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Ante el centenario de la proclamación de Alfonso XIII

Actualizado 02/01/2002 - 00:52:43
Don Alfonso XIII, durante su primera visita a la Casa de ABC. Junto a él, de pie, don Torcuato Luca de Tena, fundador de este periódico y de «Blanco y Negro». ABC
Don Alfonso XIII, durante su primera visita a la Casa de ABC. Junto a él, de pie, don Torcuato Luca de Tena, fundador de este periódico y de «Blanco y Negro». ABC
El 17 de mayo de 1902 fue proclamado Rey Alfonso XIII. Tenía 16 años. En mayo de este año, pues, se cumplirá el centenario de la llegada al trono de Alfonso XIII. Los españoles, últimamente, somos especialmente proclives a la conmemoración -que casi siempre se acaba convirtiendo en celebración- de centenarios. Diría que estamos un tanto presos del síndrome de las efemérides. Desde el centenario de la muerte de Carlos III (1788) al momento que nos ocupa hemos pasado por los fastos de los 92, la muerte de Felipe II (1998), el nacimiento de Carlos V (2000), entre otros múltiples referentes centenarios. La memoria histórica va focalizando su atención intermitentemente hacia hitos históricos dispares y la producción historiográfica se polariza durante un año en una sola dirección. La estela más valiosa de la conmemoración de los centenarios es, sin duda, el conjunto de las publicaciones que genera. Los modernistas nunca agradeceremos bastante las actas de los diversos congresos que la Sociedad Estatal para la Conmemoración de los Centenarios de Felipe II y Carlos V organizó y que nos aportan un stock informativo extraordinario respecto a los Austrias mayores que ahora toca digerir. Pues bien, la sola proximidad del centenario de la llegada al trono de Alfonso XIII y cuando estamos todavía bajo los ecos del centenario de la entronización de Felipe V, ha comenzado a generar publicaciones sobre Alfonso XIII. De momento, contamos con dos excelentes y muy recientes biografías, las de Carlos Seco (ed. Arlanza) y la de Tusell-Queipo de Llano (Taurus).
RECUPERADO POR HISTORIADORES
Alfonso XIII es un Rey recuperado por los historiadores respecto a la imagen que de él tuvieron sus coetáneos. No siempre coincide el juicio de los coetáneos y el de los historiadores. Hay personajes bien vistos en su tiempo -por su capacidad mediática, entre otras razones- que después resultan machacados por el tribunal de la historia. Pero ocurre también con frecuencia lo contrario. Un Rey como Felipe V nunca pudo superar durante su reinado los traumas generados por la guerra de Sucesión. La publicística durante su reinado se resiente de esos problemas de imagen. Y, sin embargo, la memoria histórica, mayoritariamente, lo ha redimido de aquellas negativas connotaciones.
Pues bien, Alfonso XIII fue también un Rey al que los historiadores han juzgado -desde los años sesenta, al menos- más favorablemente de lo que lo hicieron sus coetáneos aunque, como ha subrayado Tusell, ello no haya supuesto una gran modificación de lo que se llama «memoria colectiva», esa inercia mental que se nutre de fijaciones tópicas. La derecha de su tiempo reprochó a Alfonso XIII la incapacidad de reacción frente a un parlamentarismo inestable y estéril, una falta de reflejos para asumir la trascendencia de lo que le tocó vivir. El maurismo nunca perdonó los presuntos desaires del Rey y eso se nota en los juicios de Gabriel Maura o del primer Fernández Almagro. Este último lo despacha con palabras como éstas: «aficionado a la política como un político más», «disfrutó de un crédito personal que, por las muestras, no supo administrar con previsión y cálculo». Los liberales salpicaron de reflexiones críticas sus juicios, en general, buscadamente neutros del monarca. Madariaga o Marañón, en cualquier caso, fustigan más la deriva autoritaria de la sociedad española que no la del propio Rey. Madariaga, concretamente, decía que lo propio del monarca «fue pertenecer a una escuela del pensamiento español que no acepta el liberalismo y la democracia. Si la política se presta a crítica no es porque se propuso antes la estabilidad de la Corona que el cumplimiento de los preceptos constitucionales sino por un pesimismo muy español que le hacía apoyarse insensiblemente en la fuerza». La izquierda estigmatizó al Rey como clerical, autoritario, militarista, responsable de Annual y del golpe de Estado de 1923. Los juicios, desde esta orilla, oscilan desde el radicalismo panfletario de Blasco Ibáñez a la acidez de Prieto o la mordaz ironía cargada de narcisismo de Azaña.
EL MONARQUISMO ACOMPLEJADO
El franquismo, por otra parte, radicalizó los juicios adversos del Rey, por liberal y porque con sus debilidades había hecho posible la llegada de la República. Después de la guerra mundial, el monarquismo acomplejado empezó a desperezarse proponiéndose como alternativa al franquismo teñido de connotaciones fascistas. Los juicios de Maura y Fernández Almagro en ¿Por qué cayó Alfonso XIII? (1947) se fueron matizando a favor del Rey. Cortés Cavanillas intentó reivindicar la figura de Alfonso XIII con resultados contraproducentes porque las conversaciones transcritas con el Rey reflejan el pensamiento del último Alfonso XIII, como un Rey exiliado, amargado y reaccionario. Como el Carlos V de Yuste, no es el último Alfonso XIII el más representativo para comprender su significación como Rey.
El descubrimiento auténtico de Alfonso XIII lo hicieron a fines de los sesenta Pabón y Seco. El primero, en su biografía de Cambó (3 vols., 1952-1969); el segundo en su primer acercamiento significativo al personaje (1969). Después han proliferado estudios sobre la España de Alfonso XIII que han obligado a replantear la significación económica, social y política del reinado en términos evidentemente favorables. El libro de Gortázar (1986) rompió el mito de los supuestos negocios ilegítimos del Rey y las biografías recientes, que antes citábamos, de Seco y Tusell culminan un trabajo revisionista de la imagen de Alfonso XIII que ya había dejado tras de sí múltiples publicaciones a lo largo de los años ochenta y noventa.
¿Qué imagen trasciende de Alfonso XIII a través de estas últimas biografías? En primer lugar, un personaje desgraciado que intentó hasta en los peores momentos fingir una felicidad que no tuvo. Una persona que nace unos meses después de fallecido su padre Alfonso XII, vivió una adolescencia vinculada a su madre, se casó en 1906 muy enamorado y que, el mismo día de su boda, sufrió un atentado en la calle Mayor a cargo del anarquista Morral que costó muchos muertos y heridos. Alfonso XIII sufrió mucho el problema del terrorismo. Tuvo cinco atentados (aparte del citado, dos graves, uno en París en 1905 y otro en Madrid en 1913). Debió padecer el síndrome natural de las víctimas directas y supervivientes de atentados terroristas: una mezcla de conciencia providencialista y profundo resentimiento íntimo hacia los presuntos responsables de esa lacra. Los asesinatos de líderes políticos como Canalejas en 1912 y Dato en 1921 agriarían más ese perfil íntimo del Rey.
La presunta frivolidad del Rey tuvo mucho de voluntad de evasión de problemas personales y familiares. La impulsividad visceral generó errores políticos dramáticos pero también produjo aciertos de gran trascendencia mediática (como la famosa visita a las Hurdes de 1922). Su descontrol locuaz -que fustigan Tusell-Queipo-, sus sueños de rey-soldado (que recuerdan a Felipe V), su pasión viajera y deportiva parecen reflejar una angustia interior permanentemente insatisfecha. La infelicidad culminaría en el exilio con las muertes prematuras de algunos de sus hijos y le acompañaría hasta su muerte el 28 de febrero de 1941.
«REY DE LOS MIL PROBLEMAS»
En segundo lugar, es evidente en los tratamientos biográficos del Rey la imagen del rey de los mil problemas, a quien le tocó vivir en una época de larga transición, de cambios trascendentales en la sociedad y en la política, tanto a escala española como a escala general. Los años del reinado de Alfonso XIII son los años del tránsito del liberalismo a la democracia, según Tusell-Queipo, de crisis del sistema de la Restauración dominante en el reinado de su padre, que hace aguas sin alternativa definida, de conflictos internacionales de gran calado como la Primera Guerra Mundial o el surgimiento de los fascismos en Europa, de culminación de los problemas generados por la guerra colonial en África tras el desencanto noventayochista, de profunda agitación social antes y después de la revolución rusa de 1917 y de efervescencia de los nacionalismos periféricos... Demasiadas cuerdas para un violín. Demasiados fuegos encendidos al mismo tiempo, especialmente desde 1917. Toda época convulsa, y los años veinte y treinta lo fue, exige capacidades de adaptación excepcional. El regeneracionismo que pudo ser útil en los primeros años de gobierno se reveló demasiado banal. Pese a la modernidad de su gestualidad personal y política su reinado arrastró demasiados lastres palaciegos (por más que Seco se esfuerza en negar la existencia de las camarillas), con resabios de absolutismo de Antiguo Régimen enquistados en un talante ideológicamente y personalmente liberal. Ser liberal nunca ha sido fácil en nuestro país y a un Rey predemocrático aún le resulta menos fácil. Tusell-Queipo han medido el talante liberal de Alfonso XIII a través del rasero de los reyes de su época y la homologación al respecto es innegable.
 
