Francisco Castaño, asesor familiar: «Cuando hay conflictos nos centramos en el niño, pero el verdadero problema está en la forma de actuar de los padres»
Este maestro apunta que para cambiar la conducta de un hijo «hay que hacer modificaciones en las dinámicas de casa. El resultado es matemático»
«Hay padres que me confiesan: ¡No puedo más con mi hijo! ¿Qué hago?»
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Francisco Castaño es profesor de Secundaria, experto y asesor en educación con más de 10 años de experiencia tratando a adolescentes y a sus familias en asuntos como la mejora de la conducta y la orientación en casos de adicción. Acaba de salir a ... la luz su último libro 'Educar con disciplina positiva', un manual, como dice Javier Urra en su prólogo, lleno de contenido «proteíco» para saber educar mejor a los hijos.
Francisco, ¿por qué le das tanta importancia a la disciplina, y positiva?
Porque creo que está mal entendida. La confundimos con no poner límites, y esto no es así. La malinterpretamos. Yo suelo decir que un niño no es un adulto de tamaño pequeño y un adolescente no es un adulto de tamaño grande; es decir, que intentar razonar con un niño como si fuera un adulto o con un adolescente como si fuera un adulto, provoca problemas y un mal entendimiento. Lo más importante es generar vínculo con los hijos, tener buena relación, pero esto no está reñido con que, por ejemplo, se tenga que bañar cuando se lo digamos, comer verdura, acostarse a una hora determinada, devolver el móvil si se lo pedimos, estudiar... El equilibrio está en cómo consigo mantener ese vínculo y que haga todas estas cosas sin que en casa haya una batalla campal.
Sin embargo, en muchos hogares se producen esas batallas campales, ¿cómo se puede dejar de educar de forma 'negativa' y hacerlo como indicas?
Lo primero que tenemos que hacer es autorregularnos nosotros como padres. No hay que olvidar que todos los progenitores tienen problemas con sus hijos, sobre todo por comportamiento. Desde luego, a mí mi hijo no me dice «sí, papá, claro», lo que pasa es que tengo unas herramientas que son las que explico a las familias, las que utilizo, y es lo que me ayuda.
Es importante no compararnos con otros padres porque muchas veces nos hace sentir culpables. Recuerdo que en una ocasión fuimos mi mujer y yo a buscar a mi hijo pequeño al colegio y en la puerta había un montón de madres y padres hablando de tal manera que parecía que todos sus niños se comían la verdura, se acostaban pronto, hacían los deberes, obedecían... Yo le dije a mi mujer: «Qué mal lo estamos haciendo. ¡Y eso que nos dedicamos a esto!». Pero es mentira, casi ningún niño hace todo a la primera, ahí está la estrategia de los padres. Lo que nos hace falta es conocer ciertas herramientas, libros, formarnos...
¿Por dónde empezar, entonces?
Para que haya un cambio de conducta en un niño tiene que haber un cambio en la dinámica de casa. Eso es matemático. El primer cambio lo tenemos que hacer nosotros. Los niños y adolescentes retan tanto porque al final no nos mantenemos firmes. Por lo tanto, es muy importante poner límites para que sepan a qué atenerse. Hay ocasiones en que los padres necesitan ayuda externa para dar la vuelta a ciertas dinámicas porque hacerlo de 'motu propio', aunque tengan la información, puede costar mucho porque es complicado.
Yo trabajo con los padres, no con los niños, y cuando logran cambiar la dinámica en casa, el niño actúa de otro modo. Lo fundamental, insisto, es que hay que poner límites y normas, y tener claro que no son para fastidiar a los menores, son para que sepan a qué atenerse. En el fútbol, por ejemplo, las normas no son para importunar a los jugadores, sino para ordenar el juego. En casa pasa igual: debe haber reglas claras, no para molestar, sino para que todos sepamos a qué jugamos. También hay que supervisar a los hijos, al igual que lo hace un árbitro en el campo de juego. Nosotros pretendemos que los hijos hagan todo, respeten todo, cumplan todo lo que les decimos, ¡pero si ni siquiera lo hacemos nosotros! Yo en la carretera, si no hay un radar voy más rápido, pero, sin embargo, queremos que nuestros hijos cumplan, por lo que hay que supervisar, no controlar para guiarles adecuadamente. Y, sobre todo, generar un entorno en el que les informemos del límite y qué ocurrirá si no se cumple para que sepan qué es lo que hay. No se trata de castigos, sino de consecuencias, pero no podemos educar a base de consecuencias. Si un niño tiene muchas consecuencias es porque no respeta las normas.
Matízanos un poco la diferencia entre castigos y consecuencias.
La consecuencia tiene el objetivo de hacer respetar el límite, no fastidiar al niño. Hay tres tipos de consecuencias: naturales, específicas y cronológicas. La natural, por ejemplo, es que cuando mi hijo se deja el bocadillo en casa, pasará hambre. Si voy corriendo al colegio a llevárselo, le estoy quitando la responsabilidad. En segundo lugar, las consecuencias específicas están relacionadas con la conducta: si llega tarde a casa, no sale otro día; si no recoge su ropa, se le confiscan ciertas prendas. Y, por último, las cronológicas que tienen que ver con el tiempo: si no se baña entre las 7 y las 7:15, no hay tele. Los padres deben ser firmes y aplicar consecuencias desde la calma, sin enfado y con empatía, pero siempre entendiendo por qué mi hijo actúa así.
