El vídeo viral que te explica por qué hacerte la cama por la mañana puede cambiar tu vida

El emocionante discurso de graduación que el comandante de los SEAL William Harry McRaven ofreció a la promoción de 2014 de la Universidad de Texas ha sido visto ya por más de diez millones de personas

MADRIDActualizado:

El vídeo del emocionante discurso de graduación que el comandante William Harry McRaven ofreció a la promoción de 2014 de la Universidad de Texas ha sido visto ya por más de diez millones de personas. En él habla de cómo tomar la iniciativa, aceptar que la vida no es justa, respetar a todo el mundo, nunca jamás darse por vencido… empieza por un sencillo acto: hacerse la cama por las mañanas. Así ha titulado su libro «Hazte la cama», y en él explica cuáles son las lecciones de vida que aprendió durante su entrenamiento en los SEAL, una de las unidades militares más altamente cualificadas del planeta, y su larga vida militar, aprendizajes que le han ayudado a superar terribles desafíos.

Empezar bien el día

El autor destaca a lo largo de la obra cómo los pequeños detalles de nuestro día a día pueden realizar grandes cambios en nuestras vidas, reforzando nuestro arrojo y nuestra determinación. Nada puede reemplazar la fuerza y el solaz de la propia fe, por eso, a veces, el simple acto de hacer la cama puede darnos el impulso que necesitamos para comenzar nuestro día y proporcionarnos la satisfacción necesaria para darle un final adecuado.

William H. McRaven narra cómo, en su periodo de instrucción en las fuerzas especiales SEAL, «hacer la cama de la manera correcta no era un motivo de elogio, sino algo que se esperaba de mí. Constituía la primera tarea del día y llevarla a cabo correctamente era importante. Era una demostración de disciplina. Denotaba atención a los detalles y, al final del día, sería un recordatorio de que había hecho algo bien, una tarea de la que podía enorgullecerme, sin importar lo pequeña que fuera. A lo largo de mi vida en la Marina, hacer la cama fue la única constante en la que podía confiar, día tras día», narra el autor.

En diciembre de 2003, las fuerzas militares estadounidenses capturaron a Saddam Hussein. Mientras estuvo recluido, lo mantuvieron dentro de una pequeña habitación. William H. McRaven recuerda ese momento en la obra. «Él también dormía en un catre del ejército, pero con el lujo añadido de unas sábanas y una manta. Yo lo visitaba una vez al día para asegurarme de que mis soldados lo cuidaran de manera adecuada. Me hizo cierta gracia observar que Saddam no se hacía la cama. Las mantas siempre estaban arrugadas a los pies de su catre y rara vez parecía interesado en arreglarlas».

Trabajar en equipo

Durante el tiempo de instrucción que el autor pasó para ser parte de los equipos especiales SEAL sufrió numerosos reveses. En todas esas ocasiones alguien se ofreció para ayudarle, alguien que tuvo fe en sus capacidades, alguien que vio en él un potencial que otros no habían vislumbrado, alguien que arriesgó su propia reputación para ayudarle. Personas a las que el autor recuerda en esta obra con connotada gratitud.

El autor recuerda cómo seis meses más tarde, el día de la graduación, solo quedaban 33 de los 150 cadetes originales. «Algunos habían tomado el camino fácil: se habían dado por vencidos, y supongo que el instructor tenía toda la razón, era algo de lo que se arrepentirían el resto de sus vidas. De todas las lecciones que aprendí en el entrenamiento SEAL, esa fue la más importante. Nunca te rindas. No suena especialmente profundo, pero la vida te pone constantemente en situaciones en las que doblegarse parece mil veces más fácil que seguir adelante, situaciones en las que todo parece estar tan en tu contra que darse por vencido parece lo más sensato».

Otra de las valiosas lecciones que podemos extraer de esta historia es que «si no desafías tus límites, si no te deslizas de cabeza de vez en cuando, si no arriesgas a lo grande, jamás sabrás lo que puedes lograr de verdad en la vida».

Las apariencias engañan

Una de las anécdotas más relevantes que el autor relata en el libro tiene que ver que las primeras impresiones y como prejuzgamos a las personas tan sólo por su aspecto físico, sobreestimando así sus capacidades y logros. Esto mismo le sucedió a McRaven al ver a un hombre de constitución fina, casi frágil, y con una melena que le caía sobre las orejas al estilo Beatle en el centro de entrenamiento SEAL.

«¿Realmente creería que era lo bastante fuerte como para soportar el entrenamiento? ¿Acaso pensaba que su escuálido cuerpo podría con la carga de una pesada mochila y mil cartuchos de municiones? ¿Acaso no había visto a los dos instructores SEAL que acababan de entrar por la puerta principal: hombres imponentes, evidentemente preparados para el desafío?», se preguntó McRaven en ese momento.

Pasados unos minutos, el marinero de la recepción acompañó a McRaven a la oficina del teniente Doug Huth, con quien habló sobre el entrenamiento SEAL y las experiencias del teniente en Vietnam. De reojo, el autor podía ver al joven vestido de civil que, al igual que él, debía de estar esperando para hablar con el teniente Huth. «Me hizo sentirme bien conmigo mismo saber que yo era claramente más fuerte y estaba mejor preparado que otros hombres que pensaban que podían sobrellevar las exigencias del entrenamiento SEAL», recuerda McRaven.

Cual fue la sorpresa del autor cuando el teniente Huth dejó de hablar, levantó la vista y llamó al hombre del pasillo. «-Bill, él es Tommy Norris —dijo mientras abrazaba efusivamente al delgado hombre, y añadió—: Tommy es el último SEAL al que han galardonado con la Medalla de Honor por su servicio en Vietnam”.

Aquel hombre de apariencia frágil y melena larga, del que había dudado que fuera capaz de sobrevivir al entrenamiento, era el teniente Tom Norris. El que había combatido en Vietnam y se había abierto camino por las líneas enemigas en noches sucesivas para rescatar a dos aviadores derribados. Era el mismo Tom Norris que, en otra misión, había recibido un tiro en la cara por parte de las fuerzas norvietnamitas y al que habían dado por muerto hasta que fue rescatado.

Aquel era Tom Norris, quien, tras recuperarse de sus lesiones, había logrado ser aceptado en el primer equipo de rescate de rehenes del FBI. Aquel hombre callado, reservado y humilde era uno de los SEAL más fuertes en la larga historia de los equipos. En ese momento, el autor entendió la importancia de no dejarse llevar por la apariencia externa, porque a veces, las personas más capaces vienen envueltas en pequeños embalajes.

La vida no es justa

—Señor MacRaven, ¿tiene usted alguna idea de por qué en esta bella mañana acaba usted de convertirse en una galleta azucarada? —dijo Martin en tono calmado pero inquisitivo.

—No, señor Martin —respondí obediente.

—Porque, señor McRaven, la vida no es justa, y cuanto antes lo descubra, mejor le irá.

Como recuerda William H. McRaven en esta obra, en todo el entrenamiento SEAL no había nada más incómodo que ser una galleta azucarada. «Había muchas otras cosas más dolorosas y extenuantes, pero ser una galleta azucarada ponía a prueba tu paciencia y determinación. Tener que someterse a ese durísimo entrenamiento cubierto de arena fina y pegajosa, hacía incluso más difícil superar las pruebas de la instrucción. Además la decisión de que alguien se convirtiera en una galleta azucarada era completamente arbitraria, trayendo con ello el factor psicológico de enfrentarse a decisiones injustas con aplomo y entereza».

«Es fácil pensar que el sitio donde creciste, la manera en la que te trataron tus padres o la escuela a la que asististe son lo único que determina tu futuro. Nada podría estar más alejado de la verdad», prosigue el autor. «Las personas normales y corrientes, así como los hombres y mujeres extraordinarios, se definen por la manera en que lidian con las injusticias de la vida: Nelson Mandela, Stephen Hawking, Malala Yousafzai...», añade. Por ello, concluye, «no te quejes. No culpes a tu mala suerte. Levanta la cabeza, mira hacia el futuro y ¡sigue adelante!».

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