Adolescentes en familias reconstituidas: «Tú no eres mi madre»

Tras un divorcio, pueden surgir «lealtades invisibles» hacia el progenitor que parece que ha quedado peor parado

MADRIDActualizado:

La adolescencia es vista, en demasiadas ocasiones, como una tormenta y algo que hay que pasar, y que se puede complicar en el caso de que estos menores formen parte de nuevas familias reconstituidas. Sin embargo, es una etapa que es posible vivir en positivo, según indican desde la Unión de Asociaciones Familiares (UNAF), especialistas en ofrecer servicios de atención y terapia familiar, entre los que destaca la mediación.

Este tipo de familias, explican, han existido siempre, pero antes se conformaban solo cuando fallecía uno de los cónyuges, ya que no existía el divorcio. «Hoy en día el modelo de familia reconstituida se va generalizando, al tiempo que se acepta con mayor normalidad por el resto de la sociedad», apunta Inés Alonso, psicóloga del Servicio de Mediación con Adolescentes y del Servicio de Atención a Familias reconstituidas de UNAF. Aunque a juicio de Belén Rodríguez-Carmona, técnica de los programas de sensibilización en mediación de UNAF, todavía queda mucho por hacer en cuanto a la visibilización de un modelo familiar creciente pero aún muy desconocido. «Las familias reconstituidas no suelen identificarse como tal y, por tanto, no reconocen las características propias de ese modelo ni los retos a los que se enfrentan».

El adolescente está en una etapa vital crucial

¿Cómo afectan en particular esos retos a los adolescentes? Desde su experiencia en los servicios de atención, los expertos de UNAF ven que la primera adolescencia (entre los 11 y los 13 años) es la etapa en la que se encuentran más dificultades para reconstituir. «Se solapan dos procesos muy complejos», explica Gregorio Gullón, trabajador social y responsable del Servicio de Mediación en Familias con Hijos Adolescentes de UNAF y Atención a las familias Reconstituidas.

«Por un lado, está la formación de la nueva familia y, por otro, la adolescencia en sí misma. El problema llega cuando al adolescente se le pide que se vincule a una nueva figura adulta, como es el padrastro o la madrastra, cuando evolutivamente este chico está en pleno proceso de desvinculación de sus progenitores».

Precisamente por su momento vital, el menor, remarca Gullón, «lo que necesita es separase o tomar distancia, pero se le pide pertenencia a un nuevo sistema familiar. El adolescente siente la necesidad de diferenciación, que se suma a la búsqueda de su propia identidad en la nueva familia, la relación con las nuevas figuras que aparecen... Para el chico suele resultar muy difícil resolver esta contradicción».

Los padres tienen que entender, prosigue este terapeuta familiar, que el amor de sus hijos por la nueva pareja no surge de forma instantánea: «existe una tendencia generalizada a pensar que, “como nos queremos, nos vamos a vivir juntos, y de forma automática ya somos todos una nueva familia”. Esto no ocurre así. El amor no tiene carácter transitivo. El que yo quiera mucho a mi nueva pareja no significa que mis hijos tengan que quererla. Lo que sí tienen que hacer es respetarla».

Duelo previo

Además, continua, «todo requiere unos tiempos, unos plazos... Digamos que es muy importante ver que en cuanto a la elaboración del divorcio, el adolescente y sus progenitores biológicos están en procesos diferentes». «Normalmente el adulto que quiso separarse –prosigue–, hace tiempo que pasó por el mal rato que supone tomar la decisión... Y tiene el duelo ya elaborado, mientras que el adolescente es probable que se acabe de enterar. En consulta muchas veces vemos que se intenta hacer todo sin dar los tiempos necesarios a los hijos, y suele ser más largo el tiempo de duelo por una separación que por una muerte».

¿Qué ocurre cuando surge conflicto entre el adolescente y la nueva pareja? En las familias reconstituidas, recuerda este trabajador social, es muy probable que surja el tema de las «lealtades invisibles. Cuando hay una reconstitución es que normalmente ha habido un divorcio previo, y muchas veces, ha sido un proceso difícil o conflictivo, donde el adolescente se convierte en vengador del otro progenitor respecto a la nueva pareja, a la que se le culpa un poco de que sus padres ya no estén juntos. Nosotros solemos decir que no se puede ocupar un lugar que ya está ocupado». También estamos hablando, añade, «de un proceso de separación o divorcio previo en el que, tal y como vemos en consulta, el menor suele posicionarse, estar más atento, más apegado, con quien parece que ha quedado peor parado».

En este caldo de cultivo, puntualiza Gullón, «es fácil que se produzca el conflicto, una situación que surge especialmente en relación a los padrastros: si hay un enfrentamiento e intentan “rescatar” a su pareja cuando el adolescente crea un conflicto e intenta asumir un rol normativo frente al hijastro... Ante esta tesitura es probable que surjan las llamadas lealtades invisibles y la típica frase de: «tú no eres mi padre» o «no eres mi madre». Son situaciones que vemos mucho cuando hay adolescentes de por medio».

Cuando esto ocurre, el consejo que ofrece este profesional de UNAF es que «las nuevas parejas intenten ocupar un segundo plano. En particular cuando son hombres, se reles recomienda que no intenten asumir un rol normativo, y cuando son mujeres, que no intenten asumir un rol más materno afectivo hacia el adolescente». «Estos son solo algunos de los problemas más habituales a los que se enfrentan las familias reconstituidas con adolescentes, pero queremos lanzar el siguiente mensaje: son retos posibles de gestionar en positivo si la ayuda se contextualiza correctamente con la etapa vital del menor», concluye.

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