Entrevista

Esperanza Peláez, Club Gastronómico KM 0: “Los guisos de siempre están volviendo a las cartas porque vamos a comer fuera lo que no comemos en casa”

Por Carlos Mateos/ María J. Sánchez,

Esperanza Peláez, Club Gastronómico KM 0: “Los guisos de siempre están volviendo a las cartas porque vamos a comer fuera lo que no comemos en casa”

En apenas 48 horas, la sala en la que Esperanza Peláez nos recibe volverá a subir el telón para mostrar parte de la riqueza gastronómica y agroalimentaria de la provincia de Málaga. Al fin y al cabo, como ella misma nos comenta, en lo que se conocen como los ‘Viernes de KM 0’ la gente llega para presenciar lo que vendría a asemejarse a una obra de teatro. A escena, productores, cocineros y profesionales de un sector que ha evolucionado a pasos agigantados en las dos décadas que esta periodista malagueña lleva hablando de ellos.

Sí, como imaginan, Gurmé Málaga entrevista a la fundadora del Club KM 0 y coordinadora del suplemento ‘Málaga en la mesa’ de Diario Sur en la sede del mismo, en pleno centro de Málaga. Esperanza es una persona muy querida y reconocida por su trabajo y por ese afán y pasión que pone por darle el lugar que se merece a lo que se genera y ‘cocina’ aquí y hemos de decir que en no pocas ocasiones nos han hablado de ella. Es este uno de los motivos por los que nos propusimos conocerla más de cerca y saber qué hay en la trastienda de esa iniciativa que arrancaba en 2011 cuando apenas se vislumbraba en lo que se ha convertido la gastronomía malagueña…

‑ Esperanza, Club Kilómetro 0 “nace con el objetivo de promover y difundir la riqueza culinaria y gastronómica de Málaga”. ¿La versión amable de una academia gastronómica?

‑ No, para nada. Somos muy diferentes, la verdad. Club KM 0 es un club de ocio que hemos encauzado en paralelo para poner en marcha proyectos que aporten valor a la sociedad, como es el caso de las actividades que hemos estado haciendo en los corralones de Trinidad y Perchel, apostando por la preservación de la cocina tradicional y tratando de que todo ello genere una actividad económica en el barrio. Esto por citar un ejemplo. Al final la Academia es una entidad potente, con cabida para profesionales que están vinculados de una u otra manera al mundo de la gastronomía pero que no permite que se haga uso o provecho de esa vinculación. Son números clausos, 50 académicos, y el funcionamiento es completamente distinto. Es una institución como te digo bastante representativa y realmente no que ver con lo que somos en el Club o con la Carta Malacitana, que estaba en 2011 ya, cuando arrancábamos noostros. De hecho yo fui socia fundadora pero al final no puedes con todo y hay que ir dejando cosas de lado… Al final cada uno tiene su función y valores. No hay lugar a confusión.

Yo también pertenezco a la Academia Gastronómica de Málaga porque llegó un momento en el que consideré que debía haber mujeres y fue por ello que yo misma pedí el ingreso. El presidente, Manolo Tornay, lo vio pertinente y así fue que facilitó que estuviera ahí. Pero bueno, una cosa no tiene que ver con la otra. Como te comento, en KM 0 la esencia está en apostar por productores locales, por profesionales malagueños y por rescatar la cocina tradicional que estaba quedando en el olvido. De ahí han ido surgiendo iniciativas y proyectos que están haciendo que evolucionemos de una manera que jamás habíamos pensado. Actualmente hay muchos frentes abiertos y estamos intentando dar respuesta a ello, trabajando por esa línea. Ten en cuenta que desde que nació el club hasta el día de hoy el panorama ha cambiado notablemente. Esa tarea de rescatar recetas antiguas antes no tenía glamour ni era rentable… ¡Y mira ahora!

‑ Hemos leído en alguna entrevista que haces especial mención al gazpachuelo que te enseñó tu abuela. Ese gusto por el cuchareo y los guisos empezó en casa, ¿no?
‑ Sí, fue un poco así. Realmente ha sido en mi familia pero no tanto de ver a mi abuela cocinando. Ella ya era muy mayor cuando empecé a compartir momentos con ella de charlas en los que la gastronomía era nuestro tema de conversación. Fue a raíz de ir envejeciendo, en esas visitas que le hacía. Se sentaba en el sillón y me contaba historias de antaño, cómo se guisoteaba en sus tiempos de juventud y fue algo que me hizo apreciar bastante esa labor. En paralelo, tengo que decir que la gran transmisora de esa tradición culinaria ha sido mi madre, mis tías, mi tía Arora, que era cocinera de un colegio, las hermanas de mi padre… Me he criado en un ambiente en el que se ha cocinado muchísimo y eso me ha marcado.
‑ Estudiaste periodismo pero durante un tiempo escribías sobre tribunales para el diario El País, ¡nada que ver con estos menesteres!