Esa firmeza hace que el niño comprenda la relación entre sus actos y sus consecuencias porque al poner un límite, hemos de explicar primero la consecuencia y es que educar, entre otras muchas cosas, es enseñar a tomar decisiones; es decir, en el ejemplo anterior, el niño va a decidir si se baña o no a esa hora que le marcan sus padres y, por tanto, depende de él si verá la tele o no. La decisión es suya.
«Hay padres que ceden a las peticiones de sus hijos por no discutir. Si lo hacemos así, la hemos fastidiado»
Muchas veces, sin embargo, los padres ceden para no discutir y tener a los niños felices.
Sí, a eso lo llamo «ceder por comprar la paz». Y si lo hacemos, la hemos fastidiado. Si cedo hoy, mañana el niño volverá a probar. Por ejemplo, si un pequeño de 7 años llega a casa y dice «hoy no me baño porque no he sudado», y como los padres están muy estresados permiten que no se bañe, al día siguiente, al ver que le ha dado resultado, volverá a decir «hoy no me baño porque no he sudado». Entonces, vamos nosotros y le damos un discurso de padre o de madre y le explicamos: «mira, cariño, dos días sin bañarte no puedes estar porque, aunque te parezca que no has sudado, has estado en el parque, has corrido...». Pero el menor sólo entiende una cosa: «si ayer no sudé y no me tuve que bañar, hoy tampoco tengo que bañarme». Lo mejor: no dar tantas explicaciones. Si cedes generas movidas, aunque es cierto que no podemos vivir sin ceder un día, pero debemos ser lo más constantes posible.
«Cuando los padres cambian, los hijos cambian»
Si, pero todos los padres quieren que sus hijos sean felices.
Exacto, pero la felicidad no es estar 'happy' todo el tiempo. La felicidad se define como bienestar subjetivo percibido. Lo importante es tener momentos de felicidad, no pretender que estén siempre felices. En un estudio que realizó el doctor Daniel López Rosetti, jefe de Medicina del estrés del Hospital de San Isidro en Buenos Aires, para valorar la felicidad de las personas se llegó a una conclusión, -que ya me decía mi madre cuando yo era pequeño-: no es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita.
Aseguraba que cuando la diferencia entre lo que tengo y lo que deseo es muy grande no soy feliz, y cuando la diferencia entre lo que tengo y lo que deseo es más pequeña, soy feliz porque siempre tenemos que desear algo, que es lo que ayuda a tener ilusión... Nuestros hijos tienen mucho y quieren más. No hablo solo de cosas materiales, sino de horarios, normas, gustos... Y cuanto más les damos, ellos aumentan sus pretensiones de forma exponencial, por lo que darles más no es hacerles más felices; al contrario, les hacemos más infelices. Por eso, poner límites y ser firmes los hace más felices, porque aprenden a valorar y a necesitar menos. Esto conlleva un esfuerzo, pero ser padres o madres es la mayor responsabilidad de la vida.
Los padres que tienen hijos adolescentes desobedientes y sienten que llegan tarde para educarles, ¿aún pueden poner límites?
Sí, claro. Con los hijos no se puede tirar nunca la toalla aunque; eso sí, no es lo mismo reconducir a un niño de cinco años que a un adolescente, pero se puede reconducir porque yo he trabajado con familias con hijos de 17 o 18 años y lo hemos logrado. No se trata de cambiar a las personas, sino de enseñarles a comportarse de otro modo y cuanto antes se empiece, más fácil es. Siempre hay solución. Lo que ocurre es que reconocer este tipo de problemas familiares cuesta. Lo importante es plantear qué es lo que nos genera conflictos en casa porque casi siempre son cosas cotidianas: que no llegan a la hora, que no quieren estudiar, que no se levantan para ir al instituto o al colegio, que no quieren comer lo que hay, que tienen la habitación hecha un desastre... La cuestión es que muchas veces se aborda el tema y se centra en el niño o adolescente solamente y donde de verdad se genera el problema es en la forma de actuar de los padres. Además, hay que actuar mucho en el tema emocional, tanto de los padres como de los niños o adolescentes. Es curioso cómo hace diez años las familias venían a por asesoramiento con sus hijos adolescentes y actualmente llegan con niños pequeños de cinco años. Cuanto antes se empiece mejor, pero con los adolescentes también se puede mejorar la convivencia a través de los límites.
Para terminar, ¿qué tres mensajes esenciales darías a los padres que se sienten desbordados?
Lo primero, que no se puede tirar la toalla. En segundo lugar, que si lo que has hecho hasta ahora no te ha funcionado, como no te puedes rendir porque no puedes tirar la toalla, hay que buscar otra forma de hacerlo. Y, por último, que sí se puede, siempre: cuando los padres cambian, los hijos cambian.
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Lo que más me gusta de las familias cuando vienen a consulta es la cara que ponen de esperanza tras la primera y segunda sesión, al darse cuenta de que pueden mejorar su situación porque se sienten más motivados. Tener un ambiente tranquilo motiva a seguir, aunque después haya altibajos. Los hijos no quieren padres perfectos, quieren padres presentes, que los quieran, demuestren cariño, que se equivoquen, pero que estén ahí.
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