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Carreras: 50 años de Liceu

EN 1993, entre cerveza y cerveza en plena Rambla, comentaba con un amigo el regreso de Josep Carreras al Liceu en la ópera «Fedora», de Umberto Giordano. Se daba la circunstancia de que el gran tenor

Actualizado 01/06/2008 - 03:09:47
EN 1993, entre cerveza y cerveza en plena Rambla, comentaba con un amigo el regreso de Josep Carreras al Liceu en la ópera «Fedora», de Umberto Giordano. Se daba la circunstancia de que el gran tenor barcelonés volvía a la escena liceísta en la misma producción que en 1988 había acogido a un Carreras recién recuperado de una leucemia que casi le cuesta la vida: todavía convaleciente, el cantante acudió al Liceu como espectador a ver una «Fedora» que interpretaban Plácido Domingo y Renata Scotto, dos de sus amigos y compañeros de batalla, quienes le recibieron con cariño y le obligaron a aparecer en el escenario de «su» Liceu reencontrándose con el público, más que como el gran cantante que era, como un ser humano que acababa de ganarle la batalla al cáncer.
Este episodio íntimo marcó no sólo la vida de un hombre en la plenitud de su vida y de su talento, porque también fue fundamental en la de una estrella inconmensurable en el mundo artístico internacional, la de un tenor idolatrado en medio mundo, el mismo que en enero de 1958 debutaba en el escenario del Liceu siendo sólo un niño en la ópera «El retablo de Maese Pedro», de Manuel de Falla. Sí, hace ahora 50 años. Por eso el Gran Teatre ha organizado un gran homenaje en honor de este catalán universal que el próximo 17 de junio ofrecerá un recital ante los liceístas, pero que este jueves inaugurará en los salones del Liceu una exposición que repasa este medio siglo de trayectoria artística y de la que tengo el honor de ser el comisario.
Carreras entró en mi vida casi por casualidad, cuando hace unas décadas me hicieron escuchar la última grabación de la ópera «Tosca» de mi soprano favorita, Montserrat Caballé. El tenor de esta grabación era un joven y brillante Josep Carreras. A pesar de que ambos ya habían realizado varias grabaciones juntos, hasta que no le escuché su Mario Cavaradossi no conecté con esa voz que era todo terciopelo, que con su canto conmovía hasta las piedras porque representaba el sonido de la pasión. Después de esa audición vino el típico «enamoramiento-freaky» del operófilo al ir descubriendo su impresionante Werther -al lado de una deliciosa Frederika von Stade- y muchos otros personajes plasmados en una forma de interpretación única que me han marcado como aficionado al género.
Al formar parte de este homenaje a Josep Carreras tendré el privilegio de agradecerle muchas horas de emociones íntimas, de pequeñas conmociones anímicas que me han convertido en la persona que ahora soy. La exposición, abierta entre el 5 de junio y el 31 de julio, repasa parte de una historia que desemboca en la Fundación Josep Carreras para la lucha contra la leucemia, el último acto de este barcelonés que besó la gloria.
Pablo
Meléndez-
Haddad
LA VIDA EN SOLFA
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