La leyenda negra de las duegras

Según Amable Cima, profesor de Psicología de la Universidad CEU San Pablo, cuando las suegras se convierten en abuelas dejan su rol de «incordio»

ABC
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El eterno retorno. Vuelven el verano, las vacaciones... y las suegras. Parece que han pasado unos días y, sin embargo, ya ha transcurrido un año desde que el verano pasado compartimos mesa y mantel con nuestra amada y querida suegra. Y todo se asemeja a lo que el filósofo Nietzche nos contaba en su gran obra «La gaya ciencia»: no sólo se repiten en el tiempo los acontecimientos, sino que también las ideas, los pensamientos y hasta los sentimientos vuelven una y otra vez en una suerte de repetición sin fin.

Y la suegra cumple una función social de primer orden: apoyar incondicionalmente a una parte de la pareja, «a su parte». Este apoyo es el que le ha dado tan mala fama, pues parece que quiera «vivir» la vida de su hija o hijo más allá de su jubilación.

Pero no todas son iguales: tenemos la madre de la mujer, que siempre considerará a su yerno como una especie de inútil sin informes que engatusó a su niña; y a la madre del marido, que entiende que su nuera se aprovecha de su hijo que es un trabajador infatigable que se ocupa de todo mientras los hijos campan a sus anchas. Porque esa es otra, los nietos, que en multitud de ocasiones son el martirio de las suegras, pero cuando las suegras se convierten en «abuelas» dejan su rol de incordio y pasan a ser la salvación de la pareja: mientras ellos trabajan las abuelas trajinan con los nietos...

De todos modos, muchas veces nos olvidamos que las suegras son hijas, nietas, nueras, madres y abuelas, y que su experiencia vital va a definir su relación familiar. ¿Que lo ven todo mal? Hagámosles saber que tienen la razón y hagamos lo que pensamos.

¿Qué critican cómo educamos a los hijos o la marca del coche que hemos comprado? Pensemos que nada de lo que hacemos va a ser perfecto, que para ellas somos aún menores de edad..., pero también pensemos en ellas como quienes educaron a nuestra pareja y nos han ofrecido la posibilidad de conocerla y enamorarnos de ella.

En el fondo son nuestro chaleco salvavidas y así debe seguir siendo. Si desea que pierda la función fiscalizadora de la pareja conviértala en abuela o regálele un crucero por el Caribe ¡santo remedio!

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