«Estamos enseñando a los niños a estar siempre proyectando o recordando y este es el gran drama»

El artista y pedagogo Carles Bayod acaba de publicar el libro «Juguemos a sentir»

MADRIDActualizado:

Cuarenta años de investigación están detrás del libro recientemente publicado por el pintor, pedagogo e investigador Carles Bayod. En su obra «Juguemos a sentir», y a través de atractivas propuestas de juegos, Bayod se propone descubrirnos la importancia de las sensaciones en el desarrollo de la creatividad y de la inteligencia de los niños y adolescentes.

¿Les estamos robando el juego a los niños?

Yo creo que bastante, porque los juegos expresivos son muy interesantes y necesarios para ellos. Pero es verdad que existe una tendencia de los niños a retraerse: ahora prefieren jugar con los smartphones, etc, y esto les quita del auténtico juego. Todo lo que distraiga de esta socialización, de este juego colectivo, de este disfrutar jugando… es un error.

¿Por qué es tan importante el juego para ellos?

El juego es para el niño su iniciación para la madurez, un aprendizaje para cuando sea mayor. El niño al jugar descubre el mundo, hace una ficción de lo que hacen los mayores, se va iniciando en la vida y aprende a encontrar su lugar en el mundo. Pero si este juego no es colectivo, no habrá lugar a ese aprendizaje. Estará ensimismado.

De hecho, creo que el juego no funciona tan bien cuando no es colectivo. Lo ideal es que juegue con otros niños, o con mayores. El menor necesita socializarse jugando. Lo que hace a través del juego es imitar lo que ve de los mayores. Si de los mayores solo ve una cosa, el niño jugará a una cosa. Esto es lo lógico y natural. Los mayores tienen que intentar dar un ejemplo para que los niños jueguen con cosas constructivas.

Un niño madura igual que un animalito. Los cachorros están continuamente jugando, hacen juegos de peleas, se van fijando en los mayores, repiten… En los niños sucede lo mismo. Tienen que jugar, porque a partir del juego encuentran respuestas. De otra forma, cuando lleguen a la adolescencia, si no han seguido un proceso de aprendizaje de ser a través del juego, de aprender «a ser», estarán «verdes». Los niños nacen vírgenes y tienen que aprender «a ser» en la sociedad en la que se encuentran, y eso lo resuelven jugando.

Los padres se quejan de que no tienen tiempo para jugar con sus hijos.

Todo es cuestión de intereses. Los dejamos con un canguro, con los abuelos, con los tíos... Pues muy bien, allá cada uno. Pero, ¿qué es más importante para ti, el trabajo, una parte del trabajo, tu hijo...?

El objetivo de este libro es enseñar a sentir jugando a partir de 36 «senso-juegos».

Sentir es muy importante. El sentir no ha sido un valor a tener muy en cuenta en la educación. Esto deja la mente del niño a medio desarrollar, siendo las consecuencias el fracaso escolar, las depresiones, la incomunicación...

Hay seis niveles de desarrollo en el libro. ¿En qué consisten?

En el primer nivel se aprende a sentir. Se trata de hacer una gimnasia de las sensaciones. No acaba todo en el pensar. Y si les sale bien, y aprenden a sentir, pueden aprender después a expresarse ellos mismos. Esto parece muy tonto, pero doy cursos en universidades francesas y suizas y el primer día de clase se quedan agotados porque no están acostumbrados a sentir, con el pensar se suele ir «tirando».

Esto del sentir, ¿tiene que ver con el tan de moda «mindfulness»?

Una sensación no tiene tiempo. No es ni antes, ni después. Se produce en el rabioso ahora. En una hora sin tiempo. Entre pasado y futuro no hay solución de continuidad: el presente está en medio. El presente no tiene tiempo propio.

Nunca estamos en el presente.

Casi nunca. Siempre estamos proyectando o recordando y este es el gran drama también para los niños. Un niño tendría que estar más en el ahora, pero de forma continua se le está diciendo como debe ser, qué está bien, que no está bien… Al niño se le imponen reglas morales, sociales, reglas políticas, religiosas, conocimientos, pero claro, al niño cuando le preguntas: «¿y tú quien eres?» Solo atina a decir «soy Pepito, tengo 7 años». «Y bien, Pepito, ¿cómo te sientes?». No sabe ni qué contestar. El libro va de esto. De que el niño se entere de quién es, pero porque se sienta a él mismo.

