Los niños víctimas de violencia familiar podrían reproducir este modelo

Los casos de maltrato físico en la infancia han aumentado en un 300%, según la Fundación ANAR

MadridActualizado:

La violencia infantil crece. Los casos en nuestro país han aumentado en casi un 300%, en un periodo comprendido entre 2009 y 2016. Así lo refleja un estudio presentado por la Fundación ANAR -«Evolución de la violencia en la infancia en España según las víctimas»-, que ha llegado a registrar más de 25.000 casos de maltrato hacia un menor, de los cuales fueron atendidos 5.930. «Se tiende a pensar que los niños tienen menos derecho; no hay que olvidar que son sujetos de igualdad, a los que hay que educar, proteger y formar como personas», afirma Benjamín Ballesteros, director de Programas de la Fundación ANAR.

Las víctimas son cada vez más pequeñas. La edad ha disminuido, situándose ahora en los 11,5 años (antes 12,3). Asimismo, la época de comienzo se ha situado en los 9,6 años, aumentando el número de casos entre los 5-12.

Dentro de los cifras registradas por violencia, se ha detectado un alarmante aumento en maltrato psicológico (604%), acoso escolar (584%) o maltrato físico (304%). «Una de las cosas que más me duelen y alertan es que más del 60% de los casos se producen en el entorno familiar del pequeño», continúa Ballesteros.

El «enemigo», en casa

El principal agresor es el padre biológico, siendo el responsable de la violencia en el 30% de los casos. «Hay situaciones, aunque no son todas, que el progenitor le hace daño a su hijo para herir a la madre. Este fenómeno es una desgracia para los niños; su padre tiene la mente enferma, está claro», insiste Ballesteros. Por otro lado, también resalta que la violencia puede venir de ambas partes, ya que más de la mitad de las víctimas son atacadas por la madre y el padre -incluso por las parejas de estos-.

Se ha incrementado, además, la violencia física hacia los menores de edad: en uno de cada tres casos se producen lesiones, golpes, bofetadas, puñetazos, patadas..., así como amenazas graves, coacciones y gritos. «Han llegado a presentar contusiones fuertes o roturas de huesos, que necesitan tener un tratamiento médico», asegura el representante de la Fundación ANAR.

«Un niño o niña que crece a base de sacudidas o es víctima de abusos, aprenderá que la violencia es el instrumento para resolver los conflictos en su vida. De ahí se derivarán dos tipos de comportamiento: repetir esa conducta con otras personas o, por el contrario, vivir temeroso y aislado», afirma Sonsoles Bartolomé, responsable del departamento jurídico del Teléfono ANAR -vía que tiene la institución para recoger las denuncias de las víctimas y escuchar sus testimonios de forma anónima (900 20 20 10)-. «Tenderán a reproducir estos modelos de conducta; he sido víctima y ahora genero malos tratos. Son personas que han crecido en un entorno donde se gestionan mal los momentos de tensión», precisa Ballesteros.

Los problemas psicológicos se agravan y aumentan en la mayoría de los casos: ansiedad, miedo, síntomas depresivos, agresividad, soledad... Asimismo, los sucesos de ideación suicida y de autolesiones estuvieron presentes en casi un 12%, lo que implica que más de uno de cada diez ha intentado terminar con su vida.

Síntomas de alerta

En este tipo de situaciones, el papel del colegio y de los profesionales es fundamental. Aunque, tal y como asegura Ballesteros, «es complicado ver indicios a simple vista porque los menores no suelen faltar al colegio». Por tanto, un factor que podría presentarse como clave es el rendimiento escolar. «El personal docente debería ponerse alerta en situaciones donde un alumno brillante baja, drásticamente, en los estudios», insiste.

También puede detectarse síntomas de violencia, de posible maltrato. «En heridas laterales, por ejemplo. Cuando alguien se cae, lo hace de frente, no tiende a desplomarse de lado. Con estos síntomas, se puede empezar a explorar, ver qué ocurre con ese estudiante», continúa Ballesteros.

«Cuando se tiene constancia de estos hechos en el colegio, se puede proporcionar el apoyo apropiado, plantear cómo ayudar a los pequeños, porque los profesores también llegan a sentir miedo y es normal», concluye Benjamín Ballesteros.

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