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Tributo a Herreros, alma de «La Codorniz» en aquella España de «la perra gorda»

Enrique Herreros hijo homenajea en «La Codorniz de Herreros» a su progenitor y salda cuentas con Sara Montiel, que dio «carpetazo» como manager a Herreros padre

Actualizado 01/12/2005 - 10:20:07
ÁNGEL DE ANTONIO  Herreros abraza a Mistral, entre Melquíades Prieto y J. A. Suárez
ÁNGEL DE ANTONIO Herreros abraza a Mistral, entre Melquíades Prieto y J. A. Suárez

ANTONIO ASTORGA

MADRID. Enrique Herreros, un tipo que bajaba las escaleras sin pisarlas, estará cerca de Goya en el séptimo cielo, dicen quienes bien le conocían. Creó, dibujó y publicó 807 portadas, 45 contraportadas y 2.303 piezas en «La Codorniz». Fue cineasta(«María Fernando la Jerezana», 1946), grabador, fotógrafo, humorista, cinéfilo, publicista y manager, por ejemplo, de Sara Montiel, que según Enrique Herreros hijo maquinó una desavenencia hacia su progenitor olvidándose de todo lo que Herreros hizo por ella, «como encumbrarla hasta la cima del cine de habla española». Lo cuenta Herreros hijo en «La Codorniz de Enrique Herreros» (Edaf). En este homenaje otros ocho genios -Azcona, Cándido, Forges, Máximo, Mingote, Munoa, Peridis y El Roto- se meten en la botella del mago Herreros para dar lustre a su maestría.

«Cupletitis, enfermedad venérea»

Con Enrique Herreros se rompió el molde. Era irrepetible. Nació un día de muchas nieves en Madrid: 29 de diciembre de 1903. Sus primeros escarceos amorosos residieron en las criadas. Cuenta su hijo Enrique que su mentor «sostenía largas charlas con las muchachas de servir, amparadas por la lumbre del fogón de carbón; diálogos entre los platos sucios y, sobre todo, camuflados por el fregadero de piedra de la cocina tan propenso y cómodo para el «magreo», dada su solidez y resistencia a toda clase de vaivenes». En 1924 llama a la puerta del Buen Humor. Conoce a Tono, Mihura, Neville, a la «otra generación del 27», un grupo que no se desperdigaría y siempre se alegraría del éxito de los demás. Y despega «La Codorniz».

«Enrique Herreros era un hombre ingenioso, humilde, pudoroso, vergonzoso y recatado. Por eso a veces se salía de sí». Así lo dibujó Nati Mistral al presentar ayer este tributo codornicesco a vista de pájaro de su hijo y sus amigos. ¿Cómo se explica usted que tuviera esa personalidad poliédrica?, le preguntan. «¡Pues como Leonardo da Vinci, mi vida! Con sus aguafuertes, con cómo ser torero en 10 días y todo en cuatro horas. Él me decía: «Nati, España es el país de la perra gorda: luchamos, vivimos, padecemos, sufrimos y a la hora de la verdad, nada de nada. A mí me enseñó la vida. Pero tuvo un defecto: no marcharse de España, como Picasso o Dalí. España sabe querer, pero no sabe mimar. Se quedó en esta piel de toro que maltrata a sus hijos».

Herreros llamaba a Mistral «manchega ibérica», que se refirió a un «capítulo polémico» que Herreros hijo le dedica a la ex-mujer de Anthony Mann en «La Codorniz de Herreros». «Gracias por ocuparte de mí, pero tu intención es darle la patada a la otra» (Sara Montiel), le entrega la «patata caliente» Mistral a Herreros hijo, que confiesa: «Hay una enfermedad que se llama «cupletitis» y que es venérea. A mí me salió la sangre de mi abuela gallega, que la puñetera era insistente. Debo confesar que el libro no lo he escrito yo. He sido el amanuense de mi padre, con el que tengo una vocación y una vinculación».

El 12 de diciembre de 1963 Sara Montiel rompe con Enrique Herreros. La tensión vivida y mantenida en los últimos tiempos en el entorno de la Montiel afectó seriamente a la salud del humorista, que se había echado encima 50 años. La eliminación de Herreros de la vida de Montiel fue «maquinada por ella» (Herreros hijo dixit) con procedimientos similares «a los que utilizaban las amas de casa que dirigían el cotarro del servicio doméstico al cruzárseles el moño y echar con cajas destempladas y lo puesto a cualquier pueblerina».

«Los casi veinte años de servicios prestados en beneficio de la diva habían sido olvidados, criticados y defenestrados en un santiamén -escribe Enrique Herreros hijo en «La Codorniz de Herreros»-. Ella iniciaba una política de amnesia referente a todo lo que él [Enrique Herreros padre] significaba: se había olvidado de lo que había hecho por ella, como encumbrarla hasta la cima del cine de habla española, optaba por tergiversar nombres y hechos; arrinconaba tiempos de convivencia bajo el mismo techo cuya intimidad se privatizaba al cerrar la puerta del dormitorio común de Alburquerque o en las innumerables habitaciones comunicadas entre sí, de tantos hoteles de tantos viajes y giras. Su ingrato mundo daba carpetazo a todo aquello; sin embargo, quedan ejemplos de sus tergiversaciones». Polémica jacta est.
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