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LISBOA ARRIBA

Actualizado 01/12/2002 - 08:22:25
ENTRAMOS en Portugal por Mérida, deteniéndonos a revisitar las ruinas arqueológicas y el museo que Moneo adecentó para guardar sin ahogos los restos del pasado de Roma en Hispania. Es un hermoso museo, con piezas de valor, pero, como siempre en los museos, se siente con mayor intensidad la ausencia de todo lo que falta que la presencia de lo que hay. Es un conflicto irresoluble éste, que no va en demérito de nadie -ni en el de los contenidos ni en el del arquitecto-, sino que está ahí y existe, en todos los lugares y en todos los museos, como una llamada a la melancolía o como una reivindicación del tiempo. El tiempo, claro está, de las cosas que se exhiben y no el del visitante, que contempla objetos de otra época, de un tiempo fuera ya del tiempo porque pasó y se fue, ajeno a las reminiscencias que pergeña su posteridad. Mérida, tan romana y tan mora, con sus ruinas y su museo, contemplada al atardecer desde la muralla de la Alcazaba, con el río a los pies, rendido ante las luces triunfantes del ocaso, convoca los fantasmas contradictorios de uno -romano por vocación que siente por sus venas correr en paz las sangres árabe y judía -, sin resolverse nunca.
Nuestra intención era recorrer Portugal, desde su capital hacia arriba, para salir cerca de casa. Lisboa, nuestra primera parada, está, literalmente, patas arriba: con las piedras de sus plazas levantadas, andamios que la ocultan, zanjas en el suelo y polvo recubriendo sus fachadas. Es una ciudad pero parece una vieja vencida por los muchos años o tal vez una niña que se cayó jugando al juego de remozarse para ese galán recién llegado que sería el nuevo siglo. Los lisboetas, con tanto tráfago, se encuevan en los bares y leen diarios o discuten de fútbol, como si las únicas cosas que pasaran son las que acontecen lejos y no fueran con ellos las obras del barrio o los desvíos que se ven obligados a dar para llegar a los muelles desde donde se cruza el Tajo. Con todo y con eso, Lisboa está preciosa -como si pudiera no estarlo, pienso, nada más escribir la frase- y ya casi con el pie en el estribo acierto a encontrar mi propia teoría del encanto de Lisboa, que es ese dulce y respetuoso anonimato que ofrece a sus visitantes y conmemoran todas la estatuas que recuerdan a Pessoa.
De cuantos lugares recorrimos -Cascais, Sintra, Coimbra, Oporto-, a decir la verdad, el único que no estaba en obras fue Óbidos. Dispuesto en una sierra, Óbidos es un pueblo pequeño y colorista que tiene el encalado blanco de las casas ornado con un azul imposible, flores en los balcones y los azulejos que no faltan en ningún rincón de Portugal. Sigue siendo un pueblo medieval y se le nota que en algún momento de su historia suspiró por la locura de querer ser marinero. Desde lo alto de sus murallas se avistan a lo lejos villas de antiguo esplendor y densas manchas de arbolado, pero no se ve el mar. Tiene algo de tristeza ese ser suyo que lo constituye, ese ser, como la nieve de Ramón Gaya, medieval: un caer interminable en medio de la noche oscura sin terminar nunca de cuajar el futuro.
De Cascais o Sintra, como del Castillo da Pena, no hablaré: las encontramos ahogándose entre la gente. No es que hubiera más turistas que en los otros sitios, sino que en ellas se hacen notar más por su admirable aspecto de plaza de provincias. Coimbra, con la piel de su explanada universitaria desollada, necesitaría para ella sola el espacio de otro artículo. Es un lugar con texturas propias y personalidad inconfundible, diríase que diseñado para la nostalgia, en el que las perennes aguas del Mondego o la luz acurrucada contra la piedra de sus atardeceres son sólo dos de las imágenes que nos bastan para recordarla siempre o para desear quedarse a vivir en ella.
Luego, camino ya del norte a través de carreteras con retenciones, Oporto, que también se está lavando la cara en mitad de su reinado como Capital de la Cultura. Es el sino de las ciudades históricas de Europa: han sido mucho y deben actualizarse para seguir siendo al menos algo. Aunque no Oporto, que incluso descascarillada y vieja se vale para alzarse en la cuenta de los afectos del viajero por Portugal con el liderato, tal vez porque en la voz del Duero resuenan las voces lejanísimas de los ríos de su infancia. No son sus cafeterías y librerías modernistas, ni el atrio y mirador de su catedral, tal vez, las razones de esta preferencia, sino esa tarde repetida en cada una de las visitas en que, en una terraza de Vila Nova de Gaia, con los últimos rayos del sol atravesando el dulce cuerpo de una copa de oporto, parecen reconocerse en la música del agua que pasa bajo el Puente de Dom Luís los ecos distantes del Torío y el Omaña, modestos y apagados bajo otras muchas voces, anunciando la proximidad del regreso y recordándonos una vez más -como si hiciera falta- que, igual que en los museos y en todas partes, sentimos siempre más intensamente la ausencia de lo que nos falta que la presencia de lo que gozamos, y que esa -el deseo de estar siempre donde no estamos- es la razón y nostalgia de los viajes.
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