clarines de la Diputación vizcaína interpretó primero la Marcha Real y enseguida el «Ora ta Ora». Los Reyes acababan de pisar la tierra vascaen su primer viaje oficial tan deseado como previsto de dificultades. Al entrar en la Casa de Juntas don Juan Carlos miró hacia la tribuna de la derecha y pudo ver la dura miradade los «junteros» de Herri Batasuna. Nada de lo que sucedió después resultó ser imprevisible, pues desde hacía días que en Zarzuela se conocía la tensión suscitada entre los nacionalistas más extremistas ante el viaje real.
Tensos y amenazantes, con el puño en alto, los de HB increpaban al Rey bajo cuyo mandato se había llevado a cabo la recuperación de las libertades. «Frente a quienes practican la intolerancia, desprecian la convivencia, no respetan las instituciones ni las normas elementales de una ordenada libertad de expresión, yo quiero proclamar, una vez más, mi fe en la democracia y mi confianza en el pueblo vasco», dijo entonces el Rey, en respuesta al bochornoso griterío de los diputados de HB.
Como si pudieran convertirse en savia viva, las palabras pronunciadas por don Juan Carlos aquel día parecen enhebradas entre las ramas del Árbol vasco. Transcurridos veinte años siguen en pie en todo su sentido político y humano frente a aquella brutal intolerancia que todavía quiebra la vida y la libertad del pueblo vasco.
Los «incidentes de Guernica», como se denominó a la bronca montada por Herri Batasuna para boicotear la visita oficial de los Reyes, forman parte de un entramado de hechos políticos que marcaron para siempre aquel mes de febrero de 1981 como uno de los más intensos, densos y difíciles de la historia reciente de España. Pocos pudieron imaginar las consecuencias que tendría aquello, pues lo ocurrido allí, aquella mañana, serviría tan sólo veinte días después para alentar las ínfulas golpistas que desembocarían en la intentona del 23-F. Paradojas de la Historia al mostrar la coincidencia de intereses de aquellos que como HB o como Tejero, nunca quisieronla democracia.
Era cierto que aquel día la debilidad de las instituciones democráticas presentaban un flanco de fácil ataque a los fines desestabilizadores de los hombres de Herri Batasuna. El Estado estaba en precariedad institucional tras la dimisión de Adolfo Suárez, y a la espera de que UCD celebrara su Congreso en Palma de Mallorca. En Madrid se oían ruidos mistificados de sables y ambiciones de cuantos aspiraban a llegar al poder incluso con la connivencia de algunos espadones.
Durante el año anterior ETA había cometido 91 atentados en los que habían fallecido 124 personas. De nada había servido la aprobación de la amnistía que generosamente se había extendido hasta cuatro meses después de las primeras elecciones democráticas y que según contaba más tarde Fernando Abril «hizo llorar a Xabier Arzalluz de emoción». En vano habían sido aprobados la Constitución y el Estatuto de Guernica. En vano se habían celebrado las primeras elecciones autonómicas vascas. En vano se había negociado ya el Concierto económico. En vano estaban reunidos allí otra vez «so el Árbol» las Juntas Generales. Pues nada de ello sería suficiente para el insaciable rencor de aquellos que harían del odio a lo español su ideología.
Poco antes de que aquel día llegaran los Reyes a la Casa de Juntas «los hombres de Berroci» habían desactivado unas bombas fétidas preparadas para crear un ambiente todavía más irrespirable.
La víspera Arzalluz había venido a Madrid, a ver cómo andaba la crisis de UCD: «me quede asustado», dice. Entonces las relaciones del presidente del PNV con su Lendakari ya no eran del todo buenas. Según afirmaría Carlos Garaicoechea años después, el Rey «tenía la espina de que todavía no había estado en el País Vasco, que era el único lugar del Estado que le quedaba por visitar. En nuestras conversaciones... me decía que quería sacarse la espina y yo le contestaba con la franqueza que utilizo siempre ene estos casos: que su visita nunca podría ser una fiesta en Euskadi...».
En realidad la visita del Jefe del Estado al País Vaso se enfocaba desde el Gobierno como una cuestión de Estado, con la intención de normalizar la democracia en donde había mayores reticencias, en permanente amenaza terrorista. ¿Era meterse en la boca del lobo? No tanto, por cuanto que en la Casa del Rey estaban perfectamente advertidos de las intenciones de HB.
Tal como cuenta Sabio Fernández Campo, «naturalmente no se podía suspender el viaje ni cambiar el programa. Rosón nos dijo que a lo mejor HB interrumpía al Rey o le insultaban».
Y así fue cómo enseguida que comenzaran a gritar aquellos energúmenos, después de que don Juan Carlos, con la mano en la oreja y en gesto no exento de arrogancia les dijera: «mas alto, que no os oigo», leería una cuartilla que alguien próximo le pasó con urgencia y en la que se decían las palabras recogidas al comienzo de este artículo: «frente a quienes practican la intolerancia, desprecian la convivencia, no respetan las instituciones ni las normas elementales de una ordenada libertad de expresión, yo quiero proclamar una vez más, mi fe en la democracia y mi confianza en el pueblo vasco»....Todavía vigentes, por desgracia.
Consuelo ÁLVAREZ DE TOLEDO
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