Reforma educativa: libertad o demagogia

Por Carlos Prieto Fernández (Profesor de Enseñanza Secundaria) y Jesús María Santos Vijande (catedrático de Universidad)
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Es penoso comprobar cómo el debate actual sobre la reforma educativa, el que se refiere a la proyectada ley de Calidad de la Enseñanza, se plantea en no pocas ocasiones desde premisas que son paradigma de la demagogia más burda. De qué otro modo se pueden calificar afirmaciones como que «la reválida es franquista» y que su reinstauración «significa desconfiar del trabajo de los profesores». Qué decir entonces, por ejemplo, de las reválidas existentes en la enseñanza alemana -incluida la universitaria-, del rigor de las pruebas de acceso en las Universidades de los Estados Unidos de América, o, sin ir tan lejos, de la proverbial dureza del «examen de estado» establecido por el legislador de la Segunda República española.

Decididamente, esas afirmaciones, en cuanto tales, no merecen ni una línea más. Sin embargo, no cabe desconocer que son expresión modélica de una concepción de la educación que tiene que recabar nuestra atención, aunque sólo sea porque ha frustrado, como mínimo, a dos generaciones de estudiantes: aquella que entiende la libertad en la educación de un modo tan equivocado que precisamente destruye o hace inviable a corto o medio plazo, pero de forma casi definitiva, la actuación auténticamente libre de los que están llamados a vivir como lo que ontológicamente son: hombres y mujeres libres.

Nos referimos a una concepción de la educación, que impera desde la LODE hasta nuestros días, caracterizada, dicho sea a modo de ejemplo, por rasgos tales como atribuir la máxima importancia a lo que se ha dado en llamar la «metodología comprensiva»; entender que la enseñanza se ha de impartir sobre la base insoslayable, por democrática, de que el alumno se relaciona con el profesor en pie de igualdad: y considerar que se ha de enseñar sin perturbar en lo posible la comodidad del discente. Con otras palabras: como si se tratase del anuncio publicitario de una academia de idiomas, hay quien acepta como bueno que la mejor educación es factible disociada de la idea de esfuerzo personal. De ahí que, atribuyendo a priori al estudiante una especie de virtud socrática o kantiana, se considere innecesario, cuando no perjudicial, que el alumno demuestre que cumple con su deber, que estudia y que aprende lo que estudia. Con estos planteamientos ningún sentido tiene repetir cursos, imponer tareas diarias que obliguen a trabajar en casa para fijar y reflexionar sobre lo que se oye en la clase, o condicionar la obtención de títulos a la superación de pruebas globales del tipo de las reválidas.

Es un hecho que el sistema educativo construido desde esos principios ha fracasado. El problema es que ese fracaso nada tiene de abstracto: son personas concretas las que padecen el sufrimiento de la frustración, y con la circunstancia añadida de que más importante que el hecho mismo del fracaso es el modo en que se manifiesta: quien lo experimenta no sólo tiene dificultades para incardinarse en la vida social y laboral; sufre algo aún más doloroso: que la educación recibida no le ha dado los medios para superar esas dificultades porque no ha forjado su voluntad en el esfuerzo, y de ese modo ha condicionado su libertad, que ha de ser, sí, de pensamiento, pero también, y necesariamente, de actuación. Por eso una educación como la que criticamos es demagógica, porque, pretendidamente o no, anula o atrofia la voluntad de sus destinatarios, haciendo que su inteligencia no sea operativa.

Frente a un sistema educativo así, generador de indolencia y, por ende, de falta de libertad -el indolente no es persona verdaderamente libre-, propugnemos una educación obligatoria dirigida, ante todo y sobre todo, a forjar el carácter de los alumnos, a transmitirles la idea ilusionante de que, con su esfuerzo y dedicación, podrán hacer frente a los obstáculos de la vida.

