Natalia Ortega es autora de «Mariposas de Cristal, cuando el abuso infantil deja de ser un secreto»
Natalia Ortega es autora de «Mariposas de Cristal, cuando el abuso infantil deja de ser un secreto» - Ernesto Agudo

«Los padres no saben que sus hijos son abusados sexualmente porque la idea ni se les pasa por la cabeza»

Natalia Ortega de Pablo, directora de Activa Psicología y autora de «Mariposas de cristal», cuenta varios casos reales de infancias rotas por el abuso sexual

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Nico apenas tenía 8 años cuando entró en la consulta psicológica de Natalia Ortega de Pablo. Su mirada triste y perdida. Le había robado las palabras. Y su infancia. La psicóloga le invitó a dibujar lo que sentía. Él se esmeró y le entregó el papel con la mano temblorosa. «Aquella imagen se me quedó grababa en la retina –confiesa ella–. Había tres figuras humanas desnudas. Dos parecían mayores y tenían muchas borraduras negras. Rodeaban a lo que parecía un niño que lloraba y tenía manchas rojas». Con voz tímida, el pequeño Nico confesó: son mi abuelo, mi tío y yo.

Este es uno de los casos que la autora de «Mariposas de cristal. Cuando el abuso infantil deja de ser un secreto» desvela en su libro.

¿Cómo es posible que los niños víctimas de abuso sexual disocien su mente para poder llevar una vida normalizada?

—Se trata de un mecanismo de defensa. Optan por seguir sometidos al secretismo y la manipulación del «juego» del adulto para poder mantener aquello que va asociado a su infancia. El cerebro se desdobla para no integrar en su vida algo que para ellos es extraño, sucio, que les hace mucho daño y que escapa de su control. Crean sus dos mundos paralelos; uno en el que se resignan y son el juguete de un violador, y otro en el que quieren mantener la infancia como el resto de niños de su alrededor.

¿Cuándo se dan cuenta de que lo que les pide el adulto no es correcto?

—He tenido pacientes de seis años que, aun siendo su padre el abusador, perciben que hay algo que no está bien. Al cumplir lo que les dicen aseguran que notan una sensación rara en la tripa, algo que les revuelve. También se dan cuenta cuando, por ejemplo, se acercan a un amiguito y tratan de besarle o de tocarle y el amigo les reprocha que qué está haciendo, que es un cochino, cuando para él es algo que tiene integrado como «normal», lo que le rompe los esquemas. Lo reproducen sin darse cuenta como parte de un juego y cuando les paran es cuando se percatan de que hay algo que no les cuadra.

¿Por qué callan? ¿Qué motivos les llevan a no contarlo de inmediato?

—Porque el agresor sabe muy bien cómo engañar al niño diciéndole que es un juego en el que los dos son igual de partícipes. El pequeño lo entiende de la misma manera que si jugara al pilla-pilla, los dos son esenciales para poder jugar. El niño se siente protagonista, un protagonismo que, posteriormente, cuando es consciente de la verdadera trascendencia de lo ocurrido, le hará sentir muy culpable. El agresor es capaz de alinear la mente del menor que ha aceptado sus normas y, por ello, el niño se sentirá igualmente responsable del abuso, a pesar de ser víctima de un engaño.

¿Es posible que las víctimas olviden y superen esta experiencia, a veces reiterada en el tiempo?

—Cuanto más pequeña sea la víctima más fácil es que supere esta situación, puesto que la mente de los niños es más plástica. El sufrimiento no acaba cuando el agresor pone fin a su «capricho». Quedan muchas secuelas. Por ello, hace falta hacer con los menores un trabajo de reeducación afectivo-sexual muy importante y tratar muchos aspectos como la autoprotección, el aumento de la autoestima, que no reproduzcan comportamientos sexuales como los recibidos, que mantengan buenas relaciones sociales, evitar la ideación autolítica...

El proceso es distinto para cada paciente y depende del tipo de abuso sufrido. Normalmente terminan por recuperarse. A veces, pasado el tiempo necesitan un poco de ayuda a modo de refuerzo de aquellas pautas psicológicas que les servirán de gran ayuda.

¿Cómo es posible que unos padres no se den cuenta de que su hijo está siendo abusado sexualmente?

—Para muchos progenitores, sobre todo para las madres, un hecho de tal magnitud queda fuera de su entendimiento, de su imaginación. Es difícil que se les pase por la cabeza. Además hay muchos síntomas (dificultades académicas, para conciliar el sueño, no controlar esfínteres, cambios en la alimentación...) que no son exclusivos de los abusos sexuales, también lo son de otro tipo de circunstancias como el bullying, el fracaso escolar, etc.

¿Se puede hacer algo para evitar estas situaciones?

—Darles estrategias de autoprotección. Educar en sexualidad. No puede ser un tabú. Tanto las escuelas como las familias deben abordar el asunto para que los pequeños sepan qué tipo de contacto es adecuado y cuál no. Hacen falta más políticas de protección al menor. los abusos nunca pueden quedar en un secreto.

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