DESTRONAMIENTO Y DESTIERRO
La tercera dimensión de la personalidad de Alfonso XIII en la que desearía detenerme aquí es su perfil del Rey fracasado, Rey desterrado. A lo largo de la historia moderna y contemporánea sólo fueron destronados su abuela Isabel II y él (si no tenemos en cuenta los sucesos de Bayona protagonizados por Carlos IV y Fernando VII frente a Napoleón). Y, además, destronado por los resultados de unas elecciones municipales. Ni siquiera por una revolución, sino por un presunto consenso democrático adverso. Del Rey que nació Rey en 1886, que nunca fue Príncipe de Asturias, que no tuvo que esperar la muerte o la abdicación de su padre sino sólo la mayoría de edad para reinar, al destronado que hace el patético viaje en un buque de guerra de Cartagena a Marsella recibiendo diversas humillaciones. Alfonso XIII fue el rey-perdedor y como tal perdedor sufrió la acritud de sus enemigos y el silencio mirando a otro lado de la mayor parte de sus amigos. La imagen más aleccionadora del reinado de Alfonso XIII es su propia soledad de exiliado. La soledad del poder perdido, de la monarquía fracasada y derrotada, por sus propios errores (el principal, el exceso de confianza con respecto a sus propias fuerzas y al apoyo de sus correligionarios) y, desde luego, por la gravedad de la conjunción de problemas en juego. «Piloto sin brújula» lo llaman Tusell-Queipo en una sociedad en la que todo era incertidumbre. Seco es muy cruel al juzgar a la clase política que le rodeó, tanto respecto a los monárquicos como a los republicanos. Pero pienso que tiene razón. Yo añadiré que los intelectuales tampoco estuvieron a la altura exigible. El ego, una vez más, en esta «profesión» hizo estragos. Y el itinerario de muchos de estos intelectuales de 1913 a 1930 es realmente penoso.

