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Una gota de Nueva York...

JUAN PEDRO YÁNIZ BARCELONA. Durante muchos años fue el ejemplo de que una golondrina no hace verano, pero a los diminutos barceloneses que circulaban a sus pies se les henchía el pecho de gozo cuando

Actualizado 03/02/2008 - 03:50:13
JUAN PEDRO YÁNIZ BARCELONA. Durante muchos años fue el ejemplo de que una golondrina no hace verano, pero a los diminutos barceloneses que circulaban a sus pies se les henchía el pecho de gozo cuando pasaban, convoyados por papás y mamás, al pie de la casa Fábregas; se arrebolaban y exclamaban «¡ es como en Nueva York... un rascacielos¡». El bagaje del barcelonesito de a pie, al respecto, era mínimo, todo lo más una película de tiros, de las que solían proyectar en la planta baja del edificio, en el cine «Atlanta» que iba con el «Alexandra» y el «Arcadia» o como el «Metropol» (donde vio su última película Carmen Broto», que con el«Capitol» y el «Bosque» completaba una de aquellas triadas de ilusiones, al uso.
El nombre oficial y popular era «El rascacielos de Urquinaona» y sigue en los confines de la plaza con Trafalgar y Junqueras. Tal vez por la primera, en el edificio estuvo durante muchos años el Consulado británico, aunque la mayoría del personal decía inglés. Que, durante bastante años, fuente de ilusiones de barceloneses de más edad que iban a recoger boletines informativos durante la II Guerra Mundial.
Los pequeñines, al superar la decena y gozar de un resquicio de libertad familiar, si tenían aficiones navales, iban al consulado a buscar invitaciones para subir a los barcos de la Royal Navy. Lentamente, con los edificios singulares de la época de Porcioles, empezó a tener competencia de altura y hoy tiene ya hasta demasiada.
La fecha de nacimiento fue el tantas veces citado 1936, lo que influyó que la gestación y parto del inmueble fuera tan prolongada como doloroso. El arquitecto que dibujó los planos era Luis Gutiérrez de Soto, madrileño de nación, como se decía antes, que en su solar solariego dejó edificios tan famosos como El Ministerio del Aire (el enésimo remedo del Escorial) que se construyó después del 39, no menos citado, en el solar de la Modelo de Moncloa; y la sede del Alto Estado Mayor, por la Castellana.
En el «Atlanta» hicieron la «La caída de los dioses», de Luchino Visconti sobre una famosa saga de industriales metalúrgicos y a principios de 1968 una infame versión sobre Mata Hari, al decir de Lola Ferreira, barcelonesa por entonces.
Físicamente es una mole de 15 plantas con numerosas ventanas que recuerdan las celdillas de un panal. La construcción se alargó y no se pudo poner la bandera, en su último piso, hasta 1944. La prensa lo celebró por todo lo alto, eran tiempos de racionamiento, restricciones y gasógeno; y mucha gente acudió a ver aquella especie de casa encantada, que se podía contemplar desde las terrazas de la Feria de Muestras, el Castillo, el Parque Güell o el Tibidabo, que eran las atalayas más a menudo utilizadas por el barcelonés corriente. Los forasteros lo hacían desde lo alto de Colón, perpetuamente «encanecido» por las gaviotas. Los pequeños ciudadanos se alegraban de que hubiera llegado la elefanta «Perla», al Parque Zoológico (se pronunciaba con todas las letras) que venía a suceder a la legendaria «Julia», regalada por Muley Hafid, que murió de hambre, en el parque, en noviembre de 1938. Pasaban muchas otras cosas en la urbe, pero la mayoría de la gente o no se enteraba o hacía como que no sabía nada. Se tardó bastante en saberse que Urquinaona fue un obispo local del XIX.
Barcelona ha sido, de siempre, una especie de imán para todas las audacias arquitectónicas y constructi- vas. Aveces parece como un catálogo de Arte, al que acecha el peligro de la uniformización
YOLANDA CARDO
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