En tiempos en que tanto se potencia la importancia de la autoestima, aceptemos, consecuentemente, una idea medular: el sentido de la responsabilidad, el espíritu de sacrificio y el hábito de trabajo son básicos para adquirir conciencia de la propia valía, y así poder vivir en libertad, con fuerza interior para actuar y para elegir. El sistema educativo ha de preordenarse al logro de tales objetivos sin puerilidades y engaños, reconociendo la bondad y la necesidad del esfuerzo personal. Como en su día reconoció Marañón: «que el estudiante de Alcalá estudie en Salamanca y el de Salamanca en Alcalá».

Ahora bien; si el sistema educativo debe reclamar del estudiante el necesario esfuerzo inherente a su formación, tiene a la vez que aceptar una premisa igualmente radical: que los gustos no son todos uno y las aptitudes tampoco.

En efecto, porque «ser es ser diferente» (Ibsen), nuestro sistema educativo debe hacer seres libres. En el actual estado de cosas, marcados por la masificación, homogeneidad y organización excesiva, todo conspira contra nuestra libertad pretendiendo imponer una determinada manera de vivir y pensar. Y El propio sistema está hoy afectado por tal lacra. El plan de estudios le dice al alumno: «como este curso ya estás repitiendo 3º de Secundaria y tienes quince años cumplidos, apruebes muchos o suspendas todas, el próximo año estarás en 4º». Esto no es precisamente estimulante para el alumno. El actual sistema educativo es triste. Y es triste porque es aburrido y carente de incentivos. En él los años priman sobre los méritos, y casi nadie siente la alegría que produce haber superado el vencimiento de un obstáculo natural.

Sólo existe una manera de superar la falta de motivación del estudiante y de lograr ese objetivo de hacer personas libres: diversificando la enseñanza. Todos han de aprender, los fines serán comunes: formación integral de la persona; comunes serán los objetivos: desarrollo de la libertad humana en un marco de igualdad de oportunidades y de solidaridad; pero sin embargo no lo han de ser los contenidos, pues ni la sociedad debe dejar de ser diversa ni sus individuos quieren dejar de ser plurales. El proyecto de calidad habla de diversificar los currículos. Si lo hace bien, enmendará la tiranía que supone estar tratando igual a los que son desiguales, que no es menos agravio que tratar injustamente a los que son iguales.

Todos a elegir debe ser la forma de entender la diversificación de los currículos. ¿Por qué se empeñan en pensar que todos han de optar por lo mismo o que alguien va a decidir por los interesados? A diferencia de la vida diaria en que el adolescente elige playeras, peinado, teléfono celular, grupo musical.., en el actual ámbito educativo se encuentra en una cadena de montaje que le consiente muy poca libertad de movimientos. Tampoco sería panacea poder optar entre todo. Pero sí sería bueno que la persona se marcase los conocimientos que considerase a su alcance y que mejor se acomodasen a sus aficiones y vocación. Parece un primer paso a favor de una motivación en el estudio y tan necesaria como imprescindible debería ser la certeza de que sin superar unos niveles mínimos de conocimientos la recompensa de promoción es vana.

En todo caso no nos engañemos, la calidad del sistema educativo es mejorable, pero sus mejoras no serán visibles con pruebas externas si la educación sigue siendo un espacio ajeno al entorno, o peor aún, si el ámbito social atenta con su mundo de contravalores. Y es evidente que hoy la subcultura de los mass media hace palidecer frases escritas cuando los estudiantes sufrían las reválidas. Juan Marsé se quejaba en 1962. Esta cara de la luna de las revistas que llevan puntualmente las fornicaciones principescas y cinematográficas de todo el mundo a la más humilde barraca de Somorrostro. Y se preguntaba ¿Cómo meterle de nuevo un alma a la gente con esas porquerías a todo color que idiotizan semanalmente a miles y miles de lectores...? Pues en comparación con los medios actuales, tal parece que hace cuarenta años fuese Goethe el ministro de Cultura en España.

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