ÁNGEL DE ANTONIO

Niños «diana»: Casos en los que es necesario saber el cociente intelectual de un alumno

En el contexto escolar no son pruebas que se realicen de forma rutinaria ni se usan de forma repetitiva

MADRIDActualizado:

Cuando Jesús Jarque, pedagogo y orientador en un colegio público de Infantil y Primaria en Castilla La Mancha, evalúa el cociente intelectual de un niño en su centro escolar es porque el profesor ha pedido la citada prueba, y la familia ha dado su autorización para realizarla. En el contexto escolar no son pruebas que se realicen de forma rutinaria ni se usen de forma repetitiva. Es una puntuación que solo se realiza «cuando el rendimiento de un determinado niño no cuadra con el esperado» y que son lo que Jarque denomina «niños diana», porque tanto por exceso como por defecto se distancian de la media en cuanto a resultados escolares.

Dificultades en los estudios

La primera voz de alarma se suele dar en el aula porque, tal y como corrobora el neuropediatra Manuel Antonio Fernández, es donde los profesores detectan a los «niños que presentan dificultades significativas que les impiden funcionar en su vida escolar, bien porque presentan problemas de aprendizaje, de maduración o desarrollo, relaciones sociales, integración del lenguaje, estudios, problemas metabólicos... etc. O que, por contra, muestran un rendimiento, unos intereses o un comportamiento excepcional y que probablemente necesitarán otro tipo de respuesta educativa».

Es decir, que los test de inteligencia se aplican siempre de forma individual, nunca de forma colectiva, y solo ante la sospecha de dificultades. «Aplicar de manera individual un test de inteligencia a todos los alumnos de un curso es una inversión de tiempo (hay que llevarlo a cabo en varias sesiones) y dinero (el test cuesta cerca de los 1.000 euros) que no sé qué colegios se pueden permitir. En la enseñanza pública, al menos, es inviable», reconoce Jarque.

Sin obsesionarse con la cifra

Pero además de inviable, en su opinión, es poco productivo. «¿Qué más da tener un CI de 97, de 101, o de 112?», se pregunta. Así lo corrobora el neuropediatra Manuel Antonio Hernández, para quien «ni los padres ni los educadores ni los profesionales de la salud debemos obsesionarnos con la cifra que saque un niño en el resultado de un determinado test de inteligencia o desarrollo sin tener en cuenta el resto de aspectos de la persona que nos permite valorar de una forma mucho más realista y global, al individuo». También, añade, «ni es la primera prueba a realizar ante la sospecha de algún problema, ni un resultado estándar o alto es una garantía de normalidad en las diferentes facetas de la vida».

De hecho, a juicio de Jarque, autor también de la página educativa Familia y Cole, el cociente intelectual solo está ligado al éxito social y profesional en los valores extremos. «Quiero decir que no hay duda de que el extremo inferior (CI inferior a 70) es un buen predictor de dificultades escolares y sociales muy importantes... Entendiendo por dificultades sociales la capacidad de relacionarse, interaccionar y participar socialmente en las actividades habituales de las personas de su edad y en las mismas condiciones. Y en los valores del extremo superior ( CI superior a 130) predice muy bien el rendimiento escolar y probablemente para los estudios superiores».

Pero el éxito social y el profesional dependen de otras variables que no aparecen en los test que miden el CI, asegura este experto. «Me refiero a capacidades como la planificación, la anticipación, la capacidad de aprender de los errores, de ser flexible, de tener autocontrol, de tomar decisiones. Y también de aspectos más relacionados con cuestiones emocionales: capacidad de esfuerzo, de tolerar frustraciones, de fijarse metas, de aplazar recompensas inmediatas para conseguir otras a medio plazo, de resistencia ante las vicisitudes, de empatía, de conectar con los demás, de ser asertivo, de hacer equipo… esos valores no están en los test de CI». Por eso, prosigue, «hay personas con un alto CI que “fracasan” en su vida porque probablemente no disponen de esas otras capacidades», concluye.

De esta forma, y aunque parece indiscutible que hay niños que nacen con mayor CI que otros, y que los resultados permanecen invariables, punto arriba punto abajo, «lo verdaderamente importante y con serias consecuencias –concluye Fernando Alberca, autor de «Todos los niños pueden ser Einstein»–, es qué hace el niño con su CI a lo largo de la vida».

El papel de la familia

Para este profesor y escritor, los progenitores tienen mucho que ver con la inteligencia de sus hijos, con su estimulación, y con el desarrollo definitivo de los mismos. Y lo que realmente nos ha de ocupar como familias, prosigue, « son nuestros esfuerzos por conseguir que se desarrolle lo más posible su inteligencia, que siempre parte de una dosis más notable –sea cualquiera que sea el caso– de lo que parece o lo que pensamos. El ser humano es más inteligente de lo que demuestra y su capacidad es inimaginable. Los padres deben enseñar a sus hijos, desde que son pequeños, que pueden enfrentarse a resolver los problemas más complejos y al tiempo los más importantes de su vida: que pueden lograr ser felices, además de resolver los retos que se propongan».

.

Apúntate a la newsletter de Familia y recibe gratis cada semana en tu correo nuestras mejores noticias

O súmate a nuestro whatsapp, y recibe cada día en tu móvil lo más interesante de ABC Familia