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El extraño «Caso Kohl»

Actualizado 03/03/2001 - 00:24:50
Ya sólo falta que Helmut Kohl pague su multa de 150.000 euros (unos 25 millones de pesetas) y el escándalo organizado sobre la financiación de la CDU habrá pasado. Es hora, pues, de reflexionar sobre lo ocurrido. El canciller de la unidad alemana cometió una ilegalidad a la hora de buscar financiación ilegal para lograr el anhelado sueño de todos sus compatriotas: acabar con la división impuesta como justo castigo a la Alemania nazi derrotada en 1945. Unificación a la que se opusieron la mayor parte de los dirigentes europeos, de Margaret Thatcher a Mijail Gorbachov —lista de la que Kohl se empeña en excluir a Felipe González—. ¿Había algún alemán que de verdad creyese que una hazaña así podía lograrse en cuestión de meses con el estricto cumplimiento de los reglamentos vigentes?
Helmut Kohl ha sido un político de talla equiparable a la de Winston Churchill o Franklin Delano Roosevelt. En menos de un año desde la caída del Muro de Berlín dejó la unificación sentenciada, y a falta de mejores maneras, garantizó el cumpliento de la primera prioridad de sus compatriotas cometiendo ilegalidades de las que nunca se benefició personalmente. Cuán lejos queda su actitud de lo visto en latitudes mediterráneas donde tanto cuesta entender que por esa actuación su imagen haya sido arrastrada por el lodo.
Desde que se abrió el proceso, en enero de 2000, estaba claro que el caso sería archivado, pero a los nuevos gobernantes alemanes el «caso Kohl» les había venido muy bien para frenar el auge demoscópico de la oposición de centro derecha. La previsión se cumplió ayer. Ahora, al ex canciller alemán que podría haberse evitado muchos quebraderos de cabeza rompiendo su palabra de honor y revelando los nombres de los benefactores de la CDU, le queda el consuelo de saberse rodeado de sus numerosos incondicionales. Pero quedan algunos puntos por ver.
El acoso hoy lo sufre el Gobierno del canciller Schröder. Su vice canciller Joschka Fischer pasa por horas bajas. La hemipléjica mentalidad alemana se ha visto sacudida por el pasado de Fischer. ¿Es posible que de verdad nadie recordara que los revolucionarios de las décadas de 1960 y 1970 atacaban a la Policía, lanzaban cócteles incendiarios y otras lindezas? ¿No fue Fischer un conocido agitador en esa época? ¿A qué tanto escándalo, años después de asumir sus funciones? De pronto Alemania comprende que quizá no sea bueno remover aguas pasadas. Ni la exitosa unificación, ni el vergonzante pasado de algunos ministros actuales.
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