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El Papa canoniza al primer indio en la historia de la Iglesia

Docenas de caracolas marinas y millares de maracas resonaron ayer en la basílica de Guadalupe bajo una lluvia de pétalos de rosa cuando el Papa canonizó a Juan Diego, el primer santo indio en la historia, medio milenio después del descubrimiento del Nuevo Mundo. Las danzas indias ante el altar de la Virgen Morenita marcaron la ceremonia más espectacular de todo el Pontificado.

Actualizado 01/08/2002 - 08:53:31
CIUDAD DE MÉXICO. Millones de mexicanos salieron a la calle a aclamar al Papa durante el recorrido de veinte kilómetros desde la nunciatura hasta la Villa de Guadalupe pasando por la plaza del Zócalo, donde le aplaudieron a su paso 120.000 jóvenes. Aunque en México era ya un día de gran fiesta, nadie esperaba que el Papa entronizase de modo tan llamativo la cultura indígena en la liturgia en el principal santuario mariano del mundo, visitado cada año por 20 millones de personas.
La danza ritual de catorce aztecas adornados con bellísimas plumas multicolores no era un espectáculo folclórico, sino un homenaje religioso a la Virgen mestiza y al indio chichimeca Juan Diego Cuauhtlatoatzin, cuyo nombre significa, como recordó el Papa, «el águila que habla». Era lógico que la canonización del primer indio americano se celebrase al estilo de los indígenas, que ayer protagonizaron la música, las ofrendas y la mayor parte de los elementos simbólicos en la canonización más colorista de la historia.
«Respeto y admiración»
Después de escuchar el Evangelio en náhuatl, el idioma que hablaban la Virgen y Juan Diego, Juan Pablo II dirigió en su homilía «un saludo muy entrañable a los numerosos indígenas venidos de las diferentes regiones del país, representantes de las diversas etnias y culturas. El Papa les expresa su cercanía, su profundo respeto y admiración». El Santo Padre recordó que en las apariciones de Guadalupe en 1531, la Virgen tomó los elementos centrales de la cultura indígena, los purificó y les dio el sentido de salvación.
Escogiendo a un indio laico de 57 años, viudo desde hacía poco y padre de varios hijos, la Virgen demostró «que Dios no repara en distinciones de raza o de cultura. Juan Diego, al acoger el mensaje cristiano sin renunciar a su identidad indígena, descubrió la nueva humanidad, en la que todos están llamados a ser hijos de Dios en Cristo. Así facilitó el encuentro fecundo de dos mundos y se convirtió en protagonista de la nueva identidad mexicana, íntimamente unida a la Virgen de Guadalupe, cuyo rostro mestizo expresa una maternidad espiritual que abraza a todos los mexicanos».
Con enorme fuerza, el Papa declaró que «es necesario apoyar hoy a los indígenas en sus legítimas aspiraciones, respetando y defendiendo los auténticos valores de cada grupo étnico. ¡México necesita a los indígenas y los indígenas necesitan a México! Amados hermanos y hermanas de todas las etnias de México y América, al ensalzar hoy al indio Juan Diego, deseo expresarles la cercanía de la Iglesia y del Papa a todos ustedes, abrazándoles con amor y animándoles a superar con esperanza las dificultades que atraviesan». Sus palabras facilitarán la convivencia de razas en toda América y en la Republica de México, cuyo presidente, Vicente Fox, asistía a la misa entre el público junto con su familia.
La belleza sin precedentes de la ceremonia de ayer y su alcance en el futuro del catolicismo en América explican por qué Juan Pablo II, que ayer estaba cansado, se empeñó en venir a Guadalupe a pesar de sus problemas de salud y de la opinión contraria de buena parte de la curia vaticana. La mitad de los mil millones de católicos viven en el Continente de la Esperanza, cuya evangelización era muy lenta hasta que la intervención de la Virgen en Guadalupe extendió la fe de modo arrollador.
Dirigiéndose al mundo entero, el Santo Padre señaló que «Guadalupe y Juan Diego tienen un hondo sentido misionero y son un modelo de evangelización perfectamente inculturada». El arzobispo de Ciudad de México, Norberto Rivera Carrera, que ayer se incluyó «entre los que llevamos orgullosamente nuestro mestizaje», desbordaba alegría al contemplar el final feliz de la tarea iniciada por su primer antecesor, el franciscano Zumárraga, quien no creyó a Juan Diego hasta que el indígena le mostró las rosas de Castilla y la inesperada imagen de «la Madre del verdadero Dios» en su modesta capa de fibra de maguey.
La «Coatlaxopeuh» («Vencedora de la serpiente»), asimilada en español como «Guadalupe» por similitud con el santuario extremeño, es patrona de las Américas desde hace casi un siglo. Ayer se añadió, a su culto, el de su «Juanito, Juan Dieguito», al que llamaba también «el más pequeño de mis hijos». A su paso por la plaza del Zócalo, el Papa bendijo una campana de bronce de tonelada y media de peso que sonará en lo alto del futuro templo de Juan Diego.
El campesino chichimeca, que la llamaba con toda confianza «Señora y Niña mía» según la primera narración en náhuatl, es ya, para los católicos del mundo entero, ejemplo de padre de familia y de evangelizador. Al término de la ceremonia, la pregunta inevitable era ¿cómo ha podido la Iglesia tardar quinientos años en canonizar al primer indio? En este tiempo, el santoral ha añadido centenares de europeos, africanos y asiáticos. Faltaban los indígenas americanos. Desde ayer hay ya uno y pronto habrá un templo en su honor junto al cerro del Tepeyac, el lugar donde la Morenita le salió al encuentro para cambiar la historia de América y la geografía del catolicismo.
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