Alex Beard asegura que hay que implantar «la cultura del aprendizaje»
Alex Beard asegura que hay que implantar «la cultura del aprendizaje» - José Manuel Ladra

«Ya es hora de la cuarta revolución educativa: la del aprendizaje»

El experto en educación, Alex Beard, considera que la docencia debería ser el trabajo más importante del siglo XXI

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Alex Beard, autor de «Otras formas de aprender», es un apasionado de la educación. Pertenece a Teach For All, una red a la que lleva más de diez años dedicado para explorar las prácticas educativas que se imparten en distintos países de todo el planeta con el objetivo de que los niños puedan desarrollar su potencial de la mejor manera posible. Todo lo que observa y aprende ya lo ha compartido con profesores, líderes educativos y responsables políticos de cuarenta y seis países.

En su reciente paso por España reconoció que la educación cambia de forma muy lenta, «es esencialmente la misma ahora que en tiempos de Platón. Lo que funcionaba hace dos mil años se sigue utilizando hoy en día», confiesa. Sin embargo, recordó que, por otro lado, la educación ha pasado por grandes momentos de cambio, revoluciones a lo largo de la historia. Una primera, hace cien mil años, cuando surgió el lenguaje; la segunda, hace 8.000 años con la creación de las escuelas donde se enseñó a leer y escribir; y, por último, hace 500 años con la masificación de la educación por la invención de la imprenta, lo que permitió que la alfabetización se extendiera».

«Ya va siendo hora de que llegue la cuarta revolución: la del aprendizaje. Gracias a todo lo que sabemos sobre el funcionamiento del cerebro y a todas las tecnologías increíbles que se han creado, —como la inteligencia artificial, internet, los teléfonos inteligentes...—, hoy se puede aportar mucho para mejorar la enseñanza», aseguró en su entrevista con ABC.

¿En qué consiste exactamente esta revolución?

–En que en vez de enseñar a los niños a saber necesitamos enseñarles a aprender. Nacemos para hacerlo. El aprendizaje es nuestro superpoder pero, en vez de liberar nuestro potencial innato, los modelos educativos lo limitan con demasiada frecuencia porque conciben nuestra mente como un ordenador al que hay que suministrarle información y, por tanto, reducen esa capacidad de aprender.

¿Qué es lo que le falta hoy a la educación para abordar esa cuarta revolución?

Creo que tres aspectos esenciales. El primero es el deseo de que todo el mundo ame el aprendizaje a lo largo de su vida; es decir, que tanto niños como adultos lo disfruten. El segundo es la comprensión de que la enseñanza debería ser el trabajo más importante del siglo XXI porque estamos en una época en la que todos los recursos de la tierra se están agotando, y el único que no lo hace y es ilimitado es la inteligencia humana y, precisamente, los profesores son quienes lo cultivan.

Por último, sería necesario tener el sentimiento de que la educación de la gente joven debe ser una responsabilidad compartida de toda la sociedad —no solo de padres y profesores—, como ya está ocurriendo en escuelas de diferentes partes del mundo como Finlandia, Ontario (California) o Corea del Norte.

¿Cuánto hay de moda y cuánto de necesidad de nuevas tendencias en la educación?

Es cierto que cada año surgen nuevas tendencias: aprendizaje basado en proyectos, en inteligencia emocional, empatía, memoria..., no hay nada infalible para mejorarla. Es necesario analizar lo que hacen en los diferentes países y tomar pequeñas ideas de aquello que les funciona para aplicarlo en otras escuelas de otros países.

Por ejemplo, de Finlandia. Allí los alumnos tienen mucha libertad en el aulas, de manera que se les permite descubrir de forma activa qué es lo que más les interesa realmente. Es un sistema que se basa en la cooperación y no en la competición.

