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¿HOMENAJE AL LIBRO?

AL desbarajuste urbanístico que se nos viene encima con motivo del Encuentro Mundial de las Familias y de los fastos debidos a la magna visita del Sumo Pontífice -que ya habrá ocasión de comentar en

Actualizado 02/06/2006 - 03:00:57
AL desbarajuste urbanístico que se nos viene encima con motivo del Encuentro Mundial de las Familias y de los fastos debidos a la magna visita del Sumo Pontífice -que ya habrá ocasión de comentar en su debido momento- se suma un avatar urbanístico que contribuye a hacer la vida del valenciano medio un poco menos agradable o un poco más desagradable, según se mire la tropelía de la fealdad metropolitana con santa paciencia o con justa indignación.
Me refiero a la nueva rotonda de la calle Eduardo Boscá y al espantoso cachivache que han plantificado en su centro. Se trata de una escultura de Ripollés titulada Homenaje al libro, recientemente trasladada desde la Biblioteca Valenciana, donde se erguía frente a la fachada del claustro norte del antiguo monasterio de San Miguel de los Reyes. Allí chirriaba con el bello entorno arquitectónico como testimonio de la decadencia artística y moral, y debía provocar malestar, desazón y hasta pesadillas a las gentes con sensibilidad y buen gusto que por aquellos lares circulasen o trabajasen. La Conselleria de Cultura debió pagar por el desproporcionado monstruo una cuantiosa suma, y otra ahora por su reubicación, que debemos considerar un acierto, porque en su actual emplazamiento hace menos daño estético que en la Biblioteca, aunque también hace menos bien que un jardín o cualquier otra solución que no resultara ofensiva para la vista.
Si tienen ganas de reírse un rato no piensen en las patrañas que dilapidan el dinero del contribuyente ni en las toneladas de bronce malbaratadas. Dense una vuelta y vean, vean la grotesca criatura bifronte. Uno de sus perfiles sostiene un libro con la mano izquierda, mientras se lleva la derecha a los labios, relamiéndose. El anverso eleva con ambas manos otro volumen a modo de ofrenda, con un corazoncito en su centro. ¿Será una inteligente y sutil manera de referirse al amor a los libros?, se preguntará el espectador avispado. El mamarracho macrocéfalo está coronado por un sol infantiloide -aunque más bien parece una paella oxidada o mal lavada- que agita con blandengues aspavientos sus cinco brazos tentaculares mientras guiña un ojo como queriendo decir, con enorme alarde de agudeza, que los libros iluminarán nuestra vida. Ante tan elegante exaltación de la lectura uno se pregunta cuál será el acervo bibliográfico de su autor, y cuál el de las autoridades que han promovido su compra. Tampoco queda claro qué demonios andará leyendo un bicharraco cefalópodo así, pero si la lectura produce semejantes efectos en los lectores dan ganas de ponerse a ver la televisión.
La cosa parece un engendro pelotero, un espantajo chaparro, un retaco cabezorro, una albóndiga paticorta, un aborto cojitranco, un burujo deforme. Y no sólo no hace nada a favor de la lectura sino que además hace mucho en contra del buen gusto y del entorno, porque presenta una torpe y petulante inadecuación entre la idea y su concreción material. La ocurrencia pueril, el chascarrillo, la tontería, pueden resultar graciosos en una viñeta o como garabato efímero en una servilleta, pero no como carísimo y gigantesco monumento deseoso de perdurabilidad. Mejor y más razonable habría sido construirlo con cartón piedra y aplaudir su incineración en una nit del foc.
En conclusión: una de las cosas más feas que he visto últimamente. Fea de cojones. Y si me dicen que el arte moderno ya no tiene como fin prioritario la búsqueda de la belleza lo comprenderé. Pero el arte y el dinero público no debieran emplearse para añadir más fealdad a la fealdad de las rotondas, del tráfico, de las edificaciones, a la fealdad del urbanismo especulador e insensible. Por favor, retiren ese mamarracho.
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