En el segundo nivel, usted habla de aprender a sentirse. ¿Qué quiere decir esto?

Al niño le pueden dar muchos estímulos, le pueden construir una identidad... pero él nunca sabrá quién es. Y en el momento en que su ser verdadero le grite por dentro, este niño va a tener un conflicto tan grande, entre lo que le han dicho que es, y lo que realmente siente que es, que a medida que va entrando una adolescencia, que es un momento de descubrimiento, se da cuenta de que él es otra cosa, que le han construido un personaje que él no siente. Ahí es donde llega el conflicto, a partir incluso de los 10 años, una edad en la que ya se ha visto que existen muchos con problemas emocionales. Si está bien llevado, el niño se descubre y se da cuenta de que es único. Al descubrise, ya es.

El siguiente paso, o tercer nivel de «senso-juegos», consiste en aprenden a sentirse a los demás. ¿Qué significa esto?

Si el niño no ha aprendido a sentirse a si mismo, ¿cómo va a sentir a los demás? Sentir a los demás implica empatizar. Cuando sientes a otro, empatizas con él. Aprender a empatizar es aprender a amar. La empatía, por cierto, es el más puro de los amores: amar al prójimo como a ti mismo. Se ha mal comprendido esta frase. El fenómeno de la empatía es la identificación del «tú» con el otro. Amas al otro porque el otro «es».

En el cuarto nivel habla usted de sentir el entorno. ¿Qué implica esto?

¿Qué podemos encontrar en el entorno? La estética. Pero cuidado, que es importantísimo esto. Igual que funciona con los sensojuegos, la belleza, la estética, no es más que la proyección de lo más puro que hay en nosotros, que normalmente ni lo sabemos. Solo lo exteriorizamos cuando encontramos un elemento que se corresponde con la sensación de este nuestro ser perfecto.

¿Podemos exteriorizar una sensación con otra sensación? ¿Con un sonido, con un color? Normalmente nuestro cerebro está impregnado de lo que creemos que somos, y lo que somos de verdad no lo sabemos, por esto la estética es tan importante, porque lo que nos ofrece la estética con la belleza es lo que realmente somos. Por esto ante una contemplación bella, nos reconfortamos. Y por esto también es muy importante que el niño aprenda a sentir el entorno. La estética es solo una percepción, nos la quieren describir, pero es una sensación es indescriptible.

En el quinto nivel, el niño aprende a sentir las asignaturas.

Sí, se pueden sentir las matemáticas. Al sentirlas, el niño las hace suyas, y su cerebro se coloca en un nivel de memoria mucho más largo.

La emoción potencia el aprendizaje.

Absolutamente. Al combinar las sensaciones con el conocimiento, el cerebro trabaja muchísimo más, se crean nuevas sinapsis, neuronas inactivas se ponen a trabajar... Uno se hace más inteligente.

Por último, está el nivel del arte.

Este es uno de los elementos más importantes que tiene la humanidad. El arte hizo que el hombre fuera hombre, que un ser primate se volviera persona. Fue un hito fundamental para el cerebro. Para el ser humano el arte es el estímulo evolutivo. El artista saca de dentro de sí, esta adaptación evolutiva, lo plasma en la obra, y los que la contemplan, se les abre el instinto evolutivo. Es como una transmisión a este nivel. El arte en este caso es el faro que todos miran sin querer.

Pero se quita horas de arte en el sistema educativo.

Es una verdadera lástima que a los niños se les reduzca una hora de plástica para poner matemáticas. Es fastidioso que no se considere la importancia de lo que somos gracias al arte. El adulto que deja de sentir arte, de hacer arte, se degrada como ser humano. El arte es lo que nos mantiene con visos de salvación.

En este libro por eso, a parte de que el niño aprenda a crear, a crearse, a crear las relaciones con los demás, también aprende a hacer arte, descubre un poco también qué es esto del arte. En los sensojuegos todo es sensación y expresión, y el niño descubre por sí mismo. Nadie le dice lo que tiene que descubrir. El niño lleva todo el germen del conocimiento en sí. Solo hay que darle los elementos para que este germen del conocimiento florezca en él.

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