En Shanghái (China) se enfocan más en el dominio del aprendizaje, ya sea matemáticas, lengua..., y son muy buenos en estos conceptos, pero esta fórmula no favorece a la creatividad. En Silicon Valley, sin embargo, emplean la tecnología más reciente y aprenden a utilizarla de forma creativa y colaborativa. Analizando todo esto, lo ideal sería aplicar en otras aulas del mundo el sistema cooperativo de Finlandia, el de aprendizaje de Shanghái y el uso de las nuevas tecnologías de Silicon Valley y comenzar, así, esta cuarta revolución del aprendizaje.

¿Están preparados y dispuestos los docentes para asumir toda estas tendencias?

Los profesores pueden ser capaces de originar esta revolución, pero es posible que todavía no estén preparados para ello. Una de las cosas que sabemos sobre el futuro es que las profesiones más humanas son las que tienen más posibilidades de sobrevivir, y la enseñanza es una de ellas.

Deberíamos cambiar la forma en la que pensamos en la educación, que no se base únicamente en transmitir muchos conocimientos, sino en que los profesores sean también estudiantes capaces de comprender el cerebro y sepan utilizar la tecnología más reciente en sus clases y, además, que aprendan algo de Psicología sobre el comportamiento de sus alumnos.

Los docentes constituyen una de las fuerzas de trabajo más capaces, pero por culpa del sistema no tienen tiempo para seguir aprendiendo, aunque tampoco se les ha pedido. Deberíamos implantar esta cultura del aprendizaje.

Una de las grandes batallas ante la presencia de las nuevas tecnologías en la educación es la necesidad o no de memorizar conceptos. ¿Qué opinión tiene al respecto?

Es una gran cuestión. Una vez hablé con un empresario de tecnología de Silicon Valley y me dijo que hoy no hace falta memorizar porque todo está en Google. Eso, por una parte, es cierto; pero por otra, no. Actualmente sabemos que la memoria del cerebro es muy importante para fomentar la creatividad, el pensamiento crítico y también para poder trabajar con las nuevas tecnologías. Necesitamos almacenar cosas en nuestra memoria. Cuando realizamos una tarea podemos recurrir a la automatización, no tenemos que pensar si ya tenemos ese conocimientos almacenado. El espacio es limitado.

La memoria es necesaria, pero no es suficiente como única fórmula de aprendizaje. En Shanghái hay un sistema educativo que se basa en la memorización y los alumnos lo hacen muy bien en los exámenes, son los que más saben del mundo de matemáticas, ciencias... gracias a la memorización. Pero no son creativos, ni emprendedores, ni tienen pensamiento crítico porque se centran demasiado en memorizar.

Sin embargo, sabemos, por otro lado, que es muy importante que los estudiantes tengan la libertad de desarrollar su creatividad. En un estudio americano se observó que los niños más creativos no eran los que procedían de los hogares más adinerados, sino de los que no tenían reglas tan estrictas y disponían de más libertad para dar rienda suelta a su creatividad. Esto es lo que también ocurre en las aulas de Finlandia, en las que se concede más libertad en clase, nuevas formas de desarrollar la creatividad, no se condena el fracaso y se fomenta la cooperación.

La forma de interactuar entre el cerebro humano y la tecnología es muy interesante, pero hay un riesgo de depender de una mente artificial. Es decir, presenta oportunidades, pero también riesgos. Se ha demostrado que el área del cerebro que se encarga de la navegación, que es la que está en el hipocampo, está encogiéndose porque dependemos mucho de google maps. Por tanto, el cerebro está cambiando como resultado de la aplicación de la tecnología en nuestras vidas.

En Silicon Valley tuve la oportunidad de ver al primer profesor robot. No era un androide con cara humana, sino un software inteligente que permitía un aprendizaje online. Era un laboratorio de aprendizaje donde había cien estudiantes con ordenadores portátiles que aprendían a leer o matemáticas. Se observó que con una hora diaria aprendían mucho más que estudiantes habituales de otros sistemas de enseñanza.

¿Cómo percibe el futuro de la educación ? ¿Hacia dónde se encamina la nueva forma de aprender?

El aprendizaje debería plantearse para el futuro como un proceso que se origina desde el propio nacimiento. Los seres humanos nacemos con una habilidad para aprender. Estamos expuestos al mundo desde el día uno, somos como pequeños científicos que interactúan con el entorno, con herramientas que tenemos a mano y con otras personas. Es un aprendizaje muy social. En un futuro el punto de partida debería ser en la infancia.

¿Pero hay expertos que ya apuntan que es mejor esperar a formar a los niños a partir de los 7 años?

Es cierto. Durante los primeros años, y hasta los siete años, el aprendizaje debería enfocarse en el sentido de pertenecer a la familia, a la comunidad, y a jugar, experimentar y fomentar el lenguaje para hablar y escuchar, no para leer y escribir. Un estudio de Nueva Zelanda dividió a los niños en dos grupos y uno de ellos empezó a leer a los 4 años y el otro a los 7. Cuando llegaron a los 15 años, ambos grupos tenían las mismas habilidades, pero a los que empezaron antes a leer les gustaba menos la lectura que a los que comenzaron a hacerlo con siete años.

Para la escuela del futuro deberíamos centrarnos en aprender a partir de los 7 años y tener un enfoque más amplio, centrado en conocimientos, pero también en pensar de forma crítica, en cómo funciona el mundo, cuáles son los algoritmos que dan forma a nuestra vida y evaluar las fuentes de ese conocimientos para saber si son verdaderas o falsas.

También debería existir un enfoque mucho más práctico para ser capaces de averiguar nuestras pasiones, qué es lo que se nos da mejor —matemáticas, ciencias...— y, de esa forma, será más fácil crear. Habría, además, que fomentar un sentido del cuidado, respecto a nuestro propio bienestar, los compañeros y el entorno.

En San Diego (California) se utiliza todo esto. Allí dividen la enseñanza en dos mitades. Por un lado, destaca la escuela tradicional en la que tienen sus clases de matemáticas, historia... y la otra mitad se centra en realizar proyectos. Por ejemplo, en una clase con 20 alumnos de 15 años realizaron un proyecto conjunto en tres grupos. Uno se dedicaba a hacer experimentos para hacer macetas biodegradables para semillas; otro estaba centrado en producir un documental y otro en construir drones. La idea era que la clase se fuera de excursión para usar esos drones para grabar el entorno y buscar las semillas que necesitaban para el proyecto y, después, colgar este documental en youtube para concienciar de los problemas medioambientales.

Ha viajado por todo el mundo visitando escuelas. ¿Qué opinión le merece la educación en España?

He observado que es un asunto muy importante tanto para profesores y padres, pero que presenta los mismos desafíos que hay en el resto del mundo: muchos estudiantes dejan el instituto antes de tiempo, las clases se centran en el aprendizaje tradicional y no está alineado con las necesidades del mundo del futuro; los profesores no se sienten muy valorados en su trabajo... No obstante, en España ya hay muchas escuelas, profesores y teóricos que han advertido cómo puede ser el aprendizaje del futuro. Ya hay buenos ejemplos.

¿Qué impedimento hay para que no se implante este aprendizaje del futuro?

Todos tenemos una idea compartida de cómo debería ser la educación porque nos hemos pasado más de doce años sentados en el colegio, lo que hace difícil pensar en formas diferentes de educación. Todos tenemos una historia compartida difícil de cambiar. Disponemos de un sistema educativo que no está basado en una cultura del aprendizaje, sino tradicional. En vez de preguntarnos todos los años que debería ser lo más importante que tienen que aprender los alumnos, la forma de utilizar las herramientas que tenemos, cómo conocer mejor la mente..., nos cuestionamos cómo vamos a enseñar lo mismo que hemos enseñado en los últimos 20 años. Para que el sistema cambie es necesario que el profesorado tenga tiempo de aprender, la sociedad les valores más y se les conceda mayor financiación.

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