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Vacaciones escolares

El móvil en verano: claves para prevenir un uso indiscriminado

Los conflictos entre padres e hijos aumentan en una época en la que los progenitores no saben cómo controlar la «barra libre» de ocio tecnológico

MADRIDActualizado:

Con la llegada de las vacaciones de verano se rompen las rutinas. Los padres se vuelven más flexibles. Y lo mismo que se saltan la hora de la siesta o permiten que los menores tomen más helados de lo habitual, también se es más permisivo con el uso de las pantallas. El móvil o «smartphone», la tableta, la Smart TV o la consola (que ya va conectada a internet) se convierten, en estos días, en el mejor pasatiempo de los hijos debido a la gran cantidad de horas vacías de las que disponen. Cómo actuar ante esta «barra libre» de ocio tecnológico preocupa a los padres.

«Existe la tendencia a que el límite se esfume durante el verano y haya, así, un abuso del uso de la pantalla», explica María Guerrero, psicóloga. «Controlar el tiempo que pasan los menores con las pantallas se convierte en una nueva tarea para los progenitores», apunta María Zábala, experta en educación digital.

Ante esta situación, ambas coinciden en trazar un plan con antelación, dialogar y consensuar con los menores cuánto tiempo pueden estar con el dispositivo cada día y olvidarse de que los niños saben más que los adultos. «Nos hemos creído dicho argumento y así es complicado tomar decisiones sobre la vida digital de nuestros hijos», recuerda Zábala. La experta asegura que aunque los adultos no sean nativos digitales, sí pueden informarse porque «en el uso de la pantallas, lo que prima es la conducta, como en cualquier otro aspecto de la vida». Es decir, en función de cómo sea el niño, usará de una u otra manera la tecnología.

«No todos los padres son expertos en nutrición pero sí son capaces de decirle al niño que tiene que comer fruta», ejemplifica. Por tanto, tampoco hace falta ser informático para educar a los menores en el buen uso de las pantallas. «Se trata de que sepamos qué les gusta a nuestros hijos y cómo podemos influir y explicarles lo que nos preocupa e inquieta para que nos genere menos conflictos».

Esta premisa es clave porque hay que tener en cuenta que «no hablamos de teclas sino de personas», recuerda Zábala. «Sembramos muy poco en hábitos digitales cuando son muy pequeños pero luego queremos cosechar cuando llegan a la preadolescencia o son adolescentes». Porque la realidad es que son los progenitores «quienes introducen las pantallas en la vida de los hijos. No Mark Zuckerberg». Por tanto, es responsabilidad de los adultos ir creando buenos hábitos en el uso de la tecnología.

Llegar a acuerdos

De ahí, la necesidad de un consenso. Ambas expertas coinciden en la necesidad de hablar claro con los menores, acordar con ellos los límites y normas «que no tienen que ser democráticas, pero sí en las que les hagamos partícipes», puntualiza Zábala. Y, por supuesto, sin sermonear. «Es fundamental -continua- que los padres trasladen a sus hijos sus preocupaciones, explicarles qué les inquieta, manifestarles que les preocupa que no sean capaces de entretenerse de otra manera o que hagan cosas que les puedan poner en peligro».

«Sembramos muy poco en hábitos digitales cuando son muy pequeños pero luego queremos cosechar cuando llegan a la preadolescencia o son adolescentes»

Con las normas, además, «aprenden a autorregularse y eso se aplica a todos los aspectos de la vida», añade Guerrero. Y es que de la misma forma en la que no se les permite que salgan solos a la calle cuando son pequeños, tampoco hay que dejarles que libremente naveguen por la Red. «Los hijos necesitan tener una serie de normas y límites que, aunque les cueste aceptarlas, son fundamentales para su seguridad y confianza en el futuro», añade Guerrero.

Dichos límites pueden ser más flexibles en verano. «Pero tiene que haber algo a lo que los niños se atengan y sepan donde está el margen porque lo hemos hablado y ha habido un acuerdo previo con nuestros padres», recuerda. El verano no puede ser la excusa del «todo vale» y, como sucede en otros aspectos, es conveniente preparar con antelación todas las normas respecto al uso de las pantallas y no actuar solo cuando se tiene el problema encima, aconseja la psicóloga.

Zábala añade también que la edad del menor influye a la hora del consenso. Los más pequeños no disponen de dispositivo propio pero sí tienen acceso a los de la unidad familiar. Así, recomienda a los padres informarse para aprender que por ejemplo, se puede configurar una clave de acceso en la consola o gestionar que el menor solo pueda conectarse a la wifi de casa en una franja horaria determinada.

«Cuando son ya adolescentes y preadolescentes, hay que dejarles claro que no es su móvil, sino el móvil que le dejamos usar. Así, los padres deben decidir qué tipo de paquete de datos contratan», apunta Zábala. Lo conveniente es contratar un paquete de datos limitado. «El menor es así consciente de que se le pueden acabar. Y el progenitor no se lo va a renovar», añade, por lo que se conectará siempre que pueda a la red wifi de casa, que puede estar configurada para que tengan acceso a Internet en determinadas franjas horarias.

«Los hijos necesitan tener una serie de normas y límites que, aunque les cueste aceptarlas, son fundamentales para su seguridad y confianza en el futuro»

«La autonomía del menor tiene que ser gradual», recuerda la educadora. Por eso es fundamental configurar el dispositivo e impedirle, por ejemplo, que pueda descargarse cualquier aplicación sin que el adulto lo autorice. Por ello, es fundamental que los padres se ayuden de herramientas digitales como Qustodio, una plataforma de seguridad y bienestar digital para familias con la que controlar y proteger el uso que el menor hace de sus dispositivos. «Si los progenitores no se valen de este tipo de mecanismos se sienten indefensos y no saben cómo gestionar el tiempo libre de sus hijos en verano», añade Guerrero.

Acceso progresivo

De forma paulatina y siendo consciente, el menor tendrá tiempo para estar con el móvil, ir a la piscina o salir a montar en bicicleta.Gracias a la neurociencia, sabemos que «para un adecuado desarrollo de los niños, estos necesitan jugar con lo real de manera imaginaria porque así se van entrenando y su cerebro lo reconocerá cuando pase porque ya lo ha trabajado anteriormente», explica María Guerrero. Se trata de la teoría de la regulación emocional a través del juego porque jugando los pequeños desarrollan habilidades, aprenden a regular sentimientos como el miedo y la ira, cuando pierden, por ejemplo, o la empatía, al relacionarse con otros menores. Incluso aprenden a aburrirse cuando juegan solos. «Pero en el juego al aire libre se potencian todos estos beneficios y el verano es una gran época para hacerlo», apunta la psicóloga.

En este sentido, cabe recordar la impactante campaña publicitaria «Liberad a los niños» que en 2016 removió las conciencias de todos los adultos al desvelarse que, tras un estudio, el tiempo de juego de los niños está disminuyendo de manera drástica.Tanto que incluso los pequeños pasan menos tiempo al aire libre que un preso (30 minutos vs 2 horas). «Así aumentan trastornos de ansiedad, sentimiento de tristeza… Si no les facilitamos el juego al aire libre, todo esto se potencia», recuerda María Guerrero.

Al mismo tiempo, es necesario normalizar el uso de la tecnología y diferenciar «que no todo el rato de pantalla son iguales», puntualiza Zábala. Es decir, no es lo mismo pasar las horas viendo vídeos de forma aleatoria en Youtube que ver vídeos que sean tutoriales con los que los menores puedan aprender a tocar, por ejemplo, un instrumento. «Las pantallas también se pueden utilizar para potenciar el ocio offline», concluye.

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