‑ Pues es cierto que mi labor principal era otra, pero te puedo contar que siempre que podía hacía periodismo gastronómico, como una vía de escape a temas complicados y arduos que se trataban en el periódico. Probablemente fue clave el verano del 98. Me encargaron escribir diariamente recetas que me diera algún cocinero y yo propuse ir publicando recetas tradicionales andaluzas que gustaron mucho y de ahí empezó a ir llegando todo lo demás… Como sabrás, para los periodistas es complicado encontrar un hueco. En los medios sobra mucha gente y es difícil tener un lugar. En paralelo fui haciendo un espacio de radio, en Cadena Ser, y con Gabi Beneroso, mi actual socio en KM 0, realizamos un documental sobre el olivar. Después llegaron los libros, tenía mi blog, ‘La cocina de las emociones’, y llegó la propuesta de Diario Sur del suplemento ‘Málaga en la mesa’. José Miguel Aguilar, el subdirector, pensó en mi y pues ya son más de 400 números, ¡411 para ser exactos! Los temas han ido cambiando de manera notable. Si ves una de las primeras publicaciones y la comparas con uno actual, es otro concepto diferente. Ha pasado por etapas y al final lo prodigioso es comprobar cómo hemos avanzado a medida que Málaga iba a más. La marca ‘Málaga’ tiene más fuerza de la que pudiera parecer.

‑ Esperanza, ¿y cómo fue que pensasteis en poner en marcha esta agrupación? ¿Qué motivos te llevaron a fundar KM 0?

‑ ‘Málaga en la mesa’ comienza en noviembre de 2011 y cuando aquello no existía Sabor a Málaga, que empezaría un año después o así. Como te comentaba, yo ya iba haciendo temas de gastronomía pero nada que ver con lo que supuso meterme de lleno en un sumplemento de ámbito local que me permitió comprobar la efervescencia de la cocina malagueña. Me sorprendió comprobar la cantidad de gente que estaba haciendo cosas nuevas y que estaba apostando por ese camino. Fue entonces que me surgió la inquietud. Pensé que era importante hacer llegar al público todo eso que estaba descubriendo y de ahí surgió crear una propuesta de ocio en torno a la gastronomía para que los profesionales, empresas, productores, etc., llevaran su trabajo al público final, a quienes pudieran estar interesados en ello.

Actualmente somos 283 socios y organizamos bastantes eventos. El fundamental, el clásico, por así decir, es el de ‘Los viernes de KM 0’, que inicialmente era diario. Imagina, el primer año se realizaban catas y presentaciones todos los días y eso fue un trabajo enorme. Reunimos todo tipo de productos y de personas, catas de aceituna, de vinos, de quesos… Y cuando aquello nadie lo hacía. Ahora sí es más frecuente pero imagina hace siete u ocho años. La idea era que esos bienes se introdujeran en el canal Horeca y por eso se invitaban a cocineros y cocineras de toda la provincia, entre otros asistentes. Con el tiempo se ha ido puliendo la oferta y ha cambiado la dinámica. Ahora se organizan salidas y viajes, por ejemplo. En diciembre vamos a la región de Champagne, pero siempre con la misma filosofía, la de ir al pequeño productor, a esas personas que le prestan especial atención y cariño a lo que hacen. Nos organizamos para visitar bodegas, restaurantes, queserías… Es ese ocio en torno a la gastronomía que te decía antes.

‑ Desde tu posición podría decirse que has estado sentada en primera fila en esta función. ¿Cómo valorarías el panorama gastronómico de Málaga?

‑ Málaga es un destino gastronómico porque tiene muchas cualidades que lo convierten en un destino en su conjunto. Tiene muchísimas cosas a favor, la verdad. Por un aparte, había previamente un germen importante, el haber vivido durante muchos años de esa industria. Por otro lado, está la propia configuración de la provincia, lo ortográfico y geográfico, el tener variadas zonas de producción, materias primas excelentes…

Lo que sucede es que a los malagueños nos cuesta darnos cuenta de ello pero la realidad es que nuestro territorio es rico y diverso. Aquí había y hay muchos pequeños productores, empresas pequeñas, micro pymes que la forman el marido, la mujer y los hijos, como mucho, y la mayoría con poca capacidad para proyectarse. ¿Qué ocurrió entonces? Que llegó Sabor a Málaga y consiguió poner en el punto de mira a toda esa gente, crea una especie de escaparate y abre los canales de venta, otros mercados de los que nutrirse.

En paralelo hay que hablar de las escuelas de hostelería. Surge La Cónsula, La Fonda, y emerge una generación de cocineros que son un referente a día de hoy. Dani García, José Carlos García, Paco García, Cristian Jiménez, Yolanda Fernández. Estos son solo algunos nombres de los muchos que han ido saliendo de estos centros, ¿eh? Yo puedo dar fe de la formación que se estuvo dando. Pasé por una escuela de cocina, haciendo un grado superior, pero luego lo tuve que dejar por falta de tiempo. Eso me permite también hablar de ese buen nivel y gran material con el que se contó en esos centros.

Con todo esto lo que quiero decirte es que hay muchísimas cosas que permiten que destaquemos gastronómicamente, algo que se suma a los otros atractivos que tiene málaga, cuya imagen de marca es notable y tiene bastante fuerza. La cruz está en eso que decía antes, que al final aquí siempre hemos mirado para fuera y tal vez no se ha valorado lo suficiente lo que teníamos y tenemos alrededor. Somos muy amantes de la novedad y eso tiene pros y contras. En ocasiones nos hemos olvidado de todo lo que hay detrás de la innovación, del patrimonio, de la tradición.

Esperanza Peláez con Marcos Granda a las puertas de Skina, que acaba de conseguir su segunda estrella Michelin.

Esperanza Peláez con Marcos Granda a las puertas de Skina, que acaba de conseguir su segunda estrella Michelin.

– Ahora me gustaría que nos situáramos en la capital. Pongamos aquí el foco. ¿Qué le falta a málaga para estar entre las ciudades punteras en gastronomía? Parece ser que Marbella brilla con luz propia y aquí…

– Bueno, es que Marbella y Málaga son dos mundos completamente distintos. La primera tiene un público con un poder adquisitivo que permite que surjan determinados restaurantes para dar respuesta a esa demanda. Respecto a Málaga, creo que desde mi punto de vista hay un problema que necesita solución urgente y me refiero concretamente al turismo. Los precios en el centro se han disparado y eso hace que los alquileres solo puedan afrontarlo franquicias o empresas inversoras fuertes. Estas suelen primar la decoración o la puesta en escena por delante de la oferta gastronómica y eso repercute en el resultado, en el conjunto. Eso no significa que en Málaga capital no haya una buena propuesta de restaurantes, tanto en el centro, si te mueves por determinadas zonas, como por la periferia. A día de hoy se encuentran negocios pequeños que los regentan profesionales que atienden cocina y sala, que ponen un toque diferente, abogan por la diversidad y por una calidad notable.

Lo que sí echo en falta por esta zona es que haya sitios de mesa y mantel con un servicio de nivel. Demanda de esos lugares existe, gente que busca espacios para impresionar a clientes o a amigos, donde se les atienda bien, con una bodega cuidada y productos de calidad. Ahora bien, si me preguntas por los sitios en los que, a mi parecer, se come mejor he de decirte que suelen ser los más informales, que no están entre esos top de la oferta gastronómica local. También te diría que cuanto más te alejes del casco histórico más posibilidades de dar con bares y restaurantes donde se come estupendamente. Hay profesionales que no pueden pagar estos precios y se van hacia otras zonas, a los barrios que se alejan del centro.

– Esa revalorización del casco histórico al final parece estar trayendo tantos inconvenientes como ventajas. ¿Corremos el riesgo de perder los establecimientos con personalidad y singularidad y acabar en un parque temático de franquicias? ¿Consideras que los organismos públicos están involucrados en solucionar todo esto?
– Yo ya te digo que pienso que sí siguen poniéndose en marcha proyectos cuidados y que están bien, que merecen la pena, sitios con personalidad, y a ellos hay que reconocerles además el mérito del tener que abordar una inversión importante. Esto es una cuestión complicada porque no creo que se pueda limitar la libertad de los propietarios de poner los precios de alquiler que ellos consideren para sus propiedades. Lo que sí entiendo que han de ponerse en marcha medidas para ir acotando el tipo de turismo que queremos que venga a Málaga y eso es algo que solo es posible si se ponen de acuerdo tanto la Administración local, el Ayuntamiento, como la Junta de Andalucía y las entidades que representan a los hosteleros, la verdad, pues ellos han de poner de su parte de igual forma.

Hay varios flecos que sería importante resolver. Por ejemplo, y esto lo digo porque lo vivimos en primera persona en KM 0, está el tema del reparto en el centro de Málaga, la logística para quienes trabajan aquí. A veces tienes que recorrer varias calles para traer la mercancía y es complicado trabajar de esta manera. Si tu objetivo es ser referente gastronómico, hay muchos factores implicados en todo ello…

Respecto a la administración, añadir que entiendo que sí hay fórmulas para ello pero que las soluciones las han de buscar ellos. No dudo que estén implicados pero hay que ir más allá. Cuando volví de Madrid en el año 96 la ciudad parecía un desierto y fíjate ahora. Si de repente quebrara este modelo de crecimiento que se ha dado, imagina lo que volvería a parecer el centro. Habría muchísimos edificios vacíos, pues están tomados en su mayoría por turistas y servicios afines a esta industria. Habría que atraer a quienes queremos que venga de alguna forma.

– En tu libro sobre los corralones escribes con nostalgia de una Málaga que parece que se pierde irremediablemente. ¿Hay vuelta atrás? La cocina doméstica parece estar perdiendo la batalla a un ritmo preocupante.

– En una entrevista que hice a Ferran Adriá le pregunté cómo se comería en el futuro y él me dijo: ‘a la carta’. Entonces no entendí la respuesta pero ahora lo veo claro. Para que la cocina se mantenga hay que practicarla y a día de hoy es complicado. La gente no se plantea poner un puchero o hacer migas, eso es así. Pero también lo es que está la posibilidad de meterse a cocinar los fines de semana con la familia o bien incorporar medios que faciliten la tarea, como es comprar unos garbanzos que están listos para preparar, pues hay conservas y productos que lo agilizan todo.

El quid de la cuestión está en que haya transmisión de la tradición y las escuelas deben participar en ello. Deberían tener asignaturas donde los jóvenes aprendieran las recetas de siempre y que en las casas se practicara eso. Actualmente pareciera que la cocina tradicional está quedándose como patrimonio de las personas con cultura y un poder adquisitivo suficiente para apreciarla y permitírsela y es algo que sorprende. Lo que ha ocurrido es que la cocina tradicional, que se basa en productos que antaño eran baratos, ha evolucionado y ahora, por ejemplo, una sopa de rape, que antes se preparaba con lo que eran desperdicios del pescado, con la cabeza, supone ahora un coste que no todo el mundo puede abordar. Lo mismo ocurre, por poner otro ejemplo, con la gamba cristal, que ya tiene su precio y antes no. O el santiaguiño, sobre el que leía el otro día, que antes era de descarte y ahora en Galicia se cotiza a un gran nivel.

Si me preguntas, con todo esto, que es necesario para esa transmisión y para que se vuelva a cocinar como antes, debo decir que se requiere de educación y sensibilidad social. De qué vale además que en estos momentos se valore mucho el producto si solo una élite tiene acceso a ello y a esa comida de calidad. ¿Para que el resto se alimente de manera deficiente? Eso nos lleva también al tema de la salud, del gasto sanitario, de cuánto cuesta invertir en prevención, que no es tanto.

Me viene a la memoria un proyecto, de los más bonitos que han surgido en torno a recetas antiguas, que surge en El Palo, entre un grupo de sanitarios que empezó a promover la vida activa entre sus pacientes más mayores. Les animaron a recuperar recetas de su pasado y a compartirlo con otros usuarios del centro de salud. De ahí ha surgido un libro y una asociación y todo esto no ha tenido un coste elevado. Ahora se transmite ese sabor a los colegios y así se va educando a las nuevas generaciones.

– Son muchos años trabajando para que el recetario tradicional no se pierda pero parece que cuesta encontrar cocina malagueña tradicional de calidad en la hostelería. ¿Por qué cuesta tanto mostrar nuestra cocina?

– En estos momentos hay que decir que los guisos y los platos de siempre están volviendo a las cartas y eso tiene una explicación lógica: vamos a comer fuera lo que no comemos en casa. La cocina tradicional en estos momentos está siendo más valorada que nunca. Y bueno, yo sí creo que hay lugares que ofrecen gastronomía local con calidad, y no son solo algunos. Diría que hay muchos. Lo que sucede es que me cuesta encontrar cada vez más la cazuela de fideos de mi madre, que es lo que realmente me identifica. Eso se debe a que las generaciones que están saliendo de las escuelas no están mamando esa cocina que es nuestra base. De profesionales jóvenes vas a apreciar el sabor, por supuesto, pero es complicado que sea algo que te emocione, que te lleve a lo que sientes como tuyo, a unas experiencias y unos recuerdos. Dentro de dos o tres generaciones es probable que esas sensaciones se hayan perdido porque la cocina con la que ellos han crecido carecía de ese punto diferencial.

Rafael Ansón dijo hace un tiempo que llevábamos ya años con los cocineros y profesionales de la hostelería como prescriptoras de la cocina. Estos habían dejado de ser los padres y las madres, nuestras abuelas. En los restaurantes recaía una responsabilidad grande, la de preservar algo que históricamente se ha conservado al pasar de padres a hijos. Si ahora lo que nos preparamos en casa es un salteado rápido pues la vivencia de sentirse a la mesa a saborear un buen guiso en un restaurante no será igual ya para quienes no han vivido esas experiencias.

– Y ese poner de actualidad la tradición, ¿crees entonces que es porque se han superado realmente los complejos que han atenazado a la cocina local durante décadas o se trata al final de seguir ciertas modas y tendencias?

– Es evidente que la cocina, como en la moda, necesita continuamente presentar novedades. Si hace unos años el no va más era ir a un sitio con menú degustación de 15 platos, ahora esa misma gente que elogiaba todo eso prefiere otras cosas, un potaje de garbanzos o un chuletón. Así que bueno, hay parte de tendencia y además hay que decir que ciertamente se han dejado atrás los complejos y Dani García. Hace 20 años él empezó a hacer lo que ahora se hace en todos lados. En sus libros está. Tuvo ese descaro, esa frescura de decir, ‘ey, que lo mío también es importante’ y fue saliendo a la luz un patrimonio que ya estaba despertando el interés de otras personas pero que estaba en desuso. Dani fue el pionero, pero hay que señalar que no fue el único, pero al César lo que es del César. Ya después sobre su evolución, si ha acertado o no, pues él es libre de elegir el camino que seguir, pero no hay que quitarle ese mérito de descubrir ese mundillo. Cuanto más pobres son los recursos que te rodean más rica la cocina que sale. Venidnos de generaciones anteriores que han aprovechado lo poco que tenían y hacían cosas grandes con ello.

– Está claro que para eso es importante tener un buen producto, que en Málaga lo hay, como antes nos comentabas. Sin embargo, productores locales, mercados y tiendas pequeñas van languideciendo a favor de los supermercados. ¿Conocemos y valoramos lo nuestro? ¿Crees que el consumidor está dispuesto a pagar la singularidad y la diferencia cualitativa?

– Hace poco vi un estudio en un libro de Isabel González donde se recogía que el porcentaje del ingreso familiar que va a parar a la cesta de la compra a día de hoy es más pequeño que nunca. Se ha creado además esa cultura de buscar la oferta del supermercado e ir a por ella. Sin embargo, por mi experiencia en KM 0 te digo que una vez una persona se pone frente al productor, incluso independientemente del poder adquisitivo que esta tenga, termina por darle valor a lo que le está mostrando y prefieres comer menos de eso, de un queso o un aceite si es el caso, para hacerte con uno que sea realmente bueno. El gran problema está en el continuo machaque publicitario de la industria alimentaria que llega a un público concreto que es víctima de eso.

Lo que habría que transmitir es que hay un lugar que facilita el poder cocinar bien y a precio razonable y ese sitio no es otro que el mercado. Habrá quien diga que no puede desplazarse, que el tema del tiempo es inconveniente pero bueno, surgen iniciativas como la de Rey de Abastos, que te lleva la compra de Atarazanas a Casa. No se. Son un ejemplo. Pero está claro que sin concienciación y educación, eso no vale de nada. Hay que conocer el producto, los productores y eso es lo que permite que se valore la materia prima y lo que se genera.

– Antes citabas a Sabor a Málaga. Esperanza, ¿Qué labor crees que está desarrollando? ¿Cómo de eficiente consideras que está siendo su labor?

– A mi me parece que está siendo muy eficiente y te lo digo desde la independencia más absoluta, pues nosotros jamás hemos dependido de Sabor a Málaga. Lo que les ha ocurrido es un poco como nos sucedió a nosotros, que te encuentras con algo completamente nuevo y vas dándole forma conforme va avanzando el proyecto. El simple hecho de que apareciera la marca y se abriera la puerta a productores, a pequeños restauradores, hizo que la gente se lanzara. Si hubo falta de planificación, si se pudiera decir algo así, es lo que fue sucediendo por la propia dinámica de la iniciativa. Empezaron con ferias provinciales, después detectaron la necesidad de salir fuera y participaron en el Salón Gourmets, en Madrid Fusión, en Alimentaria… Detectaron que había necesidades formativas en el tejido empresarial agroalimentario y empezaron a lanzar programas para suplir eso. Ahora ha habido un cambio y supongo que hasta que el equipo nuevo no se centre pues no se avanzará pero vaya. El balance es muy positivo. Fue una idea feliz que han copiado en Granada, Sevilla, entre otros.

– Esperanza, nos hacías una referencia a Atarazanas, donde empiezan a surgir puestos para tomar algo. En relación al fenómeno de los ‘gastromercados’. ¿Cuál es tu postura? Tras sonados fracasos en la provincia, muchos dudan de si ayudan realmente a dinamizar estos espacios o son el golpe de gracia para los puestos tradicionales.

– Pues creo que es evidente que no están funcionando en Málaga, la verdad. El ‘gastromercado’ como tal, que no es lo mismo que un lugar como el Mercado del Carmen, que es más de barrio. Ahí empiezan a surgir puestos d esos mismos operadores que sirven sus carnes, que permite a los clientes que se les cocine lo que acaban de comprar. Igual que en el caso de Marbella y el Bar Fiesta, donde le acercas la compra y te lo preparan al momento. El de Atarazanas igual está más masificado y hay puestos que van desapareciendo pese a trabajar muy bien.

Sea como fuere, ya te digo que lo de estos formatos no me convence. Primero porque es costoso estar ahí y siempre hay operaciones especulativas. Debes desembolsar un dineral para tener tu sitio y para amortizarlo has de vender lo que es prácticamente imposible. Luego está el punto de vista del cliente, para el cual se presenta como un lugar incómodo. Prefiero ir a un restaurante donde pago más o menos igual pero me siento, estoy cómoda y como bien.

– Para finalizar queríamos preguntarte en relación a la profesión, al periodismo gastronómico. Son momentos complicados para nuestro sector y es difícil mantener la autonomía e independencia. ¿Cómo percibe el panorama actual y el que se avecina?

– Ufff, es un tema complejo. La independencia al final no depende nada más que de ti. Hay bloggers e influencers como es el caso de Carlos Mateos, del editor de Gurmé, que lo dice claro: ‘Mis opiniones no están en venta’. Por eso digo que es importante saber que la principal responsabilidad de uno está con los lectores y luego por supuesto en la medida de lo posible en que puedas ser independiente. En mi caso, en cuanto a Sur, te puedo decir que tenemos completamente separado lo comercial de lo informativo y que jamás me han puesto sacar algo en concreto porque se refiriera a un cliente. Incluso si me llaman soy yo la que tiene la última palabra y eso es una rara avis.
Eso en lo que respecta a la independencia, a moverte sin intereses escondidos. El otro punto importante que hay que quiero destacar sobre la profesión y lo que sucede hoy en día está en que pareciera que el contenido cada vez vale menos y que lo que prima es la imagen. Hay gente por ahí a la que la llaman y le consultan por tener muchísimos seguidores e igual no es una voz relevante en esencia y eso es verdaderamente preocupante. Considero que siempre habrá un espacio pero que gastronomía, como sucede en el periodismo en general, cada vez es más pequeño. Creo que tenemos mucha suerte por dedicarnos a esto y por esa independiencia, pero bueno, también es algo que no afecta solo a los periodistas. En los restaurantes lo están viviendo de otra manera. Hoy en día entra cualquiera en tu local y parece tener potestad para decirte que algo no está en su punto o que no va bien cocinado. Es un suponer, pero ya entiendes por donde voy.