«El respeto de un hijo no viene con el carné de padre, hay que ganárselo»

«¿Cuantas veces te lo tengo que decir?» es el último libro de la psicóloga Maribel Martínez

MADRIDActualizado:

«¿Cuántas veces te lo tengo que decir?» es el título de la obra de la psicóloga Maribel Martínez, y también con mucha probabilidad una de las frases más pronunciadas en un hogar con niños. Pero es posible dejar de decirla. Así lo afirma esta experta, una de las precursoras de la terapia breve estratégica en nuestro país, quien nos invita a preguntarnos si, aquello que hacemos en casa para educar a nuestros hijos nos está orientando (o no), hacia aquello que queremos. «Eso es lo que tenemos que valorar. ¿Está funcionando, o no? Funciona, adelante, no funciona, cámbialo. El título de "¿Cuantas veces te lo tengo que decir?" va por ahí. No solo por que es una frase que los padres decimos y no sirve para nada. Sino que. ¿cuantas veces tengo que decir una cosa, que no está funcionando? Siempre somos nosotros. Los niños lo hacen bien, los niños aprenden de lo que nosotros les enseñamos».

A la hora de educar, ¿qué es lo que se está haciendo mal?

Primero habría que entender en qué punto estamos. Es habitual encontrarse con progenitores que permiten todo, que no ponen límites, porque piensan: «total para un rato que estoy con mi hijo, como llego tan tarde de trabajar, pues que no ponga la mesa, ya la pongo yo, porque él está jugando, me sabe mal. O le digo que se vaya a la cama, me pide un rato, pues venga, va, un rato más. También me dice que "jo tío, ¡qué pesado eres!", pero es normal, así hablan ahora los niños...». Los adultos vamos perdiendo el norte. Los niños crecen sin conocer un «no» por respuesta, sin responsabilizarse, sin respetar a nadie, y eso es muy grave en el sistema familiar. Desde el momento en que esos progenitores se convierten en amigos, están dejando huérfanos a sus hijos. Y estos, por suerte, van a tener colegas en la vida, pero padres no. En el sistema familiar los padres están un punto por encima. Nosotros tenemos que tener ese rol de autoridad, sin ser autoritaristas. Desde el amor, desde el respeto mutuo... y eso se puede conseguir. Es muy importante que veamos cuál es nuestra función, y la apliquemos. Pero el respeto de un hijo no viene con el carné de padre, hay que ganárselo.

¿Cómo se ha llegado hasta este punto, en la generación más leída y formada como padres de la historia?

No podemos perder de vista en ningún momento que nuestra intención, nuestro objetivo, es que nuestros hijos sean autónomos, se sientan capaces, que sean personas independientes y hagan su vida. Pero lo perdemos de vista cuando, para intentar hacer eso, hacemos cosas como protegerlos para que no sufran, ayudarles demasiado, adelantarnos a sus dificultades... Por ejemplo: haciéndole los deberes «no vaya a ser que no sepa», o acompañándole a todos los sitios de la mano aunque ya tenga cinco años. De esa manera lo que estamos haciendo es darle un mensaje muy claro al niño: que él solo no puede. El menor lo capta perfectamente, y piensa: «menos mal que está aquí mi mamá haciendo los deberes conmigo porque vete tú a saber si yo hubiera podido...». Y a partir de ahí todo lo demás. Ese niño crece con una autoestima baja, con una sensación de inseguridad y de incapacidad tremenda, y nosotros tenemos el desastre servido. Difícilmente ese niño va a formarse como persona de una manera saludable. Va a ser un niño -y por tanto un adulto- dependiente.

Dice usted que en el carné de padre no viene incorporado el respeto. ¿Cómo se consigue?

Con la actitud. La actitud significa poner en práctica el concepto de respeto, que como digo es la base. El respeto lo podemos conseguir de dos maneras, una que no aconsejo, que sería como muchas personas lo logran, que es a través del miedo, los castigos, que no es pedagógico, y luego estaría la fórmula realmente saludable, que sería a través del mismo concepto de ser respetable, es decir, una persona digna de respeto. Es decir, porque te haces respetar. Pero nos lo tenemos que ganar. Y que por lo tanto, se trata de tener esa actitud en donde nos creemos nuestro rol de padres, y porque nosotros decimos que hay que irse a dormir, es suficiente. Nosotros somos la guía, ellos no saben, ni a qué hora tienen que irse a dormir, ni si es bueno comer verdura o es mejor pizza. Se apaga la tele y no pasa nada, pero hay padres que no se atreven: "que el niño se va a poner a llorar, que va a sufrir". Y por evitar ese conflicto que no saben gestionar, permiten más de la cuenta.

Además estamos ante una generación de padres que les preguntan todo a sus hijos. «¿Quieres Dalsy?» Por favor... ¿Estamos locos? ¿Qué criterio tiene ese niño? Que está muy rico, que es todo azúcar... Es una locura... O le cuestionamos «¿qué hacemos este fin de semana?» «Pues vamos a Euro Disney». Claro, hemos hecho una pregunta que legitima la respuesta. Y así todo. Desde el ejemplo más pequeño. El típico de «¿qué quieres para merendar?» Como si el niño tuviera un curso de dietética y nutrición y supiera perfectamente lo que le corresponde aquel día para comer.

