Ana, junto a su hijo Pablo, al que ha dado toto su apoyo para avanzar en su correcto desarrollo emocional
Ana, junto a su hijo Pablo, al que ha dado toto su apoyo para avanzar en su correcto desarrollo emocional - GuillermoNavarro

La odisea de una mujer para demostrar que no es la peor madre del mundo

Ana asegura que a su hijo Pablo a los tres años le pusieron en el colegio la etiqueta de «niño malo» y no recibió el apoyo necesario por tener altas capacidades

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Ana es una madre que habla con gran orgullo de sus dos hijos. Dos niños con dos trayectorias vitales bien distintas. El mayor hoy tiene 14 años, saca muy buenas notas, es muy deportista y sociable, y actualmente está en el extranjero estudiando un año académico en inglés. 

Ana recuerda cómo Pablo, tres años menor que su hermano, fue un bebé especialmente tranquilo. Me daba muchas alegrías, incluso cuando le llevé a su guardería enseguida su profesora me dijo con asombro que le llamaba la atención lo bien que hacía los trazos y cómo pintaba. Pensé: "¡qué bien que pinta mi niño!". Y no le di la menor importancia».

Cuando Pablo empezó el curso en un colegio público era el mayor de la clase con una diferencia de casi un año porque nació en el mes de febrero. A las pocas semanas de empezar las clases, Ana recibió un mensaje de la tutora y directora del colegio diciéndole que el niño era muy problemático: interrumpía en clase, perdía los nervios, daba patadas... «Como su profesora no se hacía con él, recurría al bedel para que le sacara del aula, de donde salía arrastras porque el niño se resistía a irse. Siempre que se portaba mal —apunta su madre— le dejaban en una clase aislado porque "era peligroso" por dar patadas. También le dejaban allí a la hora de comer por portarse mal en el comedor». 

«Ha pasado un buen día, ¿le estáis medicando?»

Un día que su padre fue a buscarle al colegio, el bedel le dijo: «hoy el niño ha pasado un buen día, ¿ya le estáis medicando?». Este padre no salía de su asombro cuando se lo contaba a Ana al llegar a casa. Decidieron ir a hablar con la directora y Ana le mostró su preocupación y sus dudas sobre si era bueno aislarlo de esa manera «¡solo tiene 3 años!», y si habría alguna otra fórmula de reconducir su conducta. «Me dijeron que no, que eran las medidas que ellos tenían pautadas y que no se ponían en duda. Añadió que las aplicaban porque nosotros como padres no sabíamos poner reglas y límites en casa».

Estos padres estaban cada día más preocupados por el comportamiento de su hijo. «Pensábamos que no se había adaptado bien al colegio y que realmente era un niño malo por lo que hacía en clase. Nos culpaban de no saber educarle, de decir palabrotas delante de él y que las repitiera en clase..., cosas que no eran ciertas. Decidí ir al departamento de Orientación del colegio, pero la directora dijo que era el propio centro el que decidía qué alumnos necesitaban este servicio de la Comunidad de Madrid. Me paró los pies», asegura esta madre. 

Meses más tarde, «me enteré que no era verdad y que los padres podemos acceder a Orientación cuando lo creamos necesario». De esta forma, estos padres buscaron el centro que le correspondía y, tan solo tres días más tarde, la orientadora les dijo que iría al centro a conocer al niño. Estuvo con él y dio pautas al colegio, entre las que eliminó la de aislarle. «La directora se enfadó conmigo, me envió un correo en el que me decía que yo ponía en duda sus métodos y que deberíamos plantearnos cómo le educábamos en casa. Mientras, —prosigue—, al niño le hicieron unas pruebas sencillas y resultó que tenía un Cociente Intelectual de 124 —por encima de 130 se constata como alta capacidad—. La orientadora nos dijo que por la edad (4 años) este dato solo era orientativo y que hasta pasados los diez años no suelen ser definitivos. Además, no le había hecho los test completos. Me comentó que Pablo aún era muy pequeño, pero que habría que estar atentos a este tema, aunque lo importante en ese momento era centrarse en los problemas de conducta. Nos pareció bien. Ella era la especialista».

«¡No podíamos dar crédito!»

Pablo terminó el curso más o menos bien. Sin embargo, comenzó el siguiente con la etiqueta de «el niño malo». «Tanto es así que un padre le dijo a mi marido que dejara de pegarme para que mi hijo no lo viera y así no pegara en clase. ¡No podíamos dar crédito! La gente no tiene pudor en inventarse situaciones, no sabe lo que hay en cada casa y se atreven a dar rienda suelta a su imaginación. Mi marido me dijo "¿qué hago?, ¿monto un follón y entonces parecerá que sí que soy violento, que es lo que a ellos les gustaría ver, o me voy con la cabeza agachada? Optó por lo último con gran rabia porque, además, nuestros hijos estaban delante y escucharon lo que dijo aquel padre».

En esta etapa, Pablo empezó a acudir a terapia congnitivo-conductual. «Pasó por varios psicólogos y terapeutas hasta que hace tres años dimos con la terapia que le está haciendo avanzar. El proceso es lento, pero cuando consiguen crear una buena relación con el psicólogo supone un avance muy importante para estos niños».

«Pienso en mi suerte con mis superiores, pero también en todas esas madres que tienen hijos con problemas y no disponen de esta flexibilidad en sus trabajo porque, realmente, se pasa muy, muy mal»

Esta madre reconoce que ha tenido que acudir a muchas reuniones, tutorías, pasar horas de espera para que la atiendan en Orientación, en Inspección... «Tengo que agradecer a mis jefes que me permitieran hacer este tipo de gestiones e, incluso, que me marchara corriendo del trabajo porque me llamaban del colegio para que fuera inmediatamente a buscar a mi hijo que había sido expulsado. Pienso en mi suerte con mis superiores, pero también en todas esas madres que tienen hijos con problemas y no disponen de esta flexibilidad en sus trabajo porque, realmente, se pasa muy, muy mal».

Cuando Ana consiguió una cita con el inspector de Educación de la Comunidad de Madrid, este profesional le dijo que lo que tenía que hacer era replantearse su vida laboral «porque mi hijo lo que necesitaba era más atención por parte de su familia. Ellos vieron todo su historial e, incluso, que tenía altas capacidades y les intenté hacer ver que todo influía en su comportamiento. Como conclusión me dijeron que el tema estaba muy enquistado con el colegio, que lo más indicado era que le llevara a otro».

La solución solo fue un parche

En aquel momento Ana lo vio como una salida. «Hoy pienso que esta solución fue solo un parche porque seguro que detrás de mí han llegado otros padres con el mismo problema y en el colegio no les han dado apoyo para que la situación mejore y no acabe en fracaso escolar».

Fue así como Pablo empezó en un nuevo colegio concertado religioso. El comienzo fue bueno. El colegio llamó al servicio de Orientación de la Comunidad de Madrid para que conocieran al pequeño. «Estuvieron con él, le hicieron pruebas y aseguraron que no tenía ni TDAH, ni altas capacidades porque era pequeño para determinarlo..., solo mal comportamiento. Y nos dieron pautas para educarle. Era un informe de un orientador y psicólogo de la Comunidad de Madrid y sus recomendaciones iban a misa. No obstante, se me encendió la bombilla y dejo de hacerle las pruebas en los colegios y decido acudir a profesionales médicos». 

Cuando le hicieron las pruebas médicas les confirmaron que Pablo sí tenía altas capacidades. Aún así, las cosas empeoraron. El niño no dejó de tener problemas en clases y, poco a poco, los padres de sus compañeros intentaban que abandonara el colegio. «Tanto fue así que cuando quiso celebrar su cumpleaños pasamos mucha tensión porque pensábamos que no vendría nadie. Afortunadamente para mi hijo solo faltaron dos, pero fueron momentos muy angustiosos», confiesa esta madre.

Depresión

Con seis años empieza a tener dolores de cabeza por la tensión, comienza a hacerse pis encima... Los médicos le dicen que, además, tiene cierto nivel depresivo y la orientadora del colegio asegura que harán «lo que puedan con el niño pero que no prometen nada».

Fue entonces cuando Ana y su marido deciden cambiarle a un colegio privado. «Era un gran esfuerzo económico, pero suponía una inversión vital porque el nuevo centro contaba con un programa de altas capacidades y un servicio de Orientación acostumbrado a tratar a niños con estos perfiles. Te das cuenta de que ayudar a tu hijo para que esté bien no es gratuito. Tuve que renunciar a muchas cosas, pero mi balanza estaba en él».

En el nuevo curso tuvo dos tutoras y con una se llevaba bien y mostraba mucho interés en clase, pero con la otra tenía muchos enfrentamientos y problemas. No fue tampoco un curso fácil. En una ocasión, cuando Pablo tenía ya 8 años, le expulsaron varios días por enfadarse.

«Uno de sus compañeros le dijo que su madre había enviado un mensaje a otras madres para que no fuera ningún niño al cumpleaños de mi hijo»

Unos días más tarde íbamos a celebrar su cumpleaños y pensé que bajaría un poco su tensión. No fue así. Uno de sus compañeros le dijo que su madre había enviado un mensaje a otras madres para que no fuera ningún niño a la fiesta. Pablo no pudo más. Fui a hablar con la directora del centro para explicarle la situación y que entendiera que Pablo estaba en un pico bajo de la depresión por este motivo. A los dos días le expulsaron porque tuvo un enfrentamiento con su tutor y tiró una silla. Ese día, cuando se montó en la ruta de autobús, dijo que se quería tirar en marcha. Me llamó la coordinadora de Primaria para contármelo cuando el niño ya estaba de camino a casa. Sentí pánico. Sufrí mucho hasta que lo vi bajar del autobús. La madre que mandó aquel mensaje no tiene ni idea de como perjudicó a mi hijo».

Asegura que Pablo le dijo no aguantaba más y se quería quitar la vida. «Estuve a su lado varios días para observarle y ver cómo estaba su estado anímico. Más tarde le volvieron a expulsar un mes. Fueron días muy duros porque le tocaban los ensayos de la Primera Comunión y no le permitieron hacerlos con el resto de compañeros, solo ir el día de la ceremonia. Finalmente, aunque estuvo muy nervioso, todo salió bien en la celebración. No obstante, en el mes de abril volvimos a cambiar de colegio porque no nos renovaron la matrícula». 

Nuevo cambio de colegio

Así llegaron a un nuevo colegio con alumnos con necesidades especiales. «El equipo de psicólogos y los orientadores que tienen en este centro es otro mundo. Me dijeron que mi hijo no era el peor caso que habían visto, solo un caso con el que había que trabajar y que iban a trabajar con él. Me dieron opciones. Un respiro», confiesa esta madre.

A Pablo le costó adaptarse. Los profesores intentaban ayudarle, los tres primeros meses el único objetivo fue crear vínculos afectivos, que se sintiera seguro en el colegio. Pablo pensaba que le iban a echar otra vez, se había rendido. Sin embargo, poco a poco avanza bien. «Comienzas a pensar que no eres la peor madre del mundo, que no es cierto que des malos ejemplos y poca educación... Durante un tiempo sientes que estás sola, que solo te pasa a ti. Pensaba que no es posible que lo hubiera hecho tan bien con un hijo y tan mal con el otro ¡Si los dos viven bajo el mismo techo!».

Una madre del nuevo colegio facilitó a Ana el contacto del neurólogo de su hijo. «Le entregué toda la información que tenía, los documentos de los colegios por los que pasó, las pruebas, los informes... Me dijo "tienes un niño que está dentro de la sobredotación y tiene depresión infantil que hay que tratar. Vamos a hacer pruebas como escaner y resonancia para descartar otros problemas. Estuvimos de pruebas y consultas todas las tardes durante un mes. El niño no dijo ni mu. Él quería estar integrado, no ser malo y que descubrieran qué le pasaba. Cuando contaba al psiquiatra que era malo, se me caía el alma a los pies. Es lo que le han hecho creer. No es malo, es que ha hecho cosas mal porque no ha sabido gestionar sus propias emociones por tener altas capacidades y ha tenido "la etiqueta de malo" desde los tres años. Le han puesto muchos obstáculos».

El neurólogo aseguró también que tenía un grado de hiperactividad y trastorno desafiante con depresión y altas capacidades. «Todo eso es una bomba que hay que tratar. El médico me confesó que era una pena que no se haya visto antes porque el niño estaba machacado por todas sus vivencias, pero que podían trabajar con él. Desde hace 6 meses hemos entrado en el mundo de la medicación, que me costó mucho aceptar, para controlar sus impulsos y que se concentre». 

Un futuro con ilusión

El futuro lo ven ahora con ilusión. «Actualmente está en quinto de Primaria, el curso que le corresponde —apunta Ana—. Me dijeron que le hiciéramos pruebas de la Comunidad de Madrid para adelantarle un curso, pero prefiero que esté como está ahora, más tranquilo. Me interesa más su estabilidad emocional y que disfrute con amistades a que aprenda más y saque mejores notas. Cambiar a un niño de colegio cada dos años es muy duro. Estoy que lloro de la emoción porque es el tercer curso que va a hacer seguido en el mismo colegio. Anímicamente es importantísimo porque el impacto de todo lo que le ha pasado es muy grande, no ha podido ni establecer vínculos estables de amistad y es esencial para su desarrollo personal y autoestima». 

Esta madre celebra con ilusión que este año Pablo ya ha ido de excursión y quiera ir de campamento. Además, han ido amigos suyos a dormir a su casa porque sus padres les dejan, y antes, en otros colegios, no. A él también le han invitado a otras casas. «Estos detalles que parecen tan tontos, no lo son —advierte Ana—. Si su entorno social se estabiliza, los problemas bajan en todos los ámbitos. Esto tan sencillo no lo pude hacer entender en tres colegios. La estabilidad escolar y con otros niños es fundamental. Yo decía a los padres de los otros colegios que les invitaba a que sus hijos y ellos pasaran una tarde en mi casa para que vieran que Pablo no era un niño malo, y que su situación era complicada por el colegio».

Decepción por la pérdida de talento

A pesar de ver el futuro con ilusión, esta madre no deja de sentir decepción por la gran pérdida de talento. «Nosotros ahora estamos más preocupados por su desarrollo emocional y sus problemas de conducta, pero en todos los colegios han obviado todas las cosas que podía hacer Pablo a nivel curricular. Si no hubiéramos retomado el camino, hubiera quedado en un fracaso escolar. Te das cuenta de qué fácil sería si te escucharan y no pensaran que todo es culpa de unos padres que dicen que no saben educar a sus hijos. Si en el primer colegio nos hubiéramos encontrado una directora que hubiera entendido que era un niño muy pequeño y le hubieran ayudado, todo habría sido más fácil. Hay mucho potencial que se pierde. Pese a todo —insiste—, valoro más su estabilidad emocional. He tenido a un niño profundamente infeliz en casa. A día de hoy, que sea arquitecto o cabrero me da igual. Yo solo quiero verle feliz, tranquilo e integrado. Y, por fin, estamos en el camino».

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