El «canibalismo político» que ha fustigado Seco corrompió las fidelidades personales y lo más grave: los intereses patrios. El repaso de los veintinueve años de gobierno de Alfonso XIII es una sucesión de gobiernos, un carrusel de ambiciones sectarias entre las que lo que menos contó fue la España que tanto se reivindicaba. El primer intento regeneracionista lo representaría el gobierno conservador Silvela-Polavieja (1899- 1900). El segundo y gran esfuerzo regeneracionista vendrá de la mano de Antonio Maura y su «revolución desde arriba» (1903-1904 y 1909). La crisis del verano de 1909 con la movilización militar por la guerra de Marruecos, la presión del sindicalismo anarquista y socialista en Cataluña, la Semana Trágica y la ejecución de Ferrer y Guardia supondría la caída de Maura y el fin de la convivencia pacífica entre conservadores y liberales. El liberal Moret tomaría el relevo a Maura hasta 1910 y a aquél, Canalejas hasta 1912. Se pretendió recuperar el programa de 1868, con reforzamiento del poder civil y concesiones descentralizadoras como la creación de la Mancomunidad de Cataluña. El asesinato de Canalejas el 12 de noviembre de 1912 abriría una crisis en la dirección del Partido Liberal y el Partido Conservador se escindió con el enfrentamiento de Maura con el Rey. 1917 representará la gran crisis del sistema de la Restauración.

La Asamblea de Parlamentarios de Barcelona de julio de este año se enfrentará al gobierno del conservador Dato y abriría paso a un gobierno de concentración en el que figuraban los nacionalistas catalanes. La coyuntura política de 1918 a 1923 reflejó una tremenda inestabilidad con un desfile de gobiernos que transpiran lo que Seco ha llamado total provisionalidad.

EL MOVIMIENTO OBRERO, ANNUAL...
La escalada del movimiento obrero, el endurecimiento patronal, el desastre militar de Annual (1921), el divorcio entre militares y políticos, la frustración del nacionalismo catalán encabezado por Cambó... contribuyeron decisivamente a hundir el régimen constitucional vigente desde 1876. La Dictadura de Primo de Rivera enterraría el parlamentarismo. Tanto Seco como Tusell-Queipo coinciden en exonerar al Rey de una complicidad directa con Primo de Rivera, pero Tusell-Queipo reconocen que la tentación autoritaria acompañó al Rey desde su famoso discurso de Córdoba de mayo de 1921. El fracaso de la dictadura (Primo de Rivera dimitió el 28 de enero de 1930) arrastró evidentemente en su caída a la monarquía.

ACTUAR O RESIGNARSE
Desde luego, juzgar al Rey desde la óptica de 1931 es fácil. Pero ¿con cuántas complicidades contó de partida el dictador Primo de Rivera? Los análisis de la situación de 1923 por parte de muchos de los que luego se rasgarían las vestiduras, eran idénticos a los del Rey que contemplaba un parlamentarismo que el propio Tusell-Queipo han calificado de patológico. Ante situaciones-límite la única alternativa que le quedaba al Rey era actuar o resignarse. Fuera cual fuera la elección, el fracaso estaba prácticamente garantizado. Este es el profundo dramatismo que encierra la imagen del Rey destronado en 1931. Las palabras de su último manifiesto antes de salir de España, al mismo tiempo que la tristeza del derrotado, reflejan la dignidad del que sabe perder sin un solo reproche a nadie: «Las elecciones celebradas el domingo me revelan claramente que no tengo hoy el amor de mi pueblo.
Mi conciencia me dice que este deseo no será definitivo, porque procuraré servir siempre a España, puesto mi único afán en el interés público hasta en las más críticas coyunturas. Un Rey puede equivocarse y sin duda que erré alguna vez, pero si bien que nuestra Patria se mostró en todo momento generosa ante las culpas sin malicia. Soy el Rey de todos los españoles y también un español. Hallaría medios sobrados para mantener mis regias prerrogativas, en eficaz forcejeo con quienes las combaten. Pero resueltamente quiero apartarme de cuanto sea lanzar un compatriota contra otro en fratricida guerra civil».
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