-Sostiene usted la teoría de que no hay que hablar tanto con el niño.

¿Y qué hay detrás de esa idea de explicar tanto al niño? A tu hermano le explicas, a tu amigo le explicas. Prácticamente como estamos en el mismo nivel, explicamos las cosas para que el otro (el menor) se convenza, lo entienda, y que lo haga contento. Porque esa es la idea, que el niño esté feliz, contento, y entienda con 3 años que se tiene que lavar los dientes porque si no tendrá caries. Pues que no lo va a entender. Porque no tiene ni idea de lo que es ir al dentista, menos de una caries. Que no. Como mucho vamos a hacer que sea divertido lavarse los dientes... ¡Pero por favor!.

Aquí también aplica lo de usar el cepillo eléctrico. Ya estamos facilitando la tarea. Que se los lave a mano, que aprenda... El niño es capaz de aprender. Nosotros hemos aprendido. Parece que los consideremos inútiles, incapaces y los tratamos como si lo fueran. Y ellos captan esa idea. «Porque claro, si mi papá, mi mamá, me tratan como inútil...» Aunque no lo hayamos explicitado de esa manera. Ahí está la tragedia. Que los padres no quieren eso, pero ese es el resultado. Hay que estar muy atentos. Porque con la mejor de las intenciones, tenemos el peor de los resultados.

Cómo dejar de pronunciar la frase de ¿Cuántas veces te lo tengo que decir? ¿Cómo lograr que te obedezcan a la primera?

Lo que suele ocurrir es lo siguiente. Estamos haciendo la cena y decimos: «Pon la mesa», «que pongas la mesa», «oye que te he dicho que pongas la mesa». A la de nueve, ya estamos hartos, ya hemos terminado de hacer la cena, y sigue la mesa sin poner. Ahí es cuando gritamos: «¡Que te he dicho que pongas la mesaaaaaaa!». Y entonces el niño viene y pone la mesa. ¿Qué le hemos enseñado? Una cosa terrorífica: que tiene que obedecer cuando me enfado, cuando ya he gritado. En teoría hemos intentado que obedezca a la primera, pero él sabe que puede aguantar nueve indicacines más, y la del grito, que es la buena. Entonces está esperando la del grito. ¿Por qué? Porque sabe que no pasa nada, y por lo tanto él mientras puede jugar un ratito más. Es perfecto, desde su perspectiva lo está haciendo bien, somos nosotros los que nos equivocamos.

Una vez que el padre da la orden por primera vez, ¿cuál es el siguiente paso?

El siguiente paso es que no tiene que haber un siguiente paso. Si decimos que queremos que hagan las cosas a la primera, nosotros tenemos que conseguir que no haya una segunda. Y menos repetir las cosas veinte veces. ¿Qué es lo que pasa? Que somos muy incoherentes. Si queremos que pongan la mesa a la primera, tenemos que decirlo una vez, y si no lo hacen, seguramente tendremos que apagar los fuegos, dejar de cocinar, ir donde está el niño y cogerle de la manita con todo nuestro amor, para llevarle a la cocina y ponerle delante del cajón de los cubiertos... El niño se queda perplejo, claro.

Para no llegar a ese punto, ¿qué se puede hacer?

Poner normas, que es una fórmula importantísima de coordinar el equipo de padres. Decirles lo que esperamos de ellos es otra forma de ser coherentes con esa teoría de poner límites, que obedezcan... Las cosas, cuanto más previsibles y más estables, mejor para los niños. Si yo sé que de lunes a viernes hay unos horarios establecidos, que tengo que hacer mi cama, que tengo que poner la mesa... ¡qué tranquilidad! Si tu cumples todo esto, verás cómo va a ir todo... Y si no, a esas normas tenemos que aplicarle unas consecuencias.

Por cierto, hay una norma común a todas las familias: a los padres hay que respetarlos. Sin esa, ninguna de las demás tienen sentido. A partir de ahí, que cada familia ponga lo que considere.

¿Qué características deben tener las consecuencias para que se cumplan las normas?

De hecho para que funcionen las normas tenemos que poner en marcha unas consecuencias siguiendo tres criterios: que sean inmediatas, proporcionales y adecuadas. Inmediatas: Los niños no entienden «el sábado te has quedado sin cine». No. «Hoy no has puesto la mesa, hoy no ves dibujos». Tienen que ser adecuadas: Que tengan que ver con aquello que estamos haciendo. «No llevas la ropa sucia a la cesta, esa ropa se queda sin lavar». Aunque sea el chándal de educación física. La consecuencia será que tu profesor te reñirá. Y tienen que ser proporcionales: Podemos estar cansados, agotados, porque es una cosa que ha pasado mil veces, y podemos decir «pues toda la semana te has quedado sin tele». Hombre, pues no era para tanto, si puede ser hoy, mejor, y si ya no puede ser hoy, pues mañana. Pero que siempre exista la oportunidad de hacerlo bien al día